Capítulo Cinco

 

 

 

¿CONFÍAS EN MÍ?

 

    La lluvia golpeaba fuertemente las ventanas, gota a gota, como pequeñas piedras furiosas que alguien disparara desde el cielo. Chantal observaba absorta por la ventana, agradeciendo en su fuero interno aquel regalo que le había permitido no salir de su habitación desde hacía un día.

   

    La tormenta comenzó justo la mañana siguiente a la cena y Peter había decidido suspender las filmaciones. El sentimiento de agradecer aquel inconveniente para todos la hacía sentirse un poco culpable; era consiente de las pérdidas que aquel retraso significaban para la película, pero no podía dejar de sentir alivio. Se había excusado con todos diciendo que estaba un poco enferma y que iba a aprovechar esos días sin filmación para recuperarse. Por supuesto que aquello era mentira, ella sólo quería pasar unos días sola, meditando. Y de paso no ver a Jack por un tiempo.

           

    El sueño que había tenido con el Asesino del Acido esta vez no la había inquietado.

           

    Veía a un hombre con rostro borroso que caminaba por un pasillo. A ambos lados había una especie de celdas que se encontraban vacías. La luz era lúgubre y oscura, apenas para iluminar el camino, pero el hombre sabía hacia dónde se dirigía. Entró en una habitación que a Chantal le pareció una especie de laboratorio. Había una mesa con infinidad de aparatos y utensilios que no logró descifrar para qué eran; una gran máquina hacía un ruido ensordecedor y una silla con cuerdas de cuero en las patas, el respaldo y los apoyabrazos, se alzaba en medio de la sala.

           

    En el momento en que había comenzado a sentir algo dentro de aquel sueño, se había despertado. No alcanzó a conectar con lo que había visto ni sucedido a su alrededor, por lo que volvió a dormirse con la esperanza de ver un poco más.

     

    Pero esta vez el sueño que la invadió fue el de aquel hombre - calavera que la visitaba por las noches. Al principio el sueño había sido el mismo: se hallaba frente a un enorme espejo en una habitación oscura y solitaria, y al acercarse, la figura vestida de negro le devolvía la mirada desde el otro lado. Al principio no era completamente visible, hasta que por fin su horrible faz de hueso quedaba completamente a la vista. De pronto Chantal se encontraba en un claro, con la figura montada en ese terrible corcel negro sacado de los mismísimos infiernos. Pero entonces el sueño había cambiado. Después de estar soñando exactamente lo mismo durante el último mes, algo había cambiado.

     

    La figura negra bajaba del caballo y se acercaba a ella con rapidez. Chantal trataba de escapar, pero apenas lograba mover un pie antes de que el ser la tomara por los hombros y acercara su terrible rostro hacia ella. Al abrir las fauces un sonido gutural salía de él y formaba la palabra “Kulpan”.

     

    Las cuencas sin ojos, habitadas únicamente por dos luceros rojos que refulgían y se movían de un lado hacia otro, se fijaban en ella, haciéndole doler la vista. Entonces la figura la empujaba hacia atrás y ella caía al fondo de una fosa, dentro de un ataúd de madera. Desde allí era testigo de como su madre, su hermana, su hermano, y ella misma, arrojaban tierra sobre el cuerpo que yacía en ese ataúd a punto de ser enterrado.

     

    En el momento en que comenzaba a rasguñar la tierra a su alrededor para intentar escapar, despertó.

     

    Ahora se encontraba aturdida por el cambio en su sueño, y no porque hubiera sido bastante terrorífico, sino por el significado.

 

    En los años de adolescencia, cuando había intentado encontrar significado a sus sueños, estudiándolos con cuidado, había aprendido dos cosas.

 

    La primera era que la repetición de un sueño representaba un acontecimiento importante en la vida de quien lo sueña. Y con importante se refiere a trascendental, relacionado con hechos y decisiones que pueden dar un giro completamente nuevo a su vida; por lo que los sueños intentaban advertirle lo que se aproximaba.

     

    Lo segundo que había aprendido era que los sueños que se repetían, casi nunca cambiaban. Hasta que la persona afectada no le encontraba el significado adecuado, podían seguir repitiéndose todos los días por tiempo indefinido sin sufrir ningún cambio. Pero, cuando cambiaban, entonces algo en el entorno de esa persona había cambiado, torciendo de alguna manera el destino predicho por el sueño. Y cuando eso sucedía, nunca era para bien. Un sueño repetido que cambia es una verdadera complicación.

           

    Desvió sus pensamientos de las especulaciones que se arremolinaban en su cabeza y se sentó en un sofá, frente a la chimenea de su cuarto. Tomó un libro del estante que tenía al lado e intentó leer algo que la distrajera de los sueños y las complicaciones como Jack.

           

    Nuevamente Jack en su mente. Sin siquiera notarlo las lágrimas comenzaron a resbalar por sus mejillas y ella hizo un enorme esfuerzo por detenerlas; no quería llorar y, menos aún, desempolvar dolorosos recuerdos del pasado.

 

    ―¿Qué tienen los hombres que nos hacen ser tan vulnerables? ―dijo en voz alta. Se levantó del sofá y, sin pensarlo, tomó el celular y marcó el número de su casa.

 

    ―Hola ―respondió una voz conocida al otro lado de la línea.

 

    ―Isabel, soy yo.

 

    ―¡Hermana! ―gritó Isabel emocionada.

 

    ―¿Cómo anda la chica más linda del mundo? ―preguntó Chantal sonriendo al oír la voz de su querida hermana.

 

    ―Hermosa como siempre ―dijo ella riendo―. ¿Pero cómo andas tú? Imagino que muy bien, trabajando con dos hombres como Will y Jack.

 

    Chantal se quedó en silencio unos segundos. La verdad es que el hecho de ver a Jack con su novia la había afectado más de lo esperado. Ella, en general, no dejaba que los hombres entraran en su corazón de aquella manera, pero esta vez al parecer, no lo había logrado.

 

    ―Pues si ―respondió por fin―. Es toda una experiencia, y además son mucho más lindos en persona. Pero no te pongas celosa hermanita, para la Avant Premier te llevaré conmigo para que los conozcas.

 

    ―¿En serio? ¡No puedo esperar a que llegue el momento!

 

    ―Dime ¿cómo está todo por allá? ¿Cómo anda mamá?

 

    ―Por aquí todo bien, como siempre. Mamá no se encuentra, está en lo de la señora Díaz. Falleció su marido hace unas semanas y mamá va a hacerle compañía todos los días.

 

    ―Pobre Carlota, quería mucho a su esposo ―se apenó Chantal sintiendo una punzada en el estómago.

 

    ―Así es. Puedes imaginar a mamá, se siente muy identificada con lo que le ha pasado y por eso la ayuda.

 

    ―Si claro, entiendo. ¿Y Jorge, has sabido algo de él?

 

    ―Vino hace una semana, fue por un feriado que hubo en la facultad y se quedó sólo unos días. Al parecer está saliendo con alguien, pero no quiso traerla, ya sabe que si la conocemos le haremos la vida insoportable ―Isabel rió y Chantal le acompañó con una carcajada. Ambas eran hermanas celosas de su hermano y, cualquier chica que él conociera, no sería nunca lo suficientemente buena.

 

    ―Y tú pequeña ―replicó Chantal cuando dejaron de hablar de cómo sería la nueva novia de Jorge―. ¿No te has decidido a estudiar algo?

 

    ―La verdad es que no. Sabes que no me gusta mucho estudiar. Prefiero estar aquí en medio de la montaña, junto a los caballos.

 

    ―Eres igual a papá ―Chantal suspiró. Dudó unos segundos antes de decir lo siguiente, pero por fin se decidió―. Quisiera pedirte un favor.

 

    ―Dime, lo que sea.

 

    ―¿Recuerdas el libro viejo donde mamá tiene anotado los significados de las palabras del idioma del abuelo?

 

    ―Claro que sí. Mamá nos hizo aprenderlas de memoria, aunque ahora no recuerdo casi ninguna.

 

    ―Si, yo tampoco recuerdo mucho, por eso quisiera que buscaras una.

 

    ―¿Cuál?

 

    Kulpan

 

    ―¿Puedo saber por qué necesitas el significado? ―preguntó su hermana intrigada.

 

    ―Es una historia un poco larga, pero prometo que después te la cuento, tú trata de buscar el significado ¿sí?

 

    ―Quédate tranquila, lo buscaré.

 

    ―Gracias hermana. Me alegro que todos estén bien y mándale saludos a mamá.

 

***

           

    Hacia la tarde la tormenta amagó con amainar, pero cuando cayó la noche, los truenos y relámpagos eran impresionantes, la lluvia era una cortina que unía el cielo y la tierra, y el viento silbaba uniéndose a la orquesta. A las ocho la luz del castillo se cortó, por lo que las velas llenaron los pasillos y las habitaciones, volviéndolos a la Edad Media, permitiendo que los graciosos se pasearan por los pasillos con candelabros asustándose unos a otros.

 

    Cuando el reloj dio las doce Chantal estaba acurrucada en su cama tratando de dormir. El castillo temblaba con cada trueno y parecía que en cualquier momento iba a desmoronarse, mientras el silbido del viento hacía eco en cada rincón y los relámpagos iluminaban regularmente toda la habitación.

 

    ―No debo tener miedo ―se repetía como un mantra―. No me voy a asustar por una estúpida tormenta.

 

    De pronto un relámpago particularmente fuerte la hizo saltar de la cama.

 

    ―De todos modos una taza de café no me vendría mal ―dijo mientras se ponía la bata y salía apresuradamente de la habitación con un candelabro en la mano. Caminó por los oscuros pasillos conteniendo la respiración ante cada relámpago y tratando de llegar rápidamente a la cocina. Cuando llegó no encontró a nadie, así que se hizo un sándwich junto con el café y se sentó a la luz de la luna, en un sillón frente a la chimenea de la sala que se encontraba apagada.

 

    Cuando le daba el último mordisco a su sándwich se dio cuenta de que tenía esa extraña sensación de que alguien la vigilaba, que no se encontraba sola.

 

    Se quedó paralizada durante unos segundos, conteniendo el aliento, hasta que por el rabillo del ojo izquierdo divisó una silueta sentada en un sillón. Volteó lentamente la cabeza, con el corazón latiéndole fuertemente en el pecho. De pronto la silueta se movió y prendió un encendedor, iluminando el rostro de Jack que apareció entre las sombras.

 

    ―¡Por Dios Jack! ―dijo cuando pudo hablar―. Casi me matas del susto.

 

    ―Lo siento, no era mi intención ―respondió él apagando el encendedor y levantándose del sillón―. No has salido estos días de tu habitación ―agregó.

 

    ―No me sentía muy bien ―mintió Chantal.

 

    ―¿Y ya estás mejor? ―dijo él desapareciendo entre las sombras.

 

    ―Si, mejor ―respondió ella tratando de buscar dónde se había metido.

 

    ―Quiero aclarar lo del otro día, lo de Kate. Yo no sabía que ella vendría.

 

    De pronto sintió su respiración cerca del cuello y una mano le rozó suavemente el rostro, ella se estremeció levemente y se volteó encontrando el rostro de él muy cerca del suyo.

 

    ―No tienes que explicarme nada ―dijo sin apartar la mirada de él, había algo que la atraía irresistiblemente, pero también algo que la hacía estremecerse.

 

    ―Ya no es mi novia ―le dijo Jack―. Y ya sé que no tengo que explicarte nada, pero quiero hacerlo, no quiero que por una confusión te alejes de mí. No quiero perderte.

 

    Ella lo miró durante un momento. En su interior una guerra interna se debatía.

 

    ―Jack, yo tampoco quiero perderte ―dijo vacilando―. Pero quiero que sepas que no sé si estoy preparada para estar con alguien en este momento. Me refiero a que…

 

    ―Shhh…  ―él la calló colocándole un dedo en los labios―. No digas más. Yo no te pido nada ahora, puedo ser tu amigo, tu compañero, tu confidente. Lo que necesites que sea. Dejemos que sea el tiempo el que decida.

 

    Ella lo miró sin saber qué decir. Dentro de su mente había un torbellino de ideas tratando de matarse unas a otras para ver quién ganaba

 

    ―Ok ―dijo por fin―. Ahora amigos. Después, dejemos que el tiempo decida.

 

    ―Amigos ―replicó él esbozando una sonrisa y envolviéndola en un abrazo.

 

    Ella se acurrucó en sus brazos y se quedaron juntos, sentados en el sillón, haciéndose compañía, hasta que la tormenta aminoró.

 

    ―Hay algo raro en ti ―dijo Jack al cabo de un buen tiempo de silencio.

 

    ―¿Sí? ―preguntó ella arqueando una ceja―. ¿Qué tengo de raro?

 

    ―Bueno, no es fácil de explicar, pero es como si algo invisible te envolviera.

 

    ―¿Me envolviera?

 

    ―Nahh…olvídalo.

 

    ―No, dime, quiero saber.

 

    ―No es nada, ideas mías.

 

    ―Tal vez sí tenga algo especial ―dijo ella sonriendo―. Magia ―agregó levantándose del sillón―. Mejor me voy a acostar, mañana reanudaremos la filmación.

           

    Él asintió en silencio, se acercó a ella y le dio un breve beso en la comisura de los labios. Un gesto que la hizo ruborizarse como una adolescente, pero por suerte, la oscuridad impidió que él lo viera.

 

***

 

    Las semanas siguientes trabajaron muy duro con las filmaciones para ganar el tiempo perdido con la lluvia, así que cuando por fin, dos meses después, llegó el diecinueve de diciembre, todos estaban desesperados por visitar a sus familias, amigos y novias. Peter los dejaría marcharse al día siguiente para que cada uno pasara las fiestas en sus hogares y volvieran después del primero de enero a terminar la filmación.

           

    ―Vamos muy bien con los tiempos ―había dicho aquella noche en la cena―. Sólo nos falta filmar algunas escenas y tendremos todo terminado. No los haré quedarse aquí para las fiestas sólo por estas escenas, así que mañana pueden tomar el primer avión e irse a sus casas con sus familias.

           

    Jack entró en la habitación de Chantal. Todo se encontraba perfectamente arreglado, con cada cosa en su lugar.

           

    ―¿Estás? ―preguntó caminando hacia el centro de la habitación.

           

    ―¡Me estoy bañando! En un momento salgo ―gritó ella desde el baño.

           

    Para matar el tiempo se dedicó a investigar los libros que había sobre una mesa. Se trataba de una cantidad bastante considerable, sobretodo teniendo en cuenta que Chantal los había comprado desde su llegada a Irlanda, en los ratos libres, en una tienda de libros viejos que estaba camino al pueblo.

           

    Agarró el libro que estaba encima de todos y que se titulaba “La luz apacible” y comenzó a ojearlo.

           

    ―Es uno de mis libros preferidos ―dijo Chantal saliendo del baño envuelta en una bata y con el pelo mojado―. Es la vida de Santo Tomás de Aquino ―agregó mientras tomaba el libro entre sus manos―. Cuenta también la historia de amor entre la hermana de él y un caballero.

           

    ―¿Santo Tomás de Aquino? ―preguntó él volteándose a verla. Era como una aparición con aquella bata ceñida a su cuerpo, marcando sus curvas.

           

    ―Sí, un santo cristiano del siglo XIII, y uno de los filósofos más importantes de todos los tiempos. Escribió cosas maravillosas, como la Summa Teológica. Llévatelo si quieres, puedes leerlo y decirme si te gusta ―dijo pasándole el libro

           

    ―¿Yo, leerlo? ―preguntó Jack arqueando exageradamente las cejas.

           

    ―Si quieres. No creo que te de urticaria por intentarlo ¿verdad? ―sonrió. Sabía que Jack no era aficionado a la lectura.

           

    ―Bueno no está mal probar ―añadió agarrando el libro.

           

    ―¿Y esto? ―preguntó de pronto Chantal descubriendo un sobre que había sobre la cama.

           

    ―Eso es un regalo.

           

    ―¿Un regalo? ¿Por qué?

           

    ―No creo necesitar un motivo para regalarte algo ―dijo Jack acercándose lentamente. Ella sintió que un escalofrío le recorría el cuerpo, pero disimuló y tomó el sobre. Lo sospesó unos segundos en la mano y luego lo abrió.

           

    ―¿Dos pasajes? ―dijo sin aliento―. ¡A París!

           

    ―Dos pasajes a París ―repitió Jack―. Se me ocurrió que podíamos ir dos días antes de las fiestas. Ya sabes, sólo dos amigos que van de viaje a conocer y a festejar fin de año―. Lo dijo como si nada. Como si invitar a alguien a un viaje así no significara nada especial.

             

    Chantal se quedó paralizada unos momentos sin saber qué decir. Miles de pensamientos cruzaban su cabeza, y colapsaban cuando observaba a Jack que la miraba con esos profundos ojos azules. Casi suplicándole que confiara en él, que nada malo pasaría. ¿Y por qué no confiar en él? ¿Tanto le costaba? Muy en su interior sabía que sí, que algo tiraba desde lo más profundo de su ser diciéndole que tuviera cuidado, que escapara de los sentimientos que cada vez la unían más a él. Era ese miedo absurdo a entregar su corazón a alguien y después perderlo.

           

    Miró a Jack que, evidentemente nervioso ante su silencio, había comenzado a ojear el libro, y tomó una decisión.

           

    ―Bueno ―respondió por fin―. La verdad es que me parece una excelente idea ―sonrió, y dando un paso al frente, lo abrazó con efusividad―. Gracias. Es un regalo maravilloso, siempre quise conocer París.

           

    ―Lo sé ―le susurró él al oído―. Una vez lo dijiste, al poco tiempo de conocernos.

           

    Chantal lo miró arqueando las cejas

           

    ―¿Y lo recuerdas? Porque yo no recuerdo haberlo dicho.

           

    ―Por supuesto. Yo recuerdo todo lo que tú dices.

           

    Ella sonrió sin saber qué decir y se separó de él.

           

    ―Bueno, partimos mañana a primera hora así que estate lista, no podemos perder un minuto ―añadió, y dándole un fugaz beso en los labios, salió.

           

    Cuando Chantal se quedó sola en la habitación sonrió, regodeándose con la alegría que le daba lo que Jack acababa de hacer. Le asombraba de sobremanera que él recordara cuando ella, de pasada, le había dicho que después de los castillos su sueño era conocer Francia. En realidad no recordaba habérselo dicho, pero después de esforzarse, un recuerdo fugaz de ella y Jack hablando sobre lugares del mundo le vino a la mente.

 

    Agarró un bolso y comenzó a elegir la ropa que se iba a llevar. Estaba que rebosaba de felicidad y cuando se acostó, se quedó dormida casi inmediatamente.

 

    Por primera vez en mucho tiempo, ningún sueño vino a atormentarla aquella noche.

 

 

© 2012 – Julieta P. Carrizo – Todos los derechos reservados.