Yo lo sé

 

Yo lo sé.

 

Tú lo sabes.

 

Y ahí terminó la historia.

 

Me refiero a que no es necesario que te lo cuente ¿verdad?

 

¿O acaso ya te has olvidado? No es posible que mi presencia en tu vida haya sido tan insignificante como para que no me recuerdes. Esto es un juego, un chiste de mal gusto para sacar lo peor de mí.

 

¿De verdad no lo recuerdas?

 

Era de noche. Había luna llena y tú estabas ahí, el miedo carcomiendo tu interior mientras intentabas desesperadamente que no se notara. Pero yo lo noté, se olía en el aire, las ráfagas traían hacia mí el olor dulzón del miedo.

 

Sin embargo no te movías, habías decidido quedarte en aquel lugar desierto, desolado, tétrico y oscuro para demostrar que tu valentía era lo más importante. Algunos le llaman dignidad, yo le llamaría estupidez.

 

Ahora comienzas a recordar ¿verdad?

 

La brisa de pronto llevó hacia ti sonidos que te erizaron los bellos de la nuca. El aire se condensó a tu alrededor, como si de repente te encontraras encerrado en una bóveda. El frío se apoderó de tu cuerpo y sentiste como si un millón de vidrios estallarán frente a ti. Risas, gritos, corridas, llantos, carcajadas que llegaron a tus oídos como provenientes de una cueva. Un vaho verdoso comenzó a rodearte y la respiración de algún animal te rozó el cuello. La luna brillaba a lo alto y un aullido silenció la cacofonía de sonidos que amenazaban con enloquecerte. Tu vista buscó con desesperación el origen de aquel  gruñido gutural, pero fuiste demasiado lento. Por el rabillo del ojo pudiste divisar un movimiento y entonces decidiste que era momento de escapar.

 

Pero escapar no es tan fácil.

 

Tus pies se lanzaron a la carrera, tu corazón desbocado, tu respiración acelerada, tus manos estiradas hacia adelante, tus ojos volviéndose como locos hacia todas las direcciones. Ruidos de pies descalzos y ágiles que iban detrás de ti a la carrera.

 

Pudiste divisar más adelante la carretera y sentiste un atisbo de esperanza. Lo sé porque yo te miraba, te observaba divertido mientras tú hacías tu último esfuerzo para poner espacio entre nosotros y lograr escapar. Pero no lo lograste ¿verdad?

 

No llores, no ahora. Me pediste que te lo recordara y eso estoy haciendo, ahora déjame terminar la historia.

 

Faltaban unos metros para que llegaras a la civilización. Sólo unos pasos más y estarías entre los autos, gritando desaforado, pidiendo auxilio. Quiso el destino que trastabillaras y cayeras de bruces contra el suelo. El golpe te atontó, pero aún así te levantaste, y te alejaste tanteando en la oscuridad como un ciego.

 

Entonces lo sentiste. A que es delicioso ¿verdad? El terror en su estado más puro, ese que te nace del fondo del pecho, se extiende por tu cuerpo, y hace que te paralices. El momento en que mis manos te agarraron y te diste cuenta de que ya no había escapatoria. Forcejeaste, como hacen todos, pero al final te entregaste a tu destino.

 

¿Y ahora vienes y me preguntas qué haces aquí acostado?

 

Por favor ¡despierta! ¿Acaso no lo ves?

 

¿No lo sientes?

 

¿No lo recuerdas?

 

Ah, sí, lo sabes ¿verdad? Lo descubriste.

 

Ésta no es una cama, es un ataúd, y tú… estás muerto.

 

© 2012 - Julieta P. Carrizo - Todos los derechos reservados.