Capítulo Seis

 

 

NOTICIA INESPERADA

 

    Aquella mañana el castillo era un caos, los técnicos iban de un lado a otro trasladando materiales y gritando a voces; los vestuaristas probaban los trajes a los extras que habían contratado para una escena de batalla, y Peter caminaba entre todos vigilando cada detalle. Bill Whof y James Reford hacían chistes en medio de aquel lío mientras se preparaban para partir, iban a hacer una escapada a España para descansar. Gilbert Simos viajaba a pasar las fiestas con su novia y Will Fovarch iba a visitar a su hijo. Sean había viajado la noche anterior para pasar más tiempo con su esposa e hija.

 

    Jack y Chantal bajaron y se encontraron en medio de aquel tremendo ajetreo, así que tomaron un rápido desayuno y se apresuraron a subir al coche que los llevaría al aeropuerto. La lluvia caía en finas gotas y el viento silbaba cuando llegaron y comenzaron a caminar hasta la puerta en la que embarcarían.

           

    ―Me siento rara ―dijo Chantal caminando cerca de Jack y arrastrando su pequeña maleta.

           

    ―¿Rara? ¿Por qué? ―preguntó él volteándose a mirarla.

           

    ―Por esto, por irme contigo a París. Nunca había hecho una locura así.

           

    ―¿Te parece una locura? ―preguntó Jack sonriendo.

           

    ―Bueno... ―respondió Chantal nerviosa―. No quise decir...

           

    ―No te hagas problema, entiendo lo que quieres decir.

           

    Chantal sonrió y respiró profundamente. Estaba nerviosa, sentía un enorme hueco en su interior que se agrandaba cada vez más y ella no podía hacer nada por detenerlo.

   

    El corazón le latía fuertemente cuando despegaron, la turbulencia sacudió con violencia el avión durante unos minutos debido al despegue y a la tormenta. Chantal reaccionó agarrándose involuntariamente de los apoyabrazos y apretándolos con fuerza. Sus labios se habían cerrado en una línea recta y fina, y sus ojos se cerraron mientras intentaba poner su mente en blanco.

           

    Por el contrario, Jack no parecía ni notar los movimientos del avión. Miraba por la ventana sumido en sus pensamientos, relajado en su asiento, tamborileando con los dedos mientras tarareaba una canción. De pronto miró a Chantal y vio que sus manos aferraban con tanta fuerza los apoyabrazos que sus nudillos se habían vuelto blancos.

           

    ―¿Asustada? ―preguntó viendo su rostro.

           

    ―Bueno… siempre he tenido un poco de miedo a volar, y con la tormenta, es peor ―respondió ella tratando de esbozar una sonrisa.

           

    ―No hay por qué tener miedo, todo va a salir bien ―Jack acarició su mano. Estiró un brazo, agarró suavemente su cabeza y la apoyó sobre su hombro―. Si quieres puedo cantarte algo ―le dijo al oído.

           

    ―¿Tú cantarme algo?

           

    ―Bueno, la verdad no, sólo lo dije para hacerte reír y lo logré.

           

    Ella lo miró y su cuerpo se aflojó mientras él le acariciaba el pelo, aquella mirada era su perdición. De pronto la turbulencia del avión aminoró y el miedo desapareció. Sentía que estando con él nada malo podía pasar, y ese sentimiento la reconfortó, aunque tuvo la extraña sensación de que el hueco que se agrandaba en su interior sólo se había agazapado para luego devorarla. Sin embargo el viaje fue muy tranquilo junto a Jack, que no dejó de hacer chistes para que ella se sintiera relajada.

           

    Al llegar al aeropuerto tuvieron que esperar un buen rato para recoger el equipaje porque el de Chantal no aparecía. El susto sólo duró poco más de una hora, cuando un hombre volvió diciendo que se había llevado el equipaje equivocado.         

           

    El hotel que Jack había contratado era majestuoso. Chantal se quedó mirando el vestíbulo de entrada varios minutos. Era inmenso, iluminado con enormes lámparas de cristal; en el techo había un enorme vitreaux por el que entraban los rayos de sol convertidos en pequeñas hadas de colores que llenaban la estancia. La pared recubierta con un hermoso papel relucía como si fuera de oro, mullidos sillones llenaban la recepción y una alfombra marcaba el camino. Un hombre alto y vestido con un impecable uniforme los recibió y les dio la bienvenida. Jack respondió en francés y Chantal sintió que las piernas le flaqueaban al escucharlo pronunciar aquel idioma tan hermoso.

           

    De pronto el tono de Jack se volvió más fuerte, evidentemente enojado.

           

    ―Quédate aquí ―le dijo mientras se alejaba con el hombre que los había recibido y se ponía a hablar con otro que aparentemente era el gerente.

           

    ―¿Qué sucede? ―preguntó ella cuando él volvió.

           

    ―La capacidad hotelera se encuentra colapsada este fin de semana por un festival. Han tenido mucho trabajo y parece que mi reservación de dos habitaciones se perdió.

           

    ―¿No tenemos dónde quedarnos? ―preguntó Chantal preocupada mientras en su interior el hueco que antes parecía haberse esfumado volvía a aparecer.

           

    ―Están llamando a otros hoteles para ver si nos consiguen algo ―respondió Jack apoyando una mano en su hombro―. Tranquila todo va a salir bien.

           

    Se sentaron a esperar y al cabo de media hora el gerente se acercó a Jack y lo llevó aparte para hablarle.

           

    ―¿Y? ―preguntó ansiosa.

           

    ―Sólo hay lugar en un hotel muy lejos de aquí, pero si vamos para allá no podremos recorrer la ciudad, aunque...

           

    ―¿Qué?

           

    ―Bueno dice que aquí se desocupó una suite matrimonial ―respondió Jack rápidamente.

           

    Chantal no sabía por qué de pronto tenía tanto miedo, algo en su interior le gritaba que saliera corriendo de allí y no volviera más. Pero no podía hacer aquello, no podía comportarse como una niña, después de todo ¿porqué desconfiar de Jack? Lo miró nerviosa y a pesar de que su corazón dio un vuelco enorme y la voz en su cabeza se intensificó, decidió que nada malo sucedería, que por fin estaba preparada para entregarse a una relación.

           

    ―Está bien. No hay problema, podremos arreglarnos.

           

    Jack asintió y una sonrisa fugaz pasó por su rostro mientras le decía al hombre que se quedaban.

           

    Llegaron a la habitación y después de dejar las cosas bajaron a comer. Pasearon todo el día recorriendo las hermosas calles de París, fueron a Notre Dame, Sainte Chapelle, el Louvre y le Palais Royal. Cuando cayó la noche y volvieron al hotel, se encontraban agotados, así que decidieron dejar la cena afuera para el día siguiente y bajaron a comer al restaurante del hotel. Fue una cena hermosa y muy tranquila, aunque ninguno de los dos habló mucho.

           

    Por fin en la habitación, Chantal se demoró deliberadamente en el baño para salir cuando Jack ya se encontrara en la cama. No sabía por qué se estaba tan nerviosa, después de todo no sería la primera vez que durmiera con un hombre, sin embargo, si sería la primera vez que se entregara a uno por el que tuviera sentimientos tan fuertes. El miedo de quedar atada a él la aterrorizaba, por eso se había convencido de que haría todo lo posible para que nada sucediera entre los dos.  

           

    Para su fortuna, Jack estaba acostado cuando ella salió del baño, así que se apresuró a meterse en la cama y le dio la espalda inmediatamente.

           

    ―Buenas noches ―dijo rápidamente cerrando los ojos.

           

    Está nerviosa ―pensó Jack cuando la vio acostarse―. Y tiene miedo ―agregó cuando vio que se quedaba quieta. Se acostó mirando hacia el lado contrario y sintió que la respiración de ella se entrecortaba. Él también se quedó quieto, por miedo a rozarla y que miles de sentimientos que en ese momento luchaban por salir explotaran y no pudiera contenerse.

           

    Chantal podía sentir su calor, su olor, su respiración, todo su ser a pocos centímetros de ella. Su corazón parecía haberse subido a su cabeza donde martilleaba tan fuerte que la aturdía, y sus pulmones de repente habían dejado de funcionar, así que tenía que hacer un esfuerzo enorme cada vez que respiraba. En su interior una voz gritaba que estaba loca por estar allí y que tenía que huir de inmediato. Hizo un esfuerzo enorme por acallarla y quedarse en el lugar.

           

    ―Buenas noches ―respondió él. Apagó la luz y todo quedó a oscuras, iluminado apenas por la débil luz de la luna y las estrellas, que entraba por la ventana. El tiempo pasó lentamente y ella hubiera jurado que ya hacía una hora que estaban acostados cuando sólo llevaban diez minutos. Se animó a moverse un poco para acomodarse y sin notarlo su cabello rozó la mejilla de Jack. Él sintió el aroma de su cabello, su suavidad, y su corazón pareció estallar; se volteó y se quedó mirándola unos segundos, después lentamente estiró la mano. Sabía a lo que se arriesgaba, sabía que tal vez ella huyera y todo se acabaría.

           

    Ella sintió que él se movía y todo empezó a darle vueltas, de pronto una mano le acaricio suavemente la mejilla.

 

    ―No voy a hacerte daño ―sintió que le decía―. Somos amigos ¿recuerdas?, confía en mí- dijo mientras la abrazaba. Se volteó para mirarlo y se encontró con su rostro muy cerca, demasiado, tanto que sus narices casi podían tocarse. Entonces sintió un incontenible deseo de que él no la soltara nunca. Miró sus ojos, aquellos profundos ojos que no la dejaban dormir, y siguió la línea de la nariz hasta la boca. Lo observó detenidamente, como embobada, y sus labios se encontraron por primera vez desatando todo lo que sucedía adentro de ella, toda la magia, la ternura, el deseo, la pasión; esa pasión que encendió sus labios y los marcó.

           

    La mente de Chantal trataba de funcionar, pero todo dentro de ella parecía haber dejado de hacerlo, excepto su corazón que ahora parecía latir en todo su cuerpo a la vez; entonces él se apartó lentamente y la miró a los ojos. Ella no dijo nada, pero tampoco se movió, no sabía si hablar o no. Después de dudar unos segundos abrió la boca para decir algo y él la calló poniéndole un dedo sobre los labios.

           

    ―No digas nada ―susurró―. No quiero perderte, sé que todo esto te asusta. Si quieres que me aleje lo haré.

           

    Ella lo miró y apoyó la cabeza en su brazo, sintiendo la calidez de su tacto. No había nada que decir.

           

    La mano de Jack acarició su cabello con delicadeza y luego la atrajo nuevamente hacia sí. Esta vez ella dejó de pensar y comenzó a sentir. El cuerpo de Jack sobre ella, el calor de su piel, sus manos recorriendo las curvas de su cadera.

           

    Sus labios volvieron a unirse en un beso cargado de ternura. Ella aprovechó para sacarle la remera, enlazar sus brazos en su espalda y recorrer su piel.

           

    Con sutileza y maestría, Jack se deshizo del camisón que envolvía el cuerpo de Chantal y sus labios se perdieron en su pecho. Ella gimió de placer con el juego de su lengua, juego que luego bajó por su estómago hasta llegar a sus caderas. Pronto el rostro de Jack apareció nuevamente en su campo de visión y ella sonrió, dejando que sus dedos recorrieran las facciones de aquel rostro perfecto que la había vuelto loca desde la primera vez que lo viera.

           

    Cuando lo tuvo dentro y estalló de placer ella supo que nada podía estar mal en esto. Que sus miedos eran infundados y que esta era su oportunidad, aquella que una vez había dejado ir por miedo. La vida volvía a ponerle enfrente el amor y ella esta vez no iba a negarse.

           

    ―Gracias ―susurró ella en su pecho cuando ambos yacían abrazados, escuchando los latidos del otro―. Por hacerme creer de nuevo que puedo ser feliz.

           

    ―Gracias a ti por entrar en mi vida ―respondió él―. Y por dejarme entrar en la tuya.

           

    Se quedaron quietos, abrazados, simplemente sintiendo la presencia del otro, y a los pocos minutos se habían quedado dormidos.

 

***

 

    El día siguiente caminaron aún más que el anterior. Recorrieron todos los centros comerciales que había y Chantal aprendió que no tenía que decir-¡Que bonito!- cada vez que veía algo que le gustaba porque Jack entraba inmediatamente y se lo compraba; así que optó por mirar las vidrieras en silencio, y aún así, él adivinó algunas veces lo que le gustaba y lo compró.

 

    Llegaron a la Torre Eiffel y subieron para ver la puesta del sol. A sus pies se extendía la “ciudad de los enamorados”, con toda su majestuosidad y sus monumentos, en su máximo esplendor. En el horizonte el sol comenzó a esconderse entre colores naranjas y rojos que tiñeron el cielo y los edificios como un enorme manto. Las luces de la ciudad comenzaron a encenderse poco a poco y en el cielo las estrellas titilaron; a sus pies ahora estaba la ciudad luz, invitando a todos a que se le unieran. Jack y Chantal observaron el espectáculo abrazados y sin decir nada, en ese momento mágico las palabras no significaban nada porque no existían las correctas para expresarlo.

 

    Bajaron en silencio, con magia bullendo en su interior, y se dirigieron al hotel para vestirse y luego tener su “cena de gala”, como a ella le gustaba la llamarla.

 

    Fueron al mejor restaurante, un lugar que Chantal no podría haber imaginado ni en sueños, y hacia la medianoche tres músicos se acercaron a la mesa y tocaron para ellos. Todo era perfecto, el ambiente, la comida, la compañía; demasiado perfecto, como si de un sueño se tratara. Sentía que en cualquier momento despertaría en su cama con la luz del sol pegándole en un ojo y se daría cuenta que todo había sido un engaño onírico de su subconsciente. Pero eso no sucedió y, cuando se levantaron y se dirigieron hacia el hotel tomados de la mano y riendo de nada, Chantal estaba segura que aquellos días habían sido los mejores de su vida.

 

    Sin embargo todo lo bueno se acaba rápido, y cuando se encontraban a apenas una cuadra del hotel, felices de estar juntos y seguros de que aquel momento era mágico, el sonido del celular de Chantal la hizo caer en la realidad.

 

    ―No contestes ―dijo Jack abrazándola.

 

    ―No lo voy a hacer ―respondió ella hundiéndose en sus brazos. El sonido se cortó para volver a sonar a los pocos segundos. Chantal se soltó con desgano de los brazos de Jack y tomó el celular del bolsillo de su abrigo.

 

    ―¿Sí? ―dijo un poco fastidiada por la interrupción.

 

    ―¿Chantal?, perdóname si te molesto, soy Isabel.

 

    El rostro de Chantal se contrajo.

 

    ―¿Isabel? ―preguntó preocupada al percibir en la voz de su hermana notas de angustia―. ¿Sucede algo?

 

    ―Bueno, en realidad… si… no quería molestarte, pero...

 

    ―¡Isabel dime por Dios qué es lo que pasa!

 

    ―Es mamá, la han internado.

 

    ―¿Qué? ―preguntó asustada, de pronto el mundo se le vino encima y tuvo que hacer un esfuerzo para respirar y poder pronunciar las siguientes palabras―. ¿Pero por qué Isabel, qué pasa?

 

    ―Bueno, no es algo para hablarlo por teléfono. Ella ahora está bien, creo que en las próximas horas van a darle el alta. Pero me dijo que te llamara Chantal, está obsesionada con que quiere verte. Le dije que vendrías para las fiestas pero está asustada y me pidió que te avisara. Discúlpame hermana, no sé si hice bien en llamarte, solo que...

 

    ―Por favor, no me molestas. Claro que has hecho bien. Mañana mismo tomo el primer avión y salgo para allá ―respondió angustiada, esperó unos segundos para hacer la siguiente pregunta, no quería saber la respuesta pero tenía que saberlo―. Isabel, lo que tiene mamá.... ¿Es grave?

 

    Del otro lado de la línea la respiración de Isabel se cortó y pasaron unos segundos antes de que respondiera: ―Si, lo es.

 

    Cuando Chantal cortó no pudo evitar que una lágrima se le escapara, sentía la garganta seca y un nudo se había cerrado impidiéndole hablar. En su mente miles de imágenes se agolpaban y pensamientos oscuros se arremolinaban. ¿Qué enfermedad tenía su madre? Sabía que debía tratarse de algo muy grave para que Isabel la llamara así, conocía a su hermana y el solo tono de su voz le hacía saber que era algo muy serio. Se tapó la cara con las manos sin poder reprimir el llanto y sintió una mano en el hombro, entonces se acordó que no estaba sola, que Jack estaba a su lado. Impulsivamente le echó los brazos alrededor del cuello y comenzó a llorar.

 

    Jack la abrazó pero no dijo nada, dejó que ella llorara, que descargara toda su angustia y se tranquilizara. Y así fue, Chantal lloró largo rato entre sus brazos, lloró por su madre, por estar lejos de ella, de su hogar; lloró por su hermana que estaba pasando una gran angustia sola, por su familia y hasta por el recuerdo de su padre. Cuando por fin terminó se apartó lentamente de él y lo miró con los ojos hinchados.

 

    ―Discúlpame por esto ―dijo despacio―. Mi madre está enferma y no sé qué me espera en casa, pero sí sé que tengo que ser fuerte, que allá no puedo llorar.

 

    ―No digas nada ―respondió Jack acariciándole el rostro―. Mañana a primera hora iremos al aeropuerto y antes de que lo notes estaremos en tu casa.

 

    ―Gracias Jack yo...¿estaremos? ―preguntó sorprendida.

 

    ―Claro, yo voy contigo ¿o piensas que voy a dejarte sola en estos momentos? ―respondió él  mirándola fijamente.

 

    Chantal sonrió levemente. No se había equivocado con ese hombre, Jack era alguien en quien ella podía confiar.

 

 

 ©2012 – Julieta P. Carrizo – Todos los derechos reservados.