Los niños no deberían jugar con cosas muertas

 

 

El cuervo graznó, extendió sus alas negras como la noche y emprendió el vuelo.

 

Una rama lejana se partió, resonando en el silencio como si de una bomba se tratara.

 

El niño gritó, un grito desgarrador, de desesperación, de auxilio.

 

Entonces las carcajadas se extendieron por el ambiente, mientras el niño se ponía de pie y miraba a sus compañeros con el rostro bañado en sudor y expresión de vergüenza.

 

―¡Estamos en un puto cementerio Malcom! ―se defendió mientras limpiaba la tierra de sus pantalones―. Quiero ver qué hubieras hecho tú si ese maldito cuervo se hubiera cruzado en tu camino, la rama de mierda se te hubiera enganchado en el pantalón y te hubieras ido de bruces al piso.

 

―Me hubiera dado un gran porrazo ―respondió Malcom sonriente―. Pero ese grito era de miedo Harry, ¿acaso pensaste que algún muerto había sacado su mano para agarrarte del pie? ―nueva carcajada.

 

―Repito ¡estamos en un puto cementerio a mitad de la noche! ―dijo Harry exasperado―. ¿Cómo pretendes que reaccione?, ¿como si nos encontráramos en un circo? Además no me gusta este libro, ni las palabras que acabas de leer. Suenan… no sé… extrañas.

 

Malcom esbozó una sonrisa de autosuficiencia y bajó a vista hacia el libro que tenía en sus manos. Era un libro antiguo que habían encontrado en la biblioteca del pueblo, escrito en un idioma que no conocían. Les había llamado inmediatamente la atención, y cuando habían deducido que aquello podía tratarse de algún hechizo, Malcom inmediatamente los había convencido para hacer el ritual en el cementerio.

 

―No te enojes Harry ―dijo Lyn con su voz suave y casi en un susurro. La niña lo miraba con una mueca de diversión pero sin expresión de burla alguna en su rostro. Es que el rostro de Lyn parecía el de un ángel, coronado por aquella cabellera rubia que su madre siempre peinaba con tanto esmero. Nunca en ese rostro podía haber una expresión de burla, enojo, envidia u odio―. De todas formas a mi tampoco me gusta este lugar ―aseguró volviéndose hacia Malcom―. Es nada más ni nada menos que un cementerio de niños ¿porqué alguien querría hacer un cementerio exclusivamente para niños? Es macabro.

 

―Es una tradición del pueblo ―dijo Harry acercándose a ellos―. Desde hace décadas. Nuestros antepasados pensaron que era mejor enterrar a los niños en su propio cementerio. Lo hacían porque creían que los niños debían ser purificados en un lugar diferente al de los mayores, daban por supuesto que éstos últimos tenían mayores pecados que purgar que alguien que hubiera vivido diez o doce años, como nosotros. La tierra donde moraban los cadáveres de los mayores estaba más contaminada, y los niños pequeños e inocentes  no podían compartir el lugar con ellos.

 

―De verdad es aterrador ―dijo Lyn sintiendo un escalofrío. Hacía apenas unos meses que se había mudado al pueblo y estaba feliz por haber conocido a sus dos nuevos amigos.

 

―Será mejor que volvamos ―insistió Harry.

 

―Pero todavía no hemos encontrado la tumba de…

 

Lo que Malcom iba a decir quedó suspendido en el aire cuando un sonido agudo se elevó hacia ellos. La tierra tembló a sus pies y los tres niños salieron corriendo como alma que lleva el diablo hasta encontrarse fuera del cementerio.

 

Al día siguiente el titular del diario hablaba del temblor que había sacudido el pueblo la noche anterior. Por su parte Lyn miraba por la ventana a varios pájaros que se habían posado en una rama mientras la profesora de historia proseguía con su aburrida clase, cuando notó algo extraño.

 

Lo primero que llamó su atención no fue el niño con la ropa andrajosa que caminaba por en medio de la calle, sino que ante su paso los pájaros se aprestaron a elevar vuelo, y los dos perros que andaban por ahí, salieron corriendo en medio de un aullido algo lastimero. El niño andrajoso detuvo su parsimonioso caminar y se quedó paralizado mirando hacia adelante. En ese momento el señor Roke, el anciano dueño de la heladería del pueblo, pasaba por allí y se detuvo al ver al niño solo. Lyn no pudo oír lo que el anciano decía, pero imaginó que le preguntaba al niño si estaba bien o dónde se encontraban sus padres.

 

Entonces sucedió.

 

El niño andrajoso levantó su carita para mirar al hombre que le hablaba y con un rápido movimiento se colgó a su cuello. Lyn no pudo ver bien el momento preciso en que el niño abría su boca y clavaba sus dientes en el cuello del anciano, pero de pronto el hombre comenzó a gritar, moviéndose con brusquedad, las manos alzadas hacia el cielo al principio y luego intentando arrancar al atacante. La sangre comenzó a fluir despacio del cuello para luego explotar con fuerza cuando el niño arrancó un pedazo del cuello y volvió a morderle como si un se tratara de un perro desgarrando una presa de pollo.

 

Lyn se llevó las manos a la boca para ahogar un grito, pero los gritos desgarradores del anciano habían logrado detener la clase y que todos se apresuraran a acercarse a las ventanas para mirar. Se oyeron varios chillidos de sus compañeros y una exclamación de la maestra, entonces todo se volvió un caos.

 

El anciano señor Roke cayó al piso. El niño le arrancó otro pedazo de cuello y después se paró como si nada hubiera pasado para seguir caminando por la calle. El hombre se convulsionó con los últimos estertores de la muerte mientras un charco de sangre se formaba a su alrededor por el líquido que manaba profusamente de su cuello.

 

La calle era una confusión absoluta. Lyn vio que varios niños más aparecieron caminando con ese andar parsimonioso, hasta que alguno de los transeúntes que corrían despavoridos por el ataque al señor Roke pasaba a su lado, entonces alguno de los niño se abalanzaba sobre él y lo atacaba, mordiéndole el cuello, la cara, los brazos o las piernas. La calle se convirtió de pronto en un revuelo de gente intentando escapar, sangre que manaba de las heridas y niños endemoniados.

 

―Tenemos que irnos ―dijo Malcom apareciendo de pronto al lado de Lyn―. Ya mismo. No sé que es lo que sucede aquí, pero no me gusta nada ―dijo el muchacho mirando fijamente a sus amigos. Ambos titubearon unos segundos, pero entonces uno de sus compañeros, aquel de anteojos grandes del que todo el mundo siempre se burlaba, se alejó corriendo de la ventana y se abalanzó sobre la maestra. La mujer cayó al piso con estruendo y quiso protegerse llevándose las manos a la cara, pero era demasiado tarde. El niño de anteojos le clavó sus dientes en la mejilla y un grito emanó de la boca de la mujer.

 

Malcom agarró a Lyn de la mano y se apresuró a llevarla hacia la salida. La chica corrió sólo porque su amigo la llevaba, pero no estaba segura de qué debía hacer. Salieron al pasillo y se encontraron con más niños que estaban atacando a los maestros.

 

―Simplemente corran ―dijo Malcom casi en un susurro. Lyn se dio cuenta de que Harry los seguía. Echaron a correr los tres por el pasillo, sorteando las riñas que se llevaban a cabo entre niños y adultos, y salieron a la calle.

 

―Vamos a tu casa ―replicó Malcom mirando fijamente a Lyn. La chica no atinó a decir nada―. Es la que queda más cerca.

 

En la calle la escena era aún peor. Al pasar junto a uno de los niños que habían aparecido caminando por la calle notaron que su rostro era muy pálido. El cabello negro le caía irregularmente sobre el rostro y los ojos parecían dos piedras negras, vacíos y sin vida. En la mejilla tenía una herida enorme que dejaba a la vista un trozo de carne colgando hacia un costado. El cuello estaba cruzado por otra herida que parecía algo podrida y agusanada, y al brazo derecho le faltaba una mano. Estaba cubierto de sangre, pero la sangre no era de él, porque a pesar de tener heridas tan terribles ninguna de ellas sangraba; la sangre era de la mujer que yacía a sus pies con un ojo arrancado y parte de la cara comida.

 

―No mires ―sugirió Malcom a Lyn que hizo el ademán de detenerse a causa de la impresión.

 

Corrieron lo más rápido que pudieron durante tres cuadras. En todos lados la escena era igual, niños pálidos con ropas andrajosas y desgarradas, miradas perdidas y heridas imposibles, atacando a aquellos que se encontraran cerca. Llegaron a la casa de Lyn y ella se apresuró a abrir. Al entrar los tres se dejaron caer al piso para llenar sus pulmones nuevamente de aire.

 

―No entiendo nada… ―dijo Harry por fin.

 

―Yo tampoco, no sé qué pasa no… ―Lyn se detuvo a mitad de la frase y suspiró―. ¿Vieron esos niños?, algunos de ellos estaban mutilados y aún así…

 

―Caminaban… ―terminó la frase Malcom―. Si, los vi, ¿notaron algo más? ―preguntó el muchacho poniéndose de pie y corriendo la cortina para mirar por la ventana. Ninguno respondió―. Atacan adultos ―añadió señalando la calle―. Hemos corrido tres cuadras y en todas lo mismo, niños atacando adultos. En un momento pasé lo suficientemente cerca de uno de ellos como para que me alcanzara y no lo hizo.

 

―Tienes razón ―replicó Harry acercándose a su amigo―. ¿Los conoces?- preguntó señalando a los niños.

 

―A algunos ―dijo Malcom―. Los demás no sé de dónde vienen ni lo que son pero parece que fuera… ―se interrumpió y se volvió a mirar a Lyn que buscaba desesperada su celular.

 

―Si atacan  únicamente a adultos quiero hablar con mi madre para advertirle ―dijo la chica alejándose hacia la cocina mientras marcaba el número en el celular.

 

―Mejor que ella no escuche ―dijo Malcom con seriedad―. Iba a decirte que parece que fuera contagioso.

 

―¿Qué quieres decir? ―preguntó Harry asustado.

 

―¿No viste a cuatrojos? ―inquirió Malcom refiriéndose al niño de su clase que había atacado a la maestra―. Yo estaba a su lado cuando de pronto uno de los niños andrajosos nos miró directamente a los ojos, entonces cuatrojos emitió un leve sonido con los labios y se quedó paralizado, sus ojos se vaciaron Harry, y me refiero a que de pronto quedaron sin vida. Me acerqué a ustedes para decirles que nos fuéramos y él atacó a la maestra.

 

―Pero ¿qué es? ¿Un virus o algo así? ―cuestionó Harry.

 

―¡No tengo idea!, sólo te digo que lo mejor será no movernos de aquí, por lo menos hasta saber a ciencia cierta qué es lo que pasa.

 

―No me atiende ―dijo Lyn desesperada volviendo de la cocina.

 

―Debe estar ocupada. Tal vez dejó el celular en un lugar y se tuvo que refugiar en otro. No desesperes Lyn, te llamará en cuanto pueda ―intentó tranquilizarla Malcom.

 

Los tres amigos se dispusieron a esperar. Harry llamó a sus padres pero tampoco lo atendieron. Por su parte Malcom simplemente envió un mensaje a su padre para decirle que estaba bien y que no saliera, pero no esperaba que él le respondiera.

 

Recién al caer la noche los gritos provenientes de la calle cesaron. Malcom, que era el que vigilaba regularmente por la ventana se acercó a sus amigos, que se habían refugiado en la cocina.

 

―Han desaparecido ―dijo cuando entró―. Pero han dejado la calle regada de cuerpos.

 

Lyn lo miró sin decir nada y Harry se sentó en una silla llevándose las manos a la cara.

 

―¿Qué crees que ha sido esto? ―preguntó por fin la chica. A punto de cumplir trece años Lyn era la más alta de los tres. Malcom era apenas un poco más bajo, pero de contextura física delgada y atlética, posiblemente le faltaba mucho por crecer aún. Harry por su parte era el más bajo y regordete. En orden de madurez la delantera la llevaba Lyn, pero a la vista de los últimos acontecimientos, Malcom parecía haberse convertido en adulto, tomando inmediatamente el control de la situación.

 

―Te juro que si no los hubiera visto pensaría que estoy loco ―respondió Malcom―. Pero parecían los zombies de Resident Evil, sólo que eran…

 

―Niños… ―replicó Lyn―. Lo sé, yo pensé lo mismo cuando vimos a ese niño con la mitad del rostro destrozado pero que aún así seguía caminando. La ropa que llevan algunos parece muy antigua y varios de ellos van directamente desnudos.

 

―Esperen un minuto ―los interrumpió Harry―. ¿De verdad están hablando de zombies? ¡Vamos muchachos! ―Se levantó de la silla y se dirigió a la ventana que daba a la calle para mirar qué sucedía afuera. La calle se encontraba ahora vacía―. Creí que dijiste que había cuerpos esparcidos por la calle- gritó a Malcom.

 

―Así es ―El chico se acercó a su amigo para mirar por la ventana y para su sorpresa se encontró con que no había absolutamente nada allí afuera―. ¡Juro que estaban allí! ―chilló.

 

De pronto golpearon la puerta. Los tres se sobresaltaron y Lyn se acercó temblando para preguntar quién era. La voz de su madre respondió del otro lado.  Con alegría la chica se apresuró a abrir, pero lo que encontró en el umbral la hizo saltar hacia atrás con un gritito ahogado.

 

―Soy yo cariño ―dijo la mujer entrando en la casa. Los dos chicos vieron que la madre de Lyn llevaba la ropa manchada de sangre y un hueco en el cuello con marcas de dientes que denotaban que le habían arrancado el pedazo a centelladas. Detrás de ella entraron dos niños, el primero era el que había visto Lyn caminando por la calle y que había atacado al señor Roke, el de atrás era su compañero de clase al que apodaban “cuatrojo”.

 

―Mamá, ¡aléjalos! ―gritó Lyn. Malcom se apresuró a ponerse a su lado al igual que Harry y vieron que afuera los esperaba una multitud de adultos y niños, todos en condiciones desastrosas. Los adultos atacados que se habían desangrado en las calles ahora estaban parados junto a los niños carnívoros que los habían matado.

 

―No ―dijo la madre de Lyn. Entró otro hombre que Malcom reconoció como el padre de Harry y se paró junto a la mujer. Tenía un solo ojo y en el otro la mirada vacua, una oreja se había rasgado y parte de ella colgaba a un costado del rostro.

 

―Hijo ―dijo el hombre―. Aún no te nos has unido.

 

El niño que había entrado detrás de la madre de Lynn clavó su mirada oscura en los ojos de Harry y Malcom escuchó cómo su amigo emitía ese sonido con la boca y sus ojos se perdían en el vacío.

 

―¡NO! ―gritó Malcom aferrando a su amigo de los hombros y zarandeándolo con fuerza―. ¿Qué le han hecho? ―gruñó con furia.

 

―¿Qué sucede? ―balbuceó Lyn.

 

―¡Lo convirtieron en uno de ellos! ―respondió Malcom tomándola de la mano y alejándola de los que habían entrado.

 

―Es sencillo ―dijo el padre de Harry cuando su hijo se hubo acercado a él―. Es nuestra culpa en realidad ―agregó―. Ustedes no podrían entenderlo porque no son del pueblo, pero la hora ha llegado. Nuestros niños ―dijo el hombre señalando a los que estaban en la calle―, han vuelto. Después de tantos años, después de que nuestros antepasados creyeran que dándoles sepultura en un cementerio exclusivo para ellos les darían la paz, cuando en realidad los habían mandado al infierno. Pensaron que el crimen que habían cometido, encerrándolos en la escuela y envenenándolos con la comida, quedaría saneado con un cementerio propio.

 

―¿Qué diablos…? ―quiso protestar Malcom.

 

―Los mataron ―gruñó el hombre―. Era la época de la peste y la gente moría, entonces decidieron que los niños no debían sufrir, no debían morir por la peste, y los mataron. Este pueblo quedó maldito después de eso, yo lo sabía como todos los que tuvimos antepasados aquí. Pero ahora eso cambiará, ahora no daremos la espalda a nuestros niños, ahora ellos se han levantado de sus tumbas, gracias a ustedes que los despertaron, para buscar su lugar entre nosotros. Y dejaremos que lo ocupen.

 

Un murmullo de aceptación recorrió a la multitud que había afuera y que cada vez era más grande.

 

―Para los niños del pueblo es sencillo ―dijo el hombre señalando a su hijo que ahora se encontraba parado a su lado como si de un robot se tratara―. Lo tienen en la sangre, sólo deben que dejar que el pasado venga a por ellos y los transforme. Para ustedes es más difícil ya no son de aquí, y aunque no tengan nada que ver con nuestra historia, no los podemos dejar escapar ―sonrió―. Como ninguno de los adultos de este pueblo tuvo opción, ustedes tampoco la tienen.

 

El hombre cerró la puerta tras de sí y los ojos del primer niño y de Harry se iluminaron, pero de una forma terrorífica, de una forma que los hizo poner los pelos de punta.

 

―¡Corre! ―gritó Malcom a Lyn dando media vuelta para subir las escaleras. Ninguno de los dos alcanzó a llegar, la madre de Lyn la alcanzó del brazo y el primero niño agarró a Malcom de los pies.

 

―No se pueden ir, nadie se puede ir, nos quedaremos aquí con nuestros niños y ustedes se convertirán en uno de ellos ―dijo el hombre dando su sentencia final.

 

Malcom escuchó el grito de Lyn antes de sentir un dolor punzante en un brazo y sumirse en la oscuridad. Después el silencio.

 

A lo lejos un cuervo emitió un graznido y alzó el vuelo, dejando atrás el pueblo escondido entre los árboles, oculto ante la mirada de los viajeros. Un punto en el mapa donde los niños no volverían a reír y los adultos no volverían a matar. Un punto de color rojo como la sangre que aquel día había bañado las calles del pueblo por última vez. Un lugar donde los niños habían vuelto a la vida para ocupar su lugar.

 

Ahora y para siempre.

 

 

© 2010 - Julieta P. Carrizo - Todos los derechos reservados.

 

Este cuento también se encuentra disponible en Wattpad:

www.wattpad.com/story/1562220-los-ni%C3%B1os-no-deber%C3%ADan-jugar-con-cosas-muertas