Capítulo Diez

 

EL REENCUENTRO

 

    Después de mucho buscar entre aquellos recuerdos Chantal encontró por fin lo que buscaba, el viejo libro de su madre. Allí estaba tal como lo recordaba la última vez que lo había usado, el verano de la partida de James. Lo abrió casi con temor a que se desarmara, pero la dura tapa de piel seguía intacta, aunque llena de polvo, y las hojas se mantenían exactamente iguales, sólo que un poco más amarillentas. Nuevamente sintió angustia al evocar las imágenes de su madre enseñándole a pronunciar las palabras que aquel libro atesoraba. Recorrió las páginas acariciándolas con los dedos y toda la herencia de sus antepasados volvió a ella, como si por intermedio de aquellas hojas un puente la llevara hacia el pasado.

   

    En la primera página pudo leer lo que ella siempre llamó «La leyenda de la serpiente». Contaba que, al fin de un ciclo cósmico y al comienzo de otro, el divino maestro se presentó ante los mapuches como un anciano de nombre Trengtreng y les advirtió de los terribles designios de la maléfica serpiente Kaikai, pidiéndoles que se escondieran en una montaña sagrada. El agua comenzó a subir y muchos lograron salvarse, pero otros murieron transformándose en peces. Dicha montaña se llamó también Trengtreng, otra de las formas del divino maestro, que más tarde se convirtió en una serpiente alada en la cima de la montaña, desde la que combatió a la malvada Kakai. Ésta al final fue apaciguada por los gemelos Peái Elpatun, los dos hermanos de donde desciende el pueblo mapuche.

           

    Sonrió al recordar aquella leyenda que su abuelo le contaba cada vez que ella lo pedía. Siguió pasando las hojas y pudo ver el mito de la creación, según el cual, el dios Toquinche decidió descender a la tierra por medio de la vía láctea. Allí encontró todo desierto, lleno de lodazales y arbustos secos, entonces hizo figuras de barro y soplándolas les dio vida, y así creó a los animales. De pronto vio el dios su imagen reflejada en una laguna e hizo estatuillas de barro a su semejanza; pero mientras él trabajaba el Ñanú aprovechó para llegar al cielo a través de la vía láctea. Toquinche enojado le lanzó las boleadoras y lo paró, quedando esto marcado en las estrellas del cielo, en la cruz del sur y en el alfa y beta del centauro.

           

    Entre todo aquello el hermano de Toquinche, llamado Walichú o Gualicho, aprovechando que su hermano estaba ocupado, bajó por la vía láctea y sopló sobre las estatuillas que el dios había hecho. Así fueron creados los hombres que, en un principio, se comportaron como dioses. Ante este acto Toquinche huyó horrorizado hacia el cielo, cortando el camino con su cuchillo de piedra para que los hombres no pudieran subir, y dejando a Gualicho como castigo en la tierra. Así quedó el mal en el mundo, representado por este ser fuerte e indestructible, malvado y cruel, temido por todos y nombrado con miedo desde tiempos ancestrales.

           

    Siguió pasando las páginas, intentando no detenerse a leer cada leyenda que veía y, al llegar a la parte del vocabulario, sacó de su bolsillo las palabras que tenía anotada de los sueños.

 

  • Pirepillán: Nieve del diablo. Leyenda de Copahue. Leyenda del Cerro Domuyo.
  • Chenque: ¿?
  • Hualichu: Diablo
  • Ñuque.

 

    Empezó por buscar la palabra “ñuke”. Al leer el significado un escalofrío le recorrió el cuerpo. Era “madre”. Una lágrima le comenzó a recorrer el rostro al recordar el sueño, ella vestida de blanco, la sangre en su boca, sus dientes... como si no supiera que aquello era mal augurio.

 

    El significado de Hualichu ya lo sabía, lo acababa de leer en la leyenda de la creación, y desde tiempos inmemoriales era el nombre con que se conocía al mal, al diablo. “Chenque”, aquella palabra que le decía el hombre con rostro de calavera, significaba “sepulcro” o “ataúd”. Y por último estaba “pirepillán”, la palabra que, extrañamente, le había dicho aquella mujer rubia, tan parecida a la ex novia de Jack, apenas llegara a Irlanda.

 

    Volvió a la sección de las leyendas y la historia de «Las Termas de Copenahue».

 

    «Cuentan los antiguos que hace mucho tiempo, cerca de la Cordillera del Viento, al norte de Neuquén, hubo un cacique llamado Copahue. Era un gran guerrero que llevó adelante muchas batallas a favor de los suyos. Pero la mayor de las guerras fue por amor. 

 

    Un día en que Copahue volvía de Chile junto a sus hombres, cuando el viento comenzó a soplar con mayor fuerza. Al poco tiempo ya se había convertido en un huracán que arrasaba con todo a su paso: polvo y piedras, que se despeñaban desde lo alto amenazando con aplastarlos. Los hombres no se detenían, avanzando con cuidado pero a paso firme, cabezas gachas, ojos entrecerrados, extremidades heladas, esquivando las rocas que caían desde lo alto. De pronto un rugido se alzó sobre el viento y un derrumbo cayó sobre ellos. Los hombres se dispersaron para salvar sus vidas.

 

    Cuando el viento amainó Copahue se encontró caminando solo, desorientado y herido por las piedras que lo habían alcanzado. Vio en lo alto una fogata, por lo que, con dificultad, trepó hasta llegar a una tienda. Apenas corrió la cortina de entrada y traspasó el umbral, todas sus penas se desvanecieron; allí, sentada frente a la hoguera, una hermosa mujer lo observaba,

 

    ―Pasa Copahue―dijo la mujer ― Yo soy Pirepillán.

 

    Pirepillán curó al cacique y le dio de comer y beber. Cuando el hombre terminaba su deliciosa cena, la mujer dijo:

 

    ―Antes de que te vayas, debo advertirte: llegarás a ser el más poderoso de los mapuches, pero eso te costará la vida ―y sin agregar más le indicó el camino para que se fuera. Copahue dejó la tienda, confundido por las palabras de la mujer, pero más aún, por el sentimiento que había nacido en su pecho, sin saber que se había enamorado del Hada de la Nieve.

 

    Al poco tiempo Copahue se convirtió en el cacique más rico y poderoso de la región, señor de todos los mapuches. Sin embargo, en todo aquel tiempo, no había encontrado mujer que le hiciera olvidar a Pirepillán. Su recuerdo estaba allí, presente en cada momento.

 

    Un día le llegó desde lejos la noticia de que el Hada de la Nieve estaba presa en la cumbre del volcán Domuyo. Al parecer un tigre feroz y un cóndor de dos cabezas la tenían prisionera, matando a todo aquel que se acercara. Sin pensarlo Copahue preparó una expedición al volcán, a pesar de que los machis desaprobaron dicha misión. Pero el cacique no desistió, y despidiendo a sus hombres al pie del Domuyo, comenzó a subir solo. Escaló entre fuertes ráfagas, derrumbes de rocas y avalanchas de hielo.

 

    Llegó por fin a la cumbre, agotado y entumecido, creyendo que realmente no lograría aquel cometido. Entonces de pronto vio el resplandor de Pirepillán entre unas rocas, y se abalanzó hacia allí. No alcanzó a llegar, un pumar colorado apareció de pronto y lo atacó. Sin embargo, Copahue renovado por haber encontrado a su amor, luchó con fiereza, y a golpes, lanzó al animal por el abismo.
           

    Se acercó a la grieta y allí la vio a ella, que sonrió al encontrarse con su rostro.

     

    ―¡Llegaste! ―exclamó Pirepillán extendiendo la mano para que él  la sacara de allí. Esta vez fue el cóndor quien hizo su aparición, arremetiendo contra ellos a picotazos. Copahue sacó entonces su cuchillo y con rápidos movimientos cortó las cabezas del pájaro.

 

    ―Vámonos de aquí  ― le dijo Pirepillán cuando la hubo sacado de la cueva―. Yo conozco el camino ―agregó guiándolo por un sendero empedrado con oro.

 

    ―¡Éste es el tesoro del Domuyo! ―exclamó Copahue asombrado, agachándose a recoger las pepitas de oro que había a su paso.
           

    ―Este oro no te pertenece ―dijo la mujer poniéndose seria―. El tesoro es de la montaña, como siempre ha sido. ¿Quién sabe lo que podría ocurrirnos si lo llevamos? Mejor vámonos, rápido, ahora estamos juntos y eso es todo lo que necesitamos.

 

    Copahue le dio la razón y se llevó a su amor con él. La presentó a su gente y vivieron muchos años como marido y mujer. Sin embargo esto le trajo la desgracia al cacique. El pueblo nunca aceptó a aquella extraña mujer mágica, la que había alejado a su jefe de los suyos, que lo había llevado más allá de la Cordillera del Viento y lo había devuelto sin más deseos de gloria, guerras, ni poder. Decían que era una bruja maléfica, la “nieve del diablo”, enviada por el mismísimo gualicho para engañar al cacique. Así, cuando los Chillimapu los derrotaron y mataron a Copahue, el odio contra Pirepillán se desató con toda su furia.

 

    Fueron a buscarla una noche hasta su tienda y la sacaron entre golpes y empujones, llevándola a la orilla de la ladera. Rodeada de filosas lanzas que pronto arremeterían contra ella, Pirepillán gritó el nombre de su amado muerto. Ante este gesto los mapuches se enojaron aún más y se apresuraron a derribarla y ensartarle las lanzas. La colgaron de un árbol para que se desangrara mientras ellos cavaban la fosa para enterrarla, entonces la sangre que manaba del cuerpo del Hada se convirtió en chorros de agua hirviendo que salía de los peñascos y quemaba a quienes la habían matado. Desde aquel entonces nadie se atrevió a cruzar por esos valles, donde sangre maligna se había derramado. Solamente podían pasar llevando una piedra verde a la que le atribuyeron el poder de ahuyentar los malos espíritus».

           

    Chantal dejó el libro a un lado, confundida. ¿Qué quería decirle su subconsciente con aquel sueño? Si juntaba todos los sueños que la habían atormentado en el último tiempo, solo tenía un conjunto de seres mitológicos mapuches, leyendas y creencias que no podía ensartar en la realidad que la rodeaba.

           

    Sintió un escalofrío. El aire a su alrededor se volvió denso, seco, congelado. Las maderas del piso comenzaron a crujir y una película de hielo se extendió a su alrededor. Paralizada Chantal vio como aquella mujer de cabellos rubios se materializaba en una esquina. Sus ojos muertos, sus labios azules, su cabello largo cayéndole como una mortaja alrededor del rostro. Estiró una mano hacia ella y luego se la llevó al pecho. Entonces una mancha roja, que comenzó como un punto, se extendió por todo el pecho de la mujer hasta que la sangre goteó sobre el suelo.

           

    Chantal quiso gritar, pero su cuerpo había decidido convertirse en estatua, mientras veía la sangre manchar el piso, escurrirse entre las maderas, desarmar el hielo y llenarlo todo a su alrededor. La mujer abrió de pronto la boca en una mueca de horror y señaló el libro que Chantal acababa de leer.

           

    ―Él está aquí ― dijo con voz grave y profunda― Siempre se ha movido entre los vivos, pero ahora te quiere a ti. Así como ella murió, y como tantas otras.

           

    Y de pronto despertó. Sin saber cómo, se encontraba en su habitación. No recordaba haber dejado el ático, pero evidentemente en algún momento se había movido hacia su cama. Se sentó, sintiendo que comenzaba a luchar contra un enemigo que no sabía si podía derrotar. Ya en otra ocasión había querido entender sus sueños, encontrarles un significado, borrar sus visiones, y no lo había logrado. Y eso que en aquella ocasión contaba con la ayuda de Madame Althea, ¿qué oportunidad tenía ahora de hacerlo sola?

           

    Decidió que debía salir o si no se volvería loca. Se apresuró a darse un baño y bajó a los establos. Isabel se había marchado al pueblo a comprar y solo los peones estaban trabajando en las caballerizas. Tomó rápidamente un café y se dirigió a buscar un caballo. La sensación de libertad la invadió inmediatamente cuando comenzó a trotar por los terrenos; hacía tanto tiempo que no andaba por aquellos lugares, que miles de recuerdos invadieron su mente: sus padres, sus abuelos, Althea, sus escapadas con Isabel y James. Recorrer aquellos parajes era un viaje a momentos de su infancia que amaba, pero también a aquellos que aún la aterrorizaban. Se encontró de pronto en la base de una montaña donde solía ir con James. Aminoró el paso y comenzó a subir la pendiente, disfrutando cada paso que los cascos del caballo daban sobre la tierra rojiza, que en otros tiempos le había servido para pintarse al estilo “indio” cuando jugaba allí.

 

    Cuando llegó al final del camino se apeó del animal y se acercó a la orilla. El paisaje se extendía a sus pies, desértico y árido por un lado, con árboles, arbustos, flores silvestres y el sonido de un arroyo por el otro. Todo estaba tal cual ella lo recordaba, tal como lo había evocado durante el último tiempo, cuando estaba sola en alguna habitación de hotel. Pero a pesar de que conocía de memoria cada árbol, cada arroyo, cada río, cada piedra y cada hierva, nada se comparaba con estar realmente frente a aquello. Verdes oscuros, claros y amarillentos se esparcían en pequeñas manchas por todo el territorio, mezclado con el rojizo y el marrón de la tierra. Extensiones rocosas se alzaban a lo lejos, entre el verde de algunos árboles que iban cediendo su paso a las rocas a medida que se acercaban a la cima. Si cerraba los ojos y se concentraba podía sentir los arroyos que se escabullían por entre las rocas, los pequeños ríos que bordeaban el pie de las montañas para luego trepar y caer nuevamente en forma de pequeña cascada.

 

    Trepó sobre la gran roca a la que siempre subía con James y  su hermana y se sentó a recordar cada detalle de su vida en ese lugar. No supo cuánto tiempo pasó antes de sentir un ruido detrás de ella. Al principio no le prestó atención creyendo que era el caballo, pero al cabo de un rato sintió que alguien la vigilaba, entonces se volteó asustada.

 

    Allí estaba un hombre joven, su cuerpo atlético cortaba los rayos de sol que se filtraban detrás de él, dejando ver solo su silueta oscura. Caminó unos pasos y entonces Chantal puedo ver el rostro. Antes de verlo supo quien era, sin embargo se asombró de notar cuánto había cambiado desde aquel último encuentro que habían tenido. Estaba más alto y mucho más corpulento de como lo recordaba, su cabello castaño seguía ondulado pero ya no se veía tan desaliñado ni rebelde como cuando eran chicos. Los ojos marrones se posaron en ella y una extraña sensación la invadió, como si aquella situación la hubiera vivido antes. Por supuesto la había vivido, todas las veces que se había sentado allí esperando que él fuera. Sin embargo sintió que esto era diferente, una especie de «dejà vû», en que esta situación, en la que los dos se encontraban después de tantos años, ya hubiera sucedido. Incluso podría haber llegado a jurar que él vestía de la misma forma.

 

    Antes de que Chantal pudiera siquiera abrir la boca, él ya había escalado hábilmente la roca y se había parado frente a ella. No pudo reprimir el impulso y, sin darse cuenta, se levantó de un salto y se arrojó a sus brazos.

 

    ―¡James! ―exclamó emocionada, con lágrimas bailando al borde de sus ojos y cayendo por sus mejillas―. ¡Oh James! No puedo creer que estés aquí.

 

    ―Ha pasado... tanto tiempo Chantal ―respondió él muy despacio, casi con inseguridad. No podía creer que la tenía entre sus brazos, y aprovechó para sentirla, para olerla, para mirarla sin pudor. La niña que había sido su amiga, su hermana, y luego se había convertido en la joven que quería como mujer.

 

    ―Muchos años ―respondió ella separándose lentamente de él.

 

    ―Estás como la última.... ―James se cortó a la mitad de la frase―. Muy cambiada la verdad, de cómo te vi la última vez ―agregó rápidamente.

 

    ―He crecido James, y tú también. La última vez que nos vimos éramos...―

 

    ―Unos adolescentes, si lo sé. Pero no hablemos de eso ahora, ¿cómo estás?

 

    ―Muy bien como verás ―dijo Chantal estirando los brazos y sonriendo―. Bueno en realidad no tan bien, ya sabes… ―Bajó los brazos y su rostro se ensombreció.

 

    ―Sí, lo sé. Jorge me llamó apenas se enteraron de lo de Carmen ―respondió― Decidí venir inmediatamente a ver si tu hermana necesitaba ayuda. Jorge prometió que llegaría en estos días, pero yo no quería dejar de verla. La verdad es que no esperaba encontrarte acá, Isabel me dijo que estabas filmando en Irlanda.

 

    ―Así es, pero íbamos muy bien con el tiempo y me encontré con unos días libres. De todas formas me las hubiera arreglado para venir.

 

    ―Me alegra encontrarte ―replicó él mirándola fijamente.

 

    ―Gracias James ―dijo Chantal sin poder descifrar su mirada. En otros tiempos ella hubiera adivinado cualquier cosa que su amigo pensara; ahora, tantos años después, se sentía como si estuviera frente a un extraño.

 

    ―He visto todas tus películas. Eres realmente fantástica. Además es lo que siempre quisiste.

 

    ―Así es, mi sueño y doy gracias a Dios poder estar haciendo esto que quiero.

 

    ―Sueños ―repitió él bajando también la mirada y tomando un puñado de pequeñas piedras rojizas.

 

    ―Todavía los tengo ―aclaró ella en voz baja como respondiendo una pregunta. Sintió que a su lado James se estremecía y lamentó haber dicho eso, hubiera preferido volver el tiempo atrás, a aquellos días en que todo era un juego, en que nada se interponía entre su amistad y la idea de que iban a pasar el resto de sus días conservándola. Sin embargo allí estaban, como dos extraños, sin saber qué decir, sintiendo que todo aquello había sucedido en otra vida y ahora les tocaba otra vez conocerse.

 

    El silencio se rompió con la voz de Isabel que pronunciaba su nombre.

 

    ―Vamos o le dará un ataque. Desde que he llegado me trata como una invitada de honor. Me siento un huésped en mi propia casa ―Chantal sonrió y James se relajó.

 

    ―Pues eso ahora tendrá que cambiar, porque yo no te dejaré sentirte como un huésped. Tú tendrás que atenderme a mí ―replicó con picardía.

 

    Bajaron por el camino riendo de nada, recordando viejas travesuras, intentando no sentirse tan extraños ni desconocidos, trayendo a la memoria situaciones y lugares que los hacía ser más cercanos.

 

    Sin embargo Chantal no podía quitarse de encima aquella extraña sensación de «dejà vû». Situación que no hubiera sido tan incómoda si no se hubiera acentuado por el presentimiento de que James la miraba de forma extraña, la tanteaba al hablar y, en ocasiones, no terminaba la frase que iba a decir. No esperaba que la situación fuera fácil después de tantos años, y sobre todo, después de la triste despedida, del dolor de la última vez que se habían visto. Sin embargo había algo más que la incomodaba, algo en su mirada que le decía palabras que su boca no emitía, un miedo oculto que se vislumbraba en el brillo de sus pupilas, una preocupación agazapada en su alma.

 

    ¿Qué era lo que James ocultaba?

 

 

© 2012 – Julieta P. Carrizo – Todos los derechos reservados