La Mujer y el Hombre Muerto

La habitación se encuentra a oscuras, las luces apagadas, las cortinas cerradas, dejando entrar apenas un pequeño haz de luz blanco. Mis ojos recorren el lugar casi sin reconocer las siluetas de los muebles que se encuentran apostados por ahí, como cualquier día normal.

 

Pero ése definitivamente no es un día normal, no es un día cualquiera, es el día de la liberación de mi alma.

 

Una música lejana, proveniente de alguno de los departamentos del edificio, llega a mis oídos, como si alguien hubiera decidido prestarme la melodía en el momento más oportuno.

 

Abro los labios y un susurro sale de ellos… “si tan sólo pudiera”…

 

La frase que tantas veces me he repetido. Una tras otra, diez veces al día, mil a la semana; durante tanto tiempo que ya casi ni recuerdo cuando fue que la idea comenzó a hacer mella en mi cabeza. Pareciera que desde hace mucho comenzó como un simple juego en que me imaginaba la situación como si fuera una película, y luego todo fue haciéndose cada vez más real, más verdadero, más cercano.

 

Tal vez fue el sonido de un vaso al hacerse trizas contra el piso, el canto de un pájaro en una mañana primaveral, el sonido de un auto al arrancar en una esquina, o alguna canción en la radio que encendió dentro de mí la extraña pregunta. O quizás sólo se debió a un día soleado en medio del verano que me pareció más lúgubre de lo normal, o las nubes que a veces se arremolinan en el cielo haciéndote sentir esa extraña sensación de pequeñez que se apodera lentamente de tu ser.

 

El hecho es que algo o alguien logró catapultar dentro de mí la extraña sensación de querer sentirme Dios, de dejar a un lado la simpleza humana que nos caracteriza, para probar la delicia de tener el control sobre los demás.

 

¿Es locura, o simplemente necesidad de vivir? Siempre me he caracterizado por ser una persona cuerda, pero ahora siento que tal vez un poco de locura habita dentro de todos nosotros, la cuestión es ser lo suficientemente valiente como para dejarla salir. Y yo me he animado a ello.

 

Me levanto de aquel destartalado sillón, desteñido por el tiempo, y camino por la estancia casi como en trance. Todo a mi alrededor parece aún más oscuro y los muebles no son más que fantasmas inertes testigos de mi liberación.

 

Nuevamente me acerco al cuerpo que descansa sobre el piso de la cocina y lo observo detenidamente, como intentando darme cuenta de qué es lo que sucede, de cómo mi trabajo llegó a su fin después de tanto tiempo.

 

Es tan espeluznantemente hermoso que casi me paraliza. Es como una escultura de mármol en el momento en que su autor se da cuenta de que la ha acabado, y que aquella creación nunca será más perfecta que en ese momento. Así su cuerpo refleja la belleza de aquellos rasgos que alguna vez lograron enloquecerme, y que ahora se encuentran inmortalizados para siempre en el último aliento de vida.

 

Vuelvo lentamente al sillón y me dejo caer pesadamente sobre él. Viejos recuerdos se agolpan en mi mente y otra vez siento que voy a comenzar el viaje de mis cavilaciones.

 

La misma frase tantas veces repetida: Si tan sólo pudiera…

 

Si tan sólo pudiera hacerlo, tomar una vida y hacerla mía. ¿Qué sentirá el asesino cuando el último suspiro de su víctima escapa de sus labios? ¿Cuando ve cómo la vida se desvanece de aquellos ojos, dejándolos apagados como si la luz que en ellos viviera hubiera desaparecido? ¿Cuando siente que tiene el poder de decidir, en ese último segundo entre la vida y la muerte, si se convierte en verdugo o en salvador?

 

Jugar a ser Dios, todos queremos eso en algún momento de nuestras vidas. Queremos ser todo, tener todo y probar todo, sin consecuencias, sin reproches, sin culpas ni remordimientos. Nuestra naturaleza limitada se siente pequeña ante la idea de poder hacer lo que queramos, de convertirnos en algo superior, de liberarnos de nuestros convencionalismos.

 

¿Quién tiene el poder para decidir sobre la vida y la muerte?, ¿no es ese el mayor poder que reside en Dios y que nosotros no logramos tener completamente? Ser el mayor juez y dictar la sentencia de muerte sobre alguien que nos ha hecho daño o que ya no podemos soportar. Porque por supuesto, esto no se trata de matar por matar, se trata de matar para liberar su alma y la mía, para que por fin termináramos con la relación tóxica y retorcida que siempre nos caracterizó.

 

Creo que en un primer momento la idea vino a mí en bruto, como si se tratara de una materia prima que hay que trabajar para convertirla en algo útil. No es que hubiera querido acabar con la vida de la primera persona que se cruzara por mi camino, sino que simplemente se encendió esa pequeña duda dentro de mi ser y desde allí comenzó el proceso.

 

Si quería probar que podía, si quería sentirme libre de la mano que aprisionaba mi pecho y a veces amenazaba con asfixiarme, si quería terminar con esa voz que me torturaba día y noche desafiándome, debía encontrar a la persona adecuada. Entonces llegó él con su perfección, con su sensualidad, con sus palabras delicadas y sus noches feroces y dio vuelta mi mundo. Fue un remolino entre la calma de mi vida rutinaria, que llegó para dar vuelta a todo y después dejarme destrozada, desmadejada, desarticulada como una muñeca rota.

 

Fue ahí cuando la idea que alguna vez había anidado en mi mente volvió con mayor fuerza, y él se convirtió en esa materia prima que había estado buscando para llevar a cabo mi obra maestra.

 

¿Qué se siente al ver ese último instante de vida en tus manos? ¿Lo hago o no lo hago? ¿Lo dejo vivir o cumplo mi cometido?

 

La respuesta está allí ante mis ojos, en aquel cuerpo sin vida que ya nunca volverá a reír, hablar o sentir. Por fin he encontrado una respuesta a mi duda, lo que se siente al tomar control sobre la vida de una persona, sea amante, marido, amigo, o simplemente un desconocido.

 

De pronto mis manos llaman poderosamente mi atención. Hay algo en ellas que antes no estaba y las observo detenidamente, casi sin entender qué hacen teñidas de rojo. El corazón se me acelera y siento que mis ojos se llenan de lágrimas.

 

Me levanto de un salto y corro nuevamente hacia la cocina. El cuerpo sigue allí, pero ahora se encuentra rodeado de un río color sangre. La imagen cambia, aquel cuerpo no es más bello y la escena resulta aterradora ante mis ojos.

 

“¿Qué he hecho?, ¿qué demonios he hecho?” Las preguntas me taladran el cerebro con insistencia, mientras la imagen del cadáver penetra en mis sentidos con una fuerza terrible, como si fuera la primera vez que lo viera, como si antes él no hubiera estado muerto y todo hubiera sido un juego.

 

Un grito desesperado intenta escapar de mi garganta, pero me ahogo ante las palabras que luchan por salir. Me dejo caer al piso. A mi lado descansa un cuchillo de cocina, de esos que a él tanto le gustaba usar cuando cocinaba. Lo tomo con la mano izquierda, aquella que aún tiene residuos de sangre y con un rápido movimiento me golpeo el estómago.

 

Apenas siento dolor cuando el cuchillo penetra rasgando mi piel, pero es recién cuando un líquido caliente recorre mis manos, cuando me doy cuenta de la cruel verdad.

 

“¿Qué se siente matar?”, la voz resuena en mi cabeza mientras me dejo caer lentamente en el piso de linóleo. Una carcajada llena la estancia y mis oídos se aturden ante el sarcasmo de las palabras. “¿Qué se siente morir?”

 

La voz se va haciendo cada vez más fuerte hasta que se desvanece. Una sonrisa se dibuja apenas en mis labios en el momento que me abandono a las sombras, sintiendo que por fin lo logré.

 

Soy libre.

 

© 2010 - Julieta Paola Carrizo - Julieta P. Carrizo.