Ech Xapmana (El Hechicero)

(Relato ganador del Primer Premio en Narrativa en el Certamen "Estanislao del Campo" de la SADE Mendoza)

           

    Una vez tuve un sueño.

           

    Estaba caminando por un desolado paisaje, casi desértico, interrumpido apenas por una laguna de agua fresca y cristalina. Mis pies se movían sin rumbo fijo, hasta que de pronto, me encontré con él.

          

    Al principio creí que era un tipo de bestia. Algo que estaba acuclillado a la orilla de la laguna, con la piel de un tigre, de color naranja – amarillo y manchas negras esparcidas por todo su cuerpo. Retrocedí instintivamente, creyendo que la bestia me atacaría, pero entonces levantó la cabeza y me di cuenta de que se trataba de un hombre. Llevaba puesto a modo de vestimenta la piel del animal, sobre el rostro le caía parte de la cabeza de la bestia, con los orificios de los ojos vacíos, las orejas caídas y los colmillos colgando casi sobre sus mejillas. Las patas del animal se balanceaban desde los hombros y por la espalda. A través de aquella máscara distinguí las pupilas del hombre que me observó con interés. Hizo un gesto para que me sentara a su lado y me dejé caer sobre la tierra.

 

    Se encontraba rodeado de una serie de extraños utensilios: un cuchillo con mango dorado, un cuenco de piedra blanca lleno de semillas, una especie de pequeña pipa de piedra con orificios, un conjunto de plumas coloridas sostenidas por una base de cuarzo, una tabla de piedra oscura llena de pequeños huesos de animales, frutos secos y piedrecillas; un grupo de muñecos cocidos con varias telas, y un conjunto de hojas secas.

           

    Tomó el cuenco y pisó las semillas con una roca, convirtiéndolas en un polvillo. Después agarró el cuchillo, cortó las hojas y las dejó caer en el fuego que había encendido frente a él. Un humo blanco se extendió sobre nosotros y un extraño olor dulzón me envolvió. Por un momento quedé ciego, pero entonces el humo se elevó y me encontré con el hombre que me observaba debajo del traje.

           

    ―Toma ―dijo extendiéndome el cuenco con el polvo de semillas.

           

    Me quedé en silencio sin saber qué hacer ni qué decir. Me había hablado en un idioma extraño que, no sé porqué, entendí perfectamente. El hombre pareció darse cuenta de mi consternación. Volcó el polvillo en aquella extraña pipa blanca y, con un palillo largo y hueco, sorbió el polvo por la nariz. El fuego pareció avivarse solo y la voz del hombre se elevó en un canto grave, con tonos repetidos que fueron haciéndose cada vez más acelerados. Tenía los ojos cerrados y se balanceaba hacia adelante y hacia atrás, como en trance. De pronto se detuvo y abrió los ojos. Me pareció notar un brillo extraño en ellos, y estuve tentado de alejarme.

           

    ―Tu destino son estas tierras ―dijo por fin―. Quisiera que no lo fuera, pero así será. Los hombres blancos llegarán del otro lado del mar y destruirán todo a su paso. Mi gente, sus casas, sus hijos, su arte, su cultura, su idioma; todo lo que tenemos, se perderá para siempre ―miró alrededor y su vista se perdió en el horizonte―. Para ti será un triunfo, para nosotros la perdición. Un nuevo pueblo se asentará en estas tierras, y traerá consigo sus propias costumbres y sus dioses, y los nuestros serán enterrados. Pero también será para ti una maldición, y a los pocos años de haber fundado tu aldea, serás desterrado y morirás. Sin embargo el espíritu de mi pueblo no morirá nunca, habitará siempre en estas tierras y en los escombros de tu gente. Por más que no nos vean, estaremos aquí ―posó su mano sobre una roca. De pronto la visión se volvió borrosa y el contorno de la figura se distorsionó. La piel del animal comenzó a fundirse lentamente con la piel del hombre, hasta que no le quedó nada de humano. Un rugido furioso emanó de su garganta y se agazapó listo para el ataque.

           

    Desperté. Me cubrí la cara con las manos, sintiendo una profunda angustia apoderarse de mi pecho.

           

    ―¡Levantaos ya, Pedro! ―dijo la voz de una mujer mayor, haciéndome volver a la realidad―. Pedro Ruiz del Castillo, mirad la hora que es y aún estáis en la cama. Vuestra madre no estará contenta, así que, ¡apuraos!

           

    Me apresuré a vestirme. Los retazos del sueño comenzaron a diluirse, y para cuando me encontré en la calle, ya se habían ocultado en lo más profundo de mi inconsciente. No fue hasta muchos años después cuando lo recordé. El día que pisé el Valle de Huentata, tan lejos de mi España natal, y un chamán vestido con la piel de un yaguareté se presentó ante mí para darme la bienvenida. Fue entonces, cuando comprendí la magnitud de aquel sueño de juventud, y cuando me di cuenta de que nada podía hacer para torcer el destino del pueblo Huarpe, ni el mío.

©2012 – Jully Black – Todos los derechos reservados.

 

Nota de la autora: Pedro Ruiz del Castillo fundó la ciudad de Mendoza el 2 de marzo de 1561.