Juego de Niños

 

 

―¡Ahí va la gorda! ¡Cuidado al pasar por la puerta,  puedes quedar atascada! ―risas que se van alejando, festejando el chiste. Uno de los chicos la mira y saca la lengua, y ella baja la cabeza avergonzada.

 

Lily aún tiene esos recuerdos, aún las bromas de sus compañeros taladran su cabeza y la amenazan con perderse en remolinos sin sentido. Los recuerdos son lejanos, como si hubieran sucedido hace mucho tiempo, como si todo ocurriera detrás de una cortina a la que hay que rasgar para ver con claridad. Pero ella no olvida.

 

―¡Gordita, gordita!, ¿te animas a cruzar el lago congelado? ―el niño de cabello oscuro y ojos desafiantes la mira burlescamente y ella asiente con seguridad.

 

―¡Ya verán estos idiotas si puedo pasar ese lago! ―piensa acomodándose los anteojos. Porque Lily además de ser “la gorda” es “la cuatrojos” y encima “la sonrisa de metal”,  por culpa de aquella ortodoncia que tanto le molesta.

 

―Son niños ―le había dicho su madre en más de una ocasión―. No les hagas caso Lily, cuando seas grande te reirás tú de ellos.

 

Pero ¿qué pasa si por algún azar del destino, por una de esas vueltas de la vida Lily no llega a ser grande? Pues entonces las risas vendrán ahora.

 

―Vamos cuatrojos ―grita la niña rubia con cara de barbie, aquella que lleva el cabello rubio  recogido en peinados que parecen realizados por el mejor estilista.

 

Lily la mira desafiante y apoya un pie sobre el hielo, entonces se siente segura y comienza a cruzar. Los niños la esperan del otro lado.

 

―¿Me recuerdas? ―pregunta Lily mirando al niño dormido en la cama, tapado con el cubrecama de autos de carreras. Es el de cabello oscuro, el que siempre la molestó más, el que le corría la silla para que callera con estruendo cuando iba a sentarse en clase―. ¿Cuántas veces has pensado en mí desde aquel día? ―murmura Lily acercándose a la cama―. Apuesto a que ninguna ―sonríe.

 

Ahora es su momento de reír, su madre le había dicho “cuando seas grande” pero Lily no quería esperar. Lily no podía esperar.

 

Se sienta en la cama y el niño despierta asustado. Al darse cuenta de que hay alguien en su cama se apresura a encender la luz, entonces sus ojos se abren desmesuradamente y el terror se refleja en ellos.

 

―¿Verdad que te acuerdas de mí? ―pregunta Lily con sorna―. ¿Cómo olvidarme no? ¿Cómo olvidar a la gordita?

 

El niño abre la boca y un grito ahogado escapa de ella, pero la niña se apresura a taparle la boca con una mano, una mano blanca y helada como el hielo. En realidad ella es como el hielo, sus ojos se encuentran vedados como si un velo los cubriera, tiñéndolos de un extraño color azulado. Lily sonríe y muestra los dientes, aquellos que todavía tienen la ortodoncia que ella tanto odiaba.

 

―Ahora es mi turno de reír ―murmura antes de abalanzarse sobre el niño y clavar los dientes en su cuello. Es más fácil con los dientes de metal, la carne se desgarra con mayor facilidad y Lily no tarda en dejar caer su presa a un costado de la cama.

 

Agarra un autito de colección que hay sobre una repisa y lo guarda en uno de los bolsillos de su vestido.

 

―Si me hubieran dejado en paz, ahora todo sería diferentepiensa mientras sale a la noche estrellada―. Ellos debían saber con certeza que el hielo no aguantaría mi peso, son niños pero no son idiotas.

 

Aún recuerda el sonido del hielo trisarse bajo sus pies. Ese sonido que le hizo detener el corazón y darse cuenta de que eran los segundos antes de que el hielo se quebrara y el lago la engullera con sus fauces heladas.

 

Es horrible morir ahogada, con el agua congelada abrasando crudamente tus pulmones que buscan aire y encuentran cuchillos despiadados que te desgarran por adentro.

 

―Pero todos la pagaránpiensa Lily mientras camina unas cuadras bajo la luna―. Todos y cada uno de ellos, porque desperté de la muerte para venir a reírme de ellos, tal como dijo mamá.

 

―Los niños a tu edad son crueles Lily ―había dicho su madre miles de veces―. A los once años no saben lo que dicen, tú eres hermosa.

 

―Hermosa soy ahorapiensa Lily―. Ahora que mi compañía es la luna y mi día es la noche, ahora que despierto cuando anochece y  nadie me busca porque estoy muerta. Ahora que el mundo se libró de mí, soy hermosa. Puedo caminar por las calles en la oscuridad, y escabullirme en las sombras ante los ojos de aquellos que alguna vez me lastimaron.

 

Se detiene ante una casa grande y algo suntuosa. La conoce por dentro porque ha estado una vez allí, ese día en que le llevó  las tareas a la niña barbie porque había faltado a clases.

 

―Sé buena con ella Lily y llévale las tareas, tal vez ganas una amiga ―había dicho su madre. Y ella como buena niña que era había ido, y había vuelto sin amiga y con la vergüenza de sentirse la niña más fea del mundo, porque barbie era linda aún con ojeras y con el cabello desarreglado.

 

Encuentra una ventana abierta del primer piso y se escabulle por ella para luego trepar por un árbol. Otra cosa que ha cambiado desde que muriera, ahora Lily es ágil como un gato y tiene mucha más fuerza que antes.

 

Con ojos expertos en ver en la oscuridad busca la puerta rosada con flores pintadas y entra en la habitación. La niña duerme plácidamente sobre su cama de dos plazas con sábanas de raso y almohadas de plumas de ganso.

 

―Lo siento cuatrojos pero no hay invitación para ti ―barbie siempre había disfrutado dejándola fuera de las fiestas que hacía en su casa, o de los festejos de cumpleaños

 

―Piensa que en realidad te estoy haciendo un favor, probablemente si te invite tengas que pensar qué ponerte para no verte tan gorda, y como no encontrarás nada que lo logre, te sentirás mal y te largarás a llorar. Si no te invito te ahorro todo eso ¿te parece? ―los niños que siempre rodeaban a barbie festejaban todos sus comentarios, por más crueles que fueran. Más de una vez Lily se había quedado sola en su casa mientras todos sus compañeros disfrutaban de la fiesta, los regalos, la torta y los globos.

 

―Ahora soy más linda que tú ―sonríe y se acerca a la cómoda. Sobre ella hay varias muñecas rubias cuyo nombre es el apodo que tiene su dueña; dos cajas rosadas con pinturas y un alhajero con esas joyas de plástico que algunas niñas quieren tener por el sólo hecho de pensar que las hace verse más grandes. Agarra uno de los collares hecho con tanza y varios dijes de distintos colores y se lo pone en el cuello mientras se mira en el espejo.

 

―Creo que esto quedará más lindo en el cuello de barbie ―dice Lily acercándose a la cama de la niña y sentándose a su lado. Barbie tarda unos minutos en darse cuenta de la presencia, pero para cuando quiere reaccionar el collar de juguete ya le aprisiona el cuello con una fuerza inusitada, y por más que intenta gritar, ningún sonido logra salir de su boca. Sin embargo por la mirada aterrada de sus ojos Lily comprende que la ha reconocido en los últimos segundos antes de que se asfixie y su rostro hermoso quede de un color azul violáceo. El cabello rubio largo cae en cascadas alrededor de aquel rostro ahora inanimado y Lily lo acaricia como si jugara con una muñeca.

 

―Hija ¿porqué no invitas a tus compañeros de clase y hacemos una fiesta en casa? ―la madre de Lily siempre había intentado integrarla al grupo, pero ella sabía qué le esperaba si accedía. Ya una vez sus padres habían preparado una gran fiesta para su cumpleaños número diez y nadie había ido, todos los chicos habían preferido ir a la fiesta que barbie había dado “casualmente” en su casa.

 

―De verdad que te parecías a ella ―dice señalando con un gesto a las muñecas que miran la escena sin inmutarse―. Pero ahora ya no eres tan bella como antes, ahora eres como una muñeca rota.

 

Se levanta de la cama, agarra una de las barbies que descansan sobre la cómoda y sale por la ventana.

 

La próxima casa queda cerca, es un chalet de madera con varios árboles en la entrada y un jardín de flores perfectamente cuidado. Al pasar por una gasolinera Lily llena un bidón con algo de gasolina mientras el hombre que espera por algún cliente duerme en una silla.

 

―Liliana, niña ¿puedes ser más torpe? ―le había dicho más de una vez la maestra de música cuando Lily había sido blanco de alguna broma. Un instrumento roto o desafinado, una silla que se corre y ella cae, e incluso una vez una silla que se rompe bajo su peso y la maestra la mira con furia―. ¡Liliana por Dios! ¡Eso es propiedad de la escuela! Le explicarás tú al director qué ha sucedido con esa silla.

 

―Podría haberme ayudadopiensa Lily mientras observa la casita desde afuera―. En algún momento, cuando sabía que los niños me hacían aquellas bromas, podría haberlos culpado a ellos, no a mí.

 

Nuevamente la niña se escabulle por una ventana y entra en la casa. No la conoce por dentro, pero con su nueva visión nocturna busca la habitación de la maestra hasta que la encuentra. Con rapidez se acerca a la cama y cuando la mujer abre los ojos la niña ya se encuentra sobre ella. Por más que la maestra intenta luchar no puede, ni la mayor adrenalina le daría la fuerza para pelear contra la fuerza que Lily ahora posee, y menos aún librar su delgado cuerpo debajo del peso de la niña.

Lily le ata las manos con una soga al respaldar de la cama y después se aleja un poco para mirarla.

 

―¿Verdad que no me esperaba? ―pregunta con una sonrisa. La maestra responde con un grito de terror y Lily se lleva un dedo a la boca en señal de silencio, como cuando dos niños se cuentan un secreto que nadie debe saber.

 

Cantando aquella canción que su madre le enseñó cuando era pequeña y habla de un “Un elefante que se llama trompita…” Lily rocía a la mujer y la habitación con gasolina, se lleva la mano al bolsillo del vestido floreado y saca una caja de fósforos.

 

―Esto va a ser divertido ―dice la niña mirando a la maestra fijamente a los ojos―. Esta vez podrá retarme, porque esta vez tendrá razón, yo seré la culpable.

 

Deja caer el fósforo sobre un charco de gasolina que en menos de un segundo se inflama y se convierte en una llamarada. Con rapidez el fuego recorre el camino marcado, las llamas lamen primero el piso de madera, después suben por las patas de la cama y por último alcanzan a la mujer, devorándola entre lenguas rojas, entre gritos de desgarro.

 

Pronto toda la habitación arde y Lily se apresura a salir de la casa. Se detiene en la calle y observa cómo aquel chalet se convierte en un monstruo de fuego vivo que se retuerce y grita. Las sirenas de los bomberos se sienten a lo lejos y la niña se retira de la escena por una calle lateral, mientras siente nuevamente la brisa suave en su rostro. A lo lejos el cielo comienza a aclararse y se da cuenta de que es hora de volver a dormir.

 

―Todavía muchos deben pagar ―dice mientras camina hacia el cementerio―. Todos aquellos que se burlaron de mí, que me llevaron a morir ahogada y congelada en aquel lago, que se negaron a invitarme a sus fiestitas porque no querían que estuviera en su casa, que me hicieron pasar vergüenza frente a los profesores.

 

Quedan muchos, todo un curso de niños y niñas crueles que le hicieron la vida imposible. Todo un pueblo que debe pagar por su muerte.

 

―Pero no importa ―piensa Lily mientras mira el cielo―. No importa porque tengo tiempo, cada noche puedo levantarme de mi tumba y caminar por este pueblo para jugar y reírme de ellos. Ahora la última palabra la tengo yo.

 

Desde ahora y para siempre.

 

 

© 2010 - Julieta P. Carrizo - Todos los derechos reservados

 

 

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