Capítulo Ocho

 

 

VIAJE AL PASADO I

 

    La historia de mi vida no puede ser contada sin antes hablar de James. Aún recuerdo la mañana que salí con Isabel berreando en mis brazos a buscar algunas frutas, y me encontré con aquel muchacho de cabello castaño cortado al ras, tez blanca y profundos ojos grises que me miraron de manera extraña.

           

    ―Hola ―me dijo de una forma tan graciosa que me costó entenderle―. Soy James.

           

    ―Hola James ―respondí tratando de que mi hermana se quedara quieta―. Soy Chantal.

           

    ―Acabo de mudarme con mis padres y no conozco a nadie. ¿Quieres ser mi amiga? ―preguntó él un poco más confiado, aunque con evidentes problemas para manejar el idioma.

           

    ―Bueno ―sonreí, feliz de tener un nuevo amigo―. Pero no me gusta como hablas.

           

    ―Te prometo que trataré de hablar mejor ―dijo devolviéndome la sonrisa y, tomándome de la mano, caminamos juntos con Isabel hasta las caballerizas.

           

    De esa forma tan rápida y sencilla fue que comenzó nuestra amistad. Yo contaba apenas con seis años, y él nueve; sin embargo desde aquel entonces nunca nos separamos. Íbamos a todas partes juntos. Aprendimos a cabalgar  recorriendo los valles, a nadar en el río y escalar las montañas; a cuidar los pichones, cazar palomas y buscar pequeños animalillos en las cumbres. Cuando llovía nos escabullíamos hasta la casa de mis abuelos, y comíamos las galletas que mi nona preparaba, mientras escuchábamos las historias que mi abuelo contaba en idioma araucano. Yo traducía sus palabras para que James entendiera, aunque con el paso del tiempo, él aprendió el idioma de sólo escucharme a mí.

           

    La familia de James venía de Inglaterra. Se habían mudado a unos vastos campos que Paul, padre de James, había heredado al morir su padre y ahora se encargaba de administrar. Estaban en el negocio de los caballos de carreras, por lo que su hacienda era muy distinta a la mía, llena de gente desconocida que todos los días iba a comprar un caballo, montar el que ya había elegido o hacer pruebas de velocidad. La verdad es que allí siempre era un caos y los padres de él estaban muy ocupados, así que James todas las mañanas tomaba un caballo y cabalgaba hasta mi hacienda a pasar el día conmigo.

           

    Al principio no dejábamos que Isabel jugara con nosotros, con tres años menos que yo, me parecía que nos llevábamos demasiada edad para jugar juntos, así que yo me escapaba y la dejaba llorando con mi mamá por no querer llevarla conmigo. James también me llevaba tres años, pero yo eso no lo notaba y creo que él tampoco. Sin embargo a medida que fuimos creciendo y la edad se acortó, poco a poco mi hermana se fue incorporando a nuestros juegos, aunque nunca logró tener la conexión que James y yo teníamos.

 

    Creo que ella lo notó porque al poco tiempo empezó a distanciarse, y a pesar de que seguía juntándose con nosotros y de que yo la buscaba incesantemente para invitarla, ella se unía solo de vez en cuando a nuestros juegos. Tal vez ahora, tantos años después, cuando recuerdo aquellos días, me doy cuenta que realmente cuando James y yo estábamos juntos no existía nada más a nuestro alrededor. Es que nuestro mundo se reducía a nosotros y todo lo que hacíamos estaba tan perfectamente complementado que una tercera persona sobraba. Siempre pensábamos en lo mismo y no hacía falta que uno dijera que estaba pensando en ir a nadar al río cuando el otro aparecía con el traje de baño puesto.

           

    En cuanto a mi hermano Jorge, él era cinco años mayor y por eso nunca estaba en nuestros juegos, pero nos llevábamos muy bien. Era una especie de ídolo para nosotros, que me enseñó todo lo que sabía, respondiendo a nuestras insistentes preguntas. Jorge ha sido para mí una especie de padre, creo que él mismo decidió tomar ese rol después de la muerte de José. Quizás su decisión de ir a estudiar al extranjero, tuvo que ver con la necesidad de tener su propia vida y de perdonarse a sí mismo el no haber estado con nuestro padre cuando murió.

           

    La verdad es que no recuerdo haber tenido otros amigos aparte de James y mi hermana. Por supuesto estaba Flavia que siempre nos buscaba con su hermana Rocío y otras chicas de la zona. Pero James nunca se sintió cómodo con ellas y yo simplemente no soportaba su presencia, así que cuando venían a buscarnos nosotros corríamos como dos niños a escondernos entre las rocas para escaparnos de su alcance.

           

    ―Creo que tú le gustas a Flavia ―le dije una tarde de otoño en que habíamos salido a cabalgar hasta que, exhaustos, nos tiramos bajo la copa de un enorme árbol. Para aquella época yo tenía trece años y la mayoría de las chicas había notado lo guapo que James se había vuelto a sus dieciséis. Sin embargo yo no notaba ningún cambio en él, salvo que ahora parecía tener más fuerza y me ganaba más seguido en las peleas.

           

    ―¿Flavia? ―preguntó él volviéndose hacia mí y mirándome con aquellos profundos ojos grises―. No creo.

           

    ―Es obvio James, ¿no has visto cómo te mira? ¿Y por qué crees que viene a buscarte tan seguido? Hasta sería capaz de aguantarme a mí con tal de estar a tu lado.

 

    No sé por qué de pronto me había enojado. Flavia siempre me había caído mal, pero en ese momento si la hubiera tenido enfrente la hubiera golpeado.

           

    ―Bueno a mí no me gusta, no te cambiaría nunca por ella ―dijo James en un tono de voz que no pude descifrar.

           

    ―Así está mejor, eres el único amigo que tengo y no me gustaría perderte, y menos por la bruja de Flavia ―respondí riendo. Él también rió, pero de una forma fingida, como si hubiera estado esperando otra respuesta de mi parte.

           

    Así como James estuvo conmigo cuando aprendí a escalar y a lanzarme de clavado al río, lo estuvo la trágica noche en que mi padre murió. Nunca voy a olvidar cuánto me apoyó aquel verano en que yo me la pasaba llorando en cualquier rincón y mi madre se quedaba horas con la mirada perdida. Fue él quien me sacaba todos los días de mi habitación, donde yo me internaba para no ver a nadie, y me llevaba a pasear sin rumbo fijo, hablando de trivialidades y tratando de hacerme reír. Ese año mi hermana, con diez años, se unió a nosotros casi todos los días; ella también sentía la ausencia y yo no quería dejarla sola. Y ese año también fue cuando yo sentí que James ya no era el mismo de siempre.

 

    Si bien seguíamos viéndonos todos los días, con nuestros juegos y nuestras corridas, él empezó a distanciarse un poco. Nunca fuimos a nadar juntos porque siempre ponía una excusa y dejamos de jugar a las peleas porque yo me di cuenta de que él me dejaba ganar. No sabía lo que pasaba, pero sabía que algo estaba cambiando. Sin embargo cuando pasó lo de mi padre, todo eso desapareció y él casi volvió a ser el mismo de siempre. Casi.

           

    James fue también el confidente de mis sueños. Desde que comencé a darme cuenta que posiblemente la herencia de mi madre era cierta y yo realmente podía leer los sueños, nos encerrábamos en el ático, con el libro de cultura araucana en el regazo, e imaginábamos las mil y un formas en las que podía interpretarse alguno de mis sueños. Era más que todo un juego que a veces se volvía realidad, como la vez en que soñé que los caballos desaparecían entre una nube y varios de nuestros potrillos fueron robados; o aquella otra en que soñé con un nido de pichones sobre un cerro, y al día siguiente guié a mi hermana y a James al lugar exacto donde un nido había sido abandonado varios días atrás, cuando unos chicos de la zona habían matado a la pareja a hondazos.

           

    Pero después de la muerte de mi padre aquellos juegos se acabaron, yo no quise jugar más con los sueños, ni siquiera volver a soñar, cosa que por supuesto fue imposible. Ante mi resistencia al sueño, me pasaba las horas leyendo o jugando a las cartas en la cama, tratando de no dormir. Sin embargo mi resistencia no hacía efecto y siempre terminaba dormida, despertando sobresaltada y nerviosa a mitad de la noche, casi llorando por sueños que no podía recordar.

           

    ―Creo que mientras menos quiero soñar, más lo hago ―le dije a James una tarde, un año después de la muerte de mi padre.

           

    ―No es así, lo que pasa es que estás obsesionada con eso y duermes pensando en que vas a soñar y así es; deja de hacerle tanto caso y vas a ver cómo dejas de soñar.

           

    Lo miré un poco enojada, él realmente no creía en mis sueños. Al principio había sido un simple juego, pero ahora todo había cambiado para mí, y creo que para él también. Pero a pesar de todo le hice caso y por varias semanas pude dormir sin que ningún sueño me despertara, e incluso llegué a creer que todo eso de los sueños realmente era sugestión mía.

           

    Sin embargo las cosas no son tan fáciles, y vino a pasar otro hecho que nuevamente cambiaría el rumbo de las cosas.

           

    Aquel invierno fue uno de los más fríos de los que tengo memoria. Hacía más de un año del trágico accidente de mi padre y aquellas vacaciones mamá creyó que era conveniente que James se quedara con nosotros. Sus padres viajaban a Europa y pensaban dejarlo con una tía que vivía en la ciudad, por lo que nosotros sugerimos que se quedara porque yo no podía ni siquiera pensar en no tenerlo conmigo en todas las vacaciones. A mi madre le haría bien tener alguien más en la casa y a mí y a mi hermana nos haría bien tener a nuestro amigo con nosotras. Así fue como se trasladó con todas sus cosas a nuestra casa, y el ático se volvió más que nunca nuestro lugar de juegos, donde nuestra imaginación nos llevaba a cualquier parte.

           

    Una noche en que nos habíamos acostado temprano porque una helada había caído, y todos estábamos muertos de frío, tuve un sueño. Al principio casi no pude distinguir que era uno de mis sueños, porque en él me levantaba de la cama y en medio de la noche salía afuera envuelta en una enorme capa de piel. Entonces veía a lo lejos que estaba amaneciendo y, con toda la alegría de ver la salida del sol en medio del valle, caminaba hacia la aureola rojo-anaranjada que había ante mis ojos. Sin embargo no estaba amaneciendo y no era el sol lo que veía a lo lejos. Llegaba a la cabaña de mis abuelos y con horror veía que ésta estaba envuelta en llamas.

           

    Entonces desperté, llorando y asustada, sin entender qué había sucedido, hasta que apareció mi madre corriendo por el pasillo como respuesta a gritos que no recordaba haber dado.

           

    ―¡Un sueño mamá! ―grité sin poder contenerme―. Uno horrible.

 

    Vi que James aparecía en la puerta y me miraba con preocupación. No sé qué aspecto presentaba yo en aquel momento, pero vi en sus ojos que estaba asustado.

           

    Mi madre me abrazó con ternura y, cuando sentí que los latidos de mi corazón se tranquilizaron, me aparté de ella y vi que me miraba esperando que contara el sueño.

           

    ―Los abuelos ―dije con voz ronca―. Vi fuego en la cabaña de los abuelos.

           

    Mi madre salió rápidamente de la habitación y a los pocos minutos escuché que se marchaba con Pedro, el capataz. James se sentó a mi lado y, tomándome de la mano, trató de tranquilizarme con sus chistes. Pero yo no le hice caso, estaba demasiado asustada, y aquel sueño había sido tan real que sentía que la respiración se me cortaba al pensar que, tal vez, mis abuelos corrieran peligro. Isabel apareció al poco rato con aquel osito de peluche que cuidó durante toda su vida, al ser el último regalo que mi padre le había dado antes de morir, y se acostó junto a nosotros.

           

    Cuando ya habían pasado casi dos horas comencé a sentir que si no me movía estallaría de la angustia. Me levanté, me puse un suéter y, dejando a mi hermana dormida en la cama, salí a buscar un caballo. James me siguió tratando de tranquilizarme, pero al ver que no lograba nada, subió a su caballo y ambos nos largamos al trote por el camino.

           

    Antes de llegar a la cabaña supe que mi sueño no había sido sólo un sueño. De lejos se veía el humo elevándose imperiosamente sobre las montañas y el olor a quemado nos golpeó con fuerza, haciendo que las lágrimas comenzaran a brotar nuevamente de mis ojos.

           

    Salté del caballo antes de que éste se detuviera y corrí hacia el amontonamiento de gente que trataba de aplacar el fuego.

           

    ―¡Tata! ―grité acercándome a las llamas al momento que sentía que varias manos me tomaban con fuerza y me alejaban del lugar del incendio.

             

    El resto de la noche pasó entre gritos y corridas y, para cuando el sol asomaba por el horizonte, James, mi madre y yo nos dirigíamos al hospital donde estaba internado mi abuelo, que fue el que se salvó. Mi abuela Ninette murió asfixiada en aquel incendio y, aunque nos aseguraron que no sufrió porque murió antes de despertar, nuevamente la tristeza cayó sobre nosotros. Sobre todo para mi abuelo que lloró por su adorada y no pudo entender cómo ella había muerto y él aún vivía, por lo que se sumió en la depresión.

           

    Después de eso las cosas volvieron a cambiar. Mi abuelo se mudó a una pequeña casa que quedaba detrás de la hacienda y que era usada por las familias de los peones, y su hermana Berta se mudó con él para cuidarlo.

           

    Si Lautaro fue la persona más tranquila y buena del mundo, mi tía Berta era el polo opuesto. Mandona, estricta y despiadada para hablar, nunca tenía una palabra amable para nadie y siempre le buscaba el pretexto a todo. Si no era la comida que tenía gusto raro, era la casa que no estaba bien limpia o era yo que nunca escuchaba lo que tenía para decirme ni le hacía caso. Se puede decir que fue ella “la bruja” de mi adolescencia y la que cultivó en mí aquella inseguridad que me seguiría gran parte de mi vida.

           

    Pero, a pesar de la pérdida que significó la de mi abuela y de la llegada de “la bruja”, pude seguir adelante y, con ayuda de James e Isabel, también pude volver a dormir sin pensar que algún sueño predeciría la muerte de otro ser querido.

           

    Un tiempo después del trágico incendio y a la edad de catorce años conocí a Madame Althea. Hoy puedo decir que conocerla fue una de las mejores cosas que me pasó en la vida, aunque en aquel momento no lo vi así; sólo muchos años después me di cuenta de la ayuda que significó tenerla a mi lado.

           

    Nadie sabía realmente de dónde vino aquella atractiva y misteriosa mujer de ojos almendrados, pero cuando llegó a vivir sola a aquella vieja cabaña abandonada, todos hablaban de ella. Al poco tiempo ya la llamaban “la gitana” y se había creado toda una leyenda a su alrededor, historia que yo creí hasta que, varios años después, ella me contó la verdad.

           

    Se decía que había nacido bajo la luna llena y por eso tenía poderes especiales. Criada por gitanos había desarrollado aquellos poderes de leer la palma de la mano, la bola de cristal, tirar las cartas, leer las runas e incluso que, a través del iris del ojo, podía ver el alma de las personas. Pronto se difundió la historia de que era una hechicera gitana y que era mejor no acercarse a ella, no iba a ser que por una mala mirada le echara a uno el mal de ojo.  Sin embargo muchas mujeres iban a visitarla y pedirle consejo, porque también se decía que era muy buena para eso.

           

    “La bruja”, “la hechicera”, “la gitana”, “la ermitaña”, o simplemente “Madame Althea” eran todas las formas en que se la llamaba. Se decía que dentro de la cabaña vivía con infinidad de animales como ratas, gatos, murciélagos y serpientes a los que usaba en sus conjuros; también que tenía tarros con trozos de otros animales y hasta fetos humanos que vaya a saber uno de dónde sacaba. Porque por supuesto todos sabemos que para un buen conjuro no falta nunca algún ingrediente como “placenta de bebé” o “uña de muerto”, “sangre de murciélago” o “cola de gato”, y todas esas cosas sacadas de películas que inventábamos al salir de ver alguna particularmente terrorífica del cine.

           

    Sin embargo eran muchas las que iban a verla, jóvenes desesperadas por algún amor no correspondido, señoras intranquilas por un marido infiel o ancianas que simplemente buscaban alguna justificación para sus vidas; hombres que buscaban trabajo y muchachos que sólo querían entrar a ver la casa de aquella extraña mujer. 

           

    Para cuando yo nací Althea ya era una mujer entrada en años. En realidad nadie sabía ni supo nunca cuántos años tenía, pero sí que había llegado allí como una hermosa mujer y se había convertido en aquella extraña señora de pelo blanco y voz afable. Desde chica escuché todas las historias que rodeaban desde hacía muchos años la leyenda de “la gitana”, pero en casa mi madre siempre se encargó de desmentirlas y enseñarme que ninguna de aquellas cosas era verdad. Ella había conocido a Althea desde chica y se habían llevado bien inmediatamente, porque Althea había visto el don de mi madre y algo había nacido entre las dos, algo que más tarde nació para mí también.

           

    Así que puede decirse que cuando aquella tarde cabalgué sin rumbo fijo y de pronto me encontré frente a una pequeña cabaña, fue obra del destino que guió los pasos de mi caballo. Sabiendo que me hallaba frente a la cabaña de “la hechicera” bajé del caballo y, casi sin pensarlo, estaba abriendo aquella desvencijada puerta y entraba con pasos indecisos. Grande fue mi sorpresa al ver que dentro de la vieja cabaña no había ningún tarro de vidrio con pedazos de personas muertas, ni ningún animal tétrico. Tampoco había un caldero al fuego donde se hervían las pociones, ni olores raros que demostraran la presencia de que algún conjuro malévolo se había llevado a cabo allí. Simplemente había una mujer entrada en años que estaba sentada en una especie de hamaca, tejiendo frente al fuego de la chimenea.

           

    ―Eres Chantal, ¿verdad? ―dijo la anciana sin levantar la vista de su labor.

           

    ―Sí ―respondí sin miedo. Ahora que estaba allí sabía que lo que mi madre siempre me había dicho era verdad, y que esa mujer que tenía sentada frente a mí no era ninguna bruja.

           

    ―Pues te estaba esperando ―exclamó levantando la mirada hacia mí.

 

    No sé qué fue lo que sucedió cuando aquellos ojos almendrados, de intenso color verde, se posaron en mí; sólo sé que toda la angustia que guardaba en mi corazón por la tragedia que todavía estaba en el aire, salió como un torrente, y las lágrimas se escaparon sin que pudiera detenerlas. Entonces me vi tirada en el piso, con la cabeza apoyada en las rodillas de Althea mientras descargaba todo el dolor, la furia y la impotencia y ella me acariciaba con delicadeza.

           

    Cuando por fin paré de llorar me sentí mucho mejor, entonces alcé la cabeza y vi aquella compasión y ternura en esos ojos que fueron los detonantes de mi llanto.

           

    ―Ya todo pasó ―susurró la anciana mujer―. Ahora vamos a tomar un té ―agregó levantándose lentamente.

           

    Y eso fue todo, ese fue el comienzo de aquella amistad que perduraría por años. Desde aquel entonces no pasó semana en que no fuera a aquella cabaña a contar mis penas, mis inquietudes, mis alegrías y, por supuesto, también mis sueños. Incluso fue ella mi paño de lágrimas cuando peleé con James, y él se marchó a estudiar a Europa. Lo lloré sin saber que pasarían muchos años antes de volver a verlo.

 

© 2012- Julieta P. Carrizo- Todos los derechos reservados.