Capítulo Nueve

 

 

 

EL DIARIO II

 

    Mi primer asesinato.

           

    No hay palabras reales para describir lo que se siente cuando matas a una persona por primera vez. La muerte de mi hermanito no contó como tal, después de todo, se trató de un simple accidente. No estaba en mis planes que el mocoso muriera, eso fue un regalo, un premio que me fue dado en aquel momento para darme cuenta de la miríada de sensaciones que trae consigo ver la muerte de cerca.

           

    Pasaron varios años antes de que llevara a cabo mi primer homicidio. Muchos años para ser exactos. Pero para llegar a ello primero tengo que hablar de Malcom X.

           

    Lo conocí un año después de la muerte de mi hermano. Estaba paseando por una plaza, mirando a los niños jugar aquellos estúpidos jueguecillos, cuando lo vi. Era un muchacho de mi edad que observaba la escena con la mirada perdida entre pensamientos, para mí, inalcanzables. Ahora que lo veo en retrospectiva, eran pensamientos inalcanzables para cualquier ser humano. Sus ojos se cruzaron con los míos y esbozó una sonrisa. Creo que se dio cuenta inmediatamente de lo tedioso que resultaban aquellos juegos para mí también.

           

    Se levantó del banco donde se encontraba repantigado y caminó hacia la sección del tobogán. Se trataba de un pequeño fuerte que se alzaba arriba, subiendo unas pequeñas escalerillas de madera, y que luego terminaba en un largo tubo. Un niño reía desaforado mientras corría de un lago al otro del pequeño fuerte de madera. Malcom trepó con agilidad los escaloncillos, llegó junto al niño y, sin ningún miramiento, lo empujó. El pequeño cayó desde arriba con un gritito y fue a dar con estruendo contra el piso, mientras su agresor ya bajaba por el tubo y se escabullía entre los árboles.

           

    Sin darme cuenta me había ido acercando a la escena, y me encontré de pronto parado frente al niño que gritaba. Su pierna, evidentemente quebrada, estaba doblada en un ángulo imposible. Me quedé extasiado mirando la herida, fue el grito de la madre del pequeño que me dio la señal de huída. Salí corriendo como alma que lleva el demonio y me perdí entre los árboles donde había desaparecido el agresor.

           

    Era un día nublado, frío, con pequeños copos de nieve cayendo desde el cielo y cubriendo de blanco todo lo que había a su alcance. Una bola de nieve en la nuca me hizo darme vuelta.

 

    Ahí estaba él.

           

    ―¿Se lastimó? ―preguntó acercándose a mí―. El pequeño demonio que empujé ―aclaró por si yo no lo había entendido.

           

    Asentí en silencio y oteé el horizonte para asegurarme de que nadie me había seguido.

           

    ―Creo que se quebró la pierna ―respondí por fin. Malcom sonrió y yo no pude evitar que una sonrisa se dibujara en mi rostro.

           

    ―Bien ―asintió―. Soy Malcom X. Me gusta que me llamen así.

           

    Le dije mi nombre y las presentaciones quedaron hechas. Desde aquél día Malcom y yo nos hicimos inseparables.

           

    Pasaron los años. El tiempo de escuela fue para mí una tortura, que aplaqué juntándome con Malcom y aterrorizando a quien molestara. Él era más listo que yo, siempre salía bien parado y escapaba en el momento justo, cosa que yo aprendí con el tiempo.

           

    Mi madre decidió dejarme el campo libre. Desde que mi padre murió, no prestó atención a las cosas que se decían de mí, ni a los consejos de maestras y psicólogas. Creo que, a pesar de todo, se sintió liberada cuando le dije que me iría a estudiar a la Universidad. Tal vez mi presencia tampoco le gustaba tanto, o quizás era el hecho de que si me iba, un problema se iría conmigo. Además de que, para la sociedad, era un enorme orgullo que tu hijo estudiara en tan renombrada casa de estudios.

           

    Por supuesto, Malcom se fue conmigo. Él había conseguido un trabajo en un bar y tenía una tía que le dio alojamiento, mientras yo me codeaba con mis nuevos compañeros. Fue la época en que Malcom sintió que me perdía como amigo, y es que, poco a poco, fui introduciéndome en aquella sociedad universitaria, cargada de fiestas y reuniones, que me enseñaron a esconder mis pensamientos y comportarme como lo haría cualquier persona. Algo que no había logrado hacer en mis años anteriores.

           

    Debo admitir que me sentí cómodo en aquel lugar y con ese papel, hasta tal punto que empecé a fijarme en las mujeres. No es que antes no hubiera reparado en ellas, pero nunca como para querer estar con una.

           

    Entonces conocí a Daisy. Entró a mi vida una tarde de otoño en que la encontré sentada en un banco fuera de la universidad. El viento se elevó y se llevó con él varios papeles que fueron a dar a mis pies, con la suerte de que se trataba de sus apuntes. Recogí las hojas y, al levantar la mirada, me encontré con aquel mar turquesa mirándome, con una fresca sonrisa que se ensanchó al descubrir mi rostro, con una cascada de cabello rubio que se alborotó con el viento.

           

    ―Gracias ―susurró ella. Y quedé prendado de su voz.

           

    ―Un placer ―respondí pasándole los apuntes―. ¿Estudias aquí? ―pregunté señalando el edificio universitario. Ella me miró divertida, dándome a entender que era obvio que estudiaba allí. ―Pregunto porque me parece increíble no haberte visto antes ―arreglé mi estúpido comentario anterior.

           

    Su risa se elevó como un canto. Nos presentamos y la invité a tomar un café. Ese fue el comienzo de mi primera relación. Un tiempo en el que prácticamente olvidé aquellos instintos internos que me carcomían, que me llevaban a querer saciar mi sed de sangre, de muerte, de dolor. Ella, con su sonrisa, su piel, su perfume, sus ojos, sus curvas, me llevó a un mundo que no conocía, aquel donde viven la mayoría de los seres humanos y que a mí me había sido vedado desde mi nacimiento. Me convertí en una persona normal: los pensamientos de muerte me abandonaron por primera vez en muchos años y deseé que no volvieran. No quería ser un monstruo, no ante sus ojos.

           

    Un día, varios meses después de que Daisy y yo iniciáramos nuestra relación, decidí juntarme con Malcom a tomar unos tragos. Me había alejado de él, no quería que su presencia me hiciera volver hacia el interior negro de mi alma, ese que me volvía insaciable.

           

    ―Me tienes bastante abandonado amigo ―fue lo primero que dijo cuando nos sentamos en una mesa, en el bar donde él trabajaba―. ¿Tan ocupado te tiene esa putita?

           

    ―¡Oye!, tranquilo Malcom, que Daisy no es ninguna puta ―refuté enojado―. Lo que sucede es que no puedes concebir que ella me haga ser…―dudé unos instantes―, normal ―terminé la frase levantando el mentón, como queriendo mostrar que aquello era algo digno.

           

    ―¿Me lo estás diciendo en serio? ―preguntó Malcom abriendo grande los ojos―. ¿Eres idiota, te has vuelto tarado, o esta mujer te ha robado el cerebro? ―cuestionó enojado―. No puedo creer que te dejes ganar por una calentura. ¡Vamos!, eras un hombre inteligente. Creí que llegaríamos a hacer grandes cosas juntos.

           

    ―¿Como qué? ―pregunté pidiendo un trago a la camarera. La muchacha me sonrió y se alejó contoneando las caderas. Malcom lanzó una carcajada.

           

    ―¿Lo ves?, son todas iguales. Todas putas, buscan lo mismo, manipularte. ¿Acaso no lo ves? Tu chica es muy bonita, y lo digo por verla de lejos, ya que ni siquiera te has animado a presentármela. Me pregunto por qué.

           

    La realidad era que no quería que Daisy y Malcom se conocieran. Sentía que si eso sucedía se juntarían dos partes de mi vida que quería tener bien distanciadas, y luego no sabría cómo hacer para separarlas. Además de que, había ocasiones, en que Malcom me daba miedo.

           

    ―No se ha dado la oportunidad ―dije recibiendo el vaso de manos de la camarera, que me guiñó un ojo.

           

    ―Lo difícil contigo es que eres guapo, y las mujeres prácticamente se te tiran encima. ¿Te imaginas lo fácil que sería para ti engañarlas? Pero volviendo a lo de tu novia, lamento decirte mi querido amigo, que en esta vida, nadie se salva de la muerte ni de ser cornudo.

           

    Solté el vaso y levanté la mirada hacia él. ¿Qué estaba insinuando? Mi expresión debió delatarme porque Malcom esbozó una sonrisa y asintió levemente. Se acomodó en la silla como quien va a dar un discurso.

           

    ―Así es, la chica esta que te ha vuelto estúpido, tiene una reputación de… bastante dudosa, para decirlo de manera delicada y que no se te salten los tornillos.

           

    ―Daisy no me engaña ―me defendí. Mi voz sonó poco convincente, y es que la reticencia a las palabras de mi amigo, se estaba disolviendo lentamente.

           

    ―No digo que lo haga ahora, en este momento, pero si se le presentara la oportunidad, no dudaría en hacerlo. Sólo tuve que decir su nombre en la barra unas veces para que varios clientes me dijeran lo fácil que resulta ser esta chica.

           

    Iba a replicar, pero las palabras se atragantaron en mi garganta. ¿Sería verdad? La semilla de la duda se clavó en mi pecho como un afilado puñal, ya imposible de quitar.

           

    ―Lo lamento amigo, de verdad que sí. Mira, si quieres podemos hacer una especie de prueba.

           

    ―¿Qué prueba? ―pregunté ahora intrigado.

           

    ―Sencillo. La busco una noche en algún bar. Según tengo entendido hay uno cerca de la Universidad donde se juntan todos los jueves. Tú te excusas, diciendo que no podrás ir y la dejas sola. Entonces aparezco yo, me siento a hablar con ella, como cualquier extraño, y vemos hasta donde llega. Si ella me rechaza, te es fiel, no hay más de que hablar. Pero si viene conmigo, pues verás que tengo razón. No la obligaré, será un ligue completamente normal.

           

    No me gustaba la propuesta. La verdad es que no quería exponer nuestra relación de aquella forma. Daisy no me engañaba, ni tampoco lo haría llegado el caso. Entonces, ¿por qué dudaba ante las palabras de Malcom? ¿Por qué tenía miedo de que se fuera con él? Además, ahora que la duda se había instalado en mi interior, sería imposible sacarla, a no ser que viera con mis propios ojos que ella no me engañaría.

           

    ―Está bien ―accedí por fin―. Pero si ella no quiere, si ella me es fiel, se termina todo aquí.

           

    ―Si ella te es fiel mi querido amigo, prometo irme de esta ciudad y dejarte solo vivir tu vida con tu amor.

           

    El pacto quedó cerrado con un choque de copas y comenzamos a arreglar los detalles del plan.

           

    Pasaron dos semanas antes de que las circunstancias ayudaran a llevarlo a cabo. Ese jueves Daisy me llamó para recordarme que me esperaba a las siete en el bar. Me desarmé en disculpas diciéndole que tenía un trabajo urgente que presentar al día siguiente (cosa que era verdad), pero le prometí que pasaría más tarde por su departamento. Después de todo, hacía tiempo que tenía sus llaves y lo usaba casi más que el mío.

           

    Me vestí con un pantalón negro, un suéter marrón oscuro y una gabardina negra. Encontré el lugar perfecto para observar todo lo que sucedía en el bar sin ser visto; un callejón oscuro en la calle de enfrente que me permitía una vista completa a través de la vidriera.

           

    Malcom se encontraba sentado en la barra, con un vaso de cerveza en sus manos, cuando ella entró con unas amigas. Se sentaron en una mesa cerca de la entrada, riendo. Daisy lucía hermosa, y me pregunté por unos segundos para quién se había vestido así, siendo que yo no iba. Mis pensamientos se desviaron hacia derroteros desalentadores, pero me vi interrumpido cuando ella se levantó y se dirigió hacia la barra a pedir algo.

           

    Mi amigo la abordó en ese momento. La saludó, le sonrió, y ella respondió con tal naturalidad que sentí que el suelo se desvanecía a mis pies. No hizo falta mucha insistencia para que ella se sentara en una butaca junto él y ambos pidieran un trago. Los vi hablar y reírse, tocarse las manos, mirarse a los ojos, flirtear sin ningún pudor. Él colocó una mano sobre su pierna, y ella no hizo nada para apartarlo, muy por el contrario, clavó su mirada en sus ojos, sonrió con picardía y se acercó un poco más. Se besaron, con pasión, con desparpajo, con osadía, sin importar que allí todos me conocían y sabían que ella era mía.

           

    Me adelanté al siguiente paso. Sabía lo que se venía, pero debía verlo con mis propios ojos. Apresuré mis pasos, alejándome del bar, para recorrer con rapidez las escasas cuadras hasta su departamento. Entré sintiéndome abatido, desarmado, roto, desilusionado, usado. Miré el departamento como si fuera otra persona. El lugar donde tantas veces me había sentido en casa, ahora me parecía completamente desconocido.

           

    Apenas alcancé a esconderme en un rincón oscuro, cuando ellos entraron. Ya venían besándose desde el pasillo. Malcom llevaba la camisa desabrochada y ella se apresuró a conducirlo a la habitación. Allí los vi hacer el amor con desenfreno, con despreocupación, como tantas veces lo había hecho conmigo. Sus gemidos de placer llegaron a mis oídos como si vinieran desde otro lugar, muy lejano. Mis ojos grabaron sus caricias, sus besos, sus movimientos, sus gestos.

           

    Cuando terminaron mi alma se había partido definitivamente. La parte de mí que había intentando encajar en la sociedad, tener sentimientos reales y verdaderos, sentirse aceptado y querido, había huido de mí. Sólo la parte oscura, aquella que había marcado mi infancia, se encontraba conmigo. Después de todo, Malcom tenía razón, ¿por qué debía sentirme mal por ser quien era?, ¿por aquella mujer que había demostrado tener menos corazón que yo?

           

    Daisy se levantó de la cama y se dirigió al baño. Allí la encontré. Apenas alcanzó a voltearse y cruzarse con mis ojos. Debió sentir miedo porque me miró confundida durante apenas un segundo, antes de que mi puño se estrellara contra su rostro. Quedó tendida en el piso, un gemido de dolor escapó de su garganta e hizo además de levantarse. Con rapidez busqué un cenicero del pasillo y le golpeé la base de la cabeza. Se desplomó en el suelo, y allí quedó, desnuda, como mostrándome su impureza.

           

    ―¿Y ahora? ―preguntó Malcom apareciendo en el pasillo con un cigarrillo encendido.

           

    ―Ahora, vamos a hacer aquello que queríamos probar desde hace mucho ―respondí volviéndome hacia él y esbozando una sonrisa.

           

    ―Tengo el lugar ideal para ello ―mi amigo se apresuró a vestirse. Envolvimos a Daisy en una frazada vieja que yo guardaba en mi auto y la metimos en el baúl. Dejé que Malcom manejara, yo no me sentía con ánimos para hacerlo. Mi sangre bullía en mi interior y un odio salvaje y descontrolado se había apoderado de mí. Solo quería una cosa: sangre.

           

    El tiempo en el automóvil se me hizo eterno, más tarde me daría cuenta que habíamos viajado bastante tiempo. Llegamos a un lugar oscuro y apartado de la carretera, lleno de viejos almacenes abandonados. Malcom se detuvo en uno de ellos, sacó una llave y me la mostró con una sonrisa. Después bajó del auto y abrió el candado que sellaba uno de los enormes galpones.

           

    Entramos con el auto. Desde la parte trasera nos llegaban los gritos ahogados de Daisy, que al parecer, ya había despertado.

           

    Apenas abrí el baúl ella se abalanzó sobre mí, desesperada. La retuve entre mis brazos, aprisionándola con fuerza. Malcom me pasó una soga y logré atarle las manos y los pies, luego la senté en una destartalada silla que se encontraba en el recinto.

           

    ―¿Qué haces? ―preguntó ella por fin―. ¿Por qué, por qué esto? ― sollozó.

           

    ―Sabes muy bien porqué ―respondí sintiendo un nudo en la garganta, lleno de rabia y de furia.

           

    ―¡Yo te amo! ―el llanto resonó en el enorme galpón.

           

    ―¡No mientas!, eres una puta y me has estado engañando todo este tiempo. Intenté, traté por todos los medios de ser bueno para ti, pero no fue suficiente.

           

    ―No, no te he engañado. Lo juro, te he sido siempre fiel…

           

    ―¡Te vi! ― rugí ―. Te vi revolcarte con él ―señalé a Malcom que se mantenía en una esquina observando la escena con diversión.

           

    ―No… no… no… ―ella negó con la cabeza repetidas veces, como un autómata. Ese gesto terminó de enloquecerme. Me acerqué a ella y la abofeteé. Daisy sollozó desesperada mientras un hilillo de sangre le caía de la nariz y de la comisura derecha del labio.

           

    ―Pensaste que te saldrías con la tuya ¿verdad? ―dijo Malcom acercándose a nosotros. Se dirigió al auto y extrajo un cuchillo largo y afilado, de esos de carnicero―. ¿Recuerdas lo que sentiste cuando murió tu hermanito? Esto será mil veces mejor.

           

    Oh si, aquel sentimiento había quedado grabado en mi mente desde aquel día. Un torbellino de sensaciones que me había estremecido de placer. Tomé el cuchillo y me coloqué detrás de Daisy. Ella suplicaba, lloraba, se retorcía, en un vano intento por escapar de su destino.

           

    ―En el pasado, los guerreros de numerosas civilizaciones bebían la sangre de sus víctimas para adquirir sus secretos, su fuerza, su destreza. ¿Qué crees que descubriré cuando beba la tuya?

           

    Ella abrió la boca para gritar, pero esta vez el sonido no salió. La hoja del cuchillo había recorrido transversalmente su garganta para hacer un tajo limpio y profundo del que comenzó a manar sangre. Me apresuré a hacerme con un recipiente y dejé que se llenara del líquido rojo.

           

    Malcom observaba la escena extasiado.

           

    ―¿Qué haremos con el cuerpo? ―preguntó al cabo de unos minutos en que ambos nos dedicamos a observar  como la muerte extendía sus garras sobre la muchacha.

           

    Recorrí la estancia con la mirada hasta toparme con un enorme tonel que había junto a una escalerilla.

           

    ―Me has conseguido el lugar perfecto ―le sonreí. A mi lado podía oír los gorgoteos de Daisy boqueando como un pez fuera del agua―. Sólo tenemos que conseguir unos… ciento sesenta litros de ácido. Una tarea sencilla para mí, a decir verdad. ¿Recuerdas la fábrica de fertilizantes de las afueras de la ciudad? Adivina con quién hace negocios.

           

    Tomé el recipiente lleno de sangre y lo alcé, como haciendo un brindis. Daisy ya no se movía, los gorgoteos habían cesado y su cabeza descansaba sobre su pecho.

           

    ―He vuelto. Y juro que nunca más intentaré ser algo que no soy, muy por el contrario, mi camino ha quedado hoy delineado y lo que haga, será objeto de debate durante años. ¡A tu salud!

 

 

© 2012 – Julieta P. Carrizo – Todos los derechos reservados.