Capítulo Siete

 

 

LA VUELTA A CASA

 

    Agarró la manzana que tenía frente a ella y la mordió mientras observaba el paisaje. Estaba sentada en medio de una extensa pradera verde con hermosas flores de todos los colores; podía oír el cantar de los pájaros y una leve brisa le acariciaba suavemente el rostro, mientras su cabello ondeaba suavemente. Miró al cielo riendo, vio el celeste infinito que éste le ofrecía y sintió alegría en su corazón.

           

    Volvió a morder la manzana y un fuerte gusto amargo se extendió por su boca, bajó la vista y con horror vio que dos enormes gusanos se asomaban por donde ella acababa de morder. Asqueada soltó la fruta y comenzó a escupir, entonces sintió gusto a sangre y, llevándose las manos hacia la boca, vio como estas se teñían de rojo a medida que el líquido caliente manaba. Bajó las manos y vio que varios dientes reposaban en ella, entonces comenzó a gritar ahogándose con la sangre y sintiendo los dientes desprenderse de sus encías.

 

    La hierba donde se encontraba ya no era verde ni fresca, era seca y amarillenta, como palos que lastimaban sus rodillas; las flores que antes tenía a su alrededor se habían marchitado despidiendo un olor nauseabundo y ya no se oía el canto de los pájaros, sino el croar de los cuervos que revoloteaban encima de ella. El cielo se había vuelto gris oscuro con relámpagos que lo cruzaba trazando extraños dibujos, y el viento era ahora frío y silbaba con fuerza. Escuchó que su propia voz pronunciaba aquellas palabras en ese idioma tan familiar, pero que hacía tanto tiempo que no usaba:“Ñuque”.

           

    Entonces abrió los ojos. La habitación estaba oscura y todavía podía sentir el gusto a sangre en su boca. Rápidamente se levantó de la cama y corrió al baño. El espejo le devolvió sus enormes ojos azules, cansados y asustados, abrió la boca y sus dientes brillaron blancos sin ningún rastro de sangre. Las lágrimas comenzaron a rodar por su rostro pero se deshizo de ellas con furia

           

    ―No, no voy a llorar antes de tiempo ―se dijo.

           

    Entró nuevamente a la habitación y vio a Jack durmiendo tranquilamente en la cama. Cuidando no despertarlo se acercó a la mesa de luz y miró el reloj que estaba sobre ella. Eran las cuatro y media de la mañana, todavía temprano para ir al aeropuerto. Ante la idea de no poder seguir durmiendo, decidió bajar y llamar para reservar los boletos para el próximo vuelo. Se cambió en la oscuridad, tratando de no pensar en el sueño que aún estaba tan vívido en su mente, y luego bajó. Tomó rápidamente el desayuno y reservó los boletos para las seis y media de la mañana.

           

    Subió a la habitación, pensando que cuando llegara a su casa tenía que buscar el libro de idioma araucano con el que su madre le había enseñado el habla de sus antepasados, y cuando abrió la puerta, se topó con Jack.

           

    ―¿Dónde estabas? ―preguntó éste observándola con una mirada que ella no pudo descifrar―. Bajaba a buscarte.

           

    ―Fui a reservar los boletos para el avión. No quise despertarte tan temprano.

           

    ―Disculpa, es que me asusté, no sabía dónde estabas, si te había sucedido algo. Ya sabes, a veces soy demasiado protector ―esbozó una leve sonrisa y la atrajo hacia sí, rodeándola con sus brazos―. ¿Ya has reservado los boletos? ―susurró en su oído. Ella se estremeció de puro placer al sentir su aliento rozar su piel.

           

    ―Para las siete y media. Puedes ir a desayunar mientras yo preparo las maletas.

           

    Él asintió y luego la miró fugazmente a los ojos.

 

    ―Todo va a estar bien ―añadió antes de darle un dulce beso y salir de la habitación.

           

    Se encaminaron al aeropuerto en silencio. Sin saber porqué Chantal ahora no estaba tan segura de querer que Jack la acompañara, no sabía con qué se iba a encontrar en su casa y no quería llevar a un extraño para su familia, en aquella situación. Sentía que era algo íntimo que quería hacer sola.

           

    ―Jack ―dijo por fin cuando bajaron del taxi y atravesaron las puertas del aeropuerto―. Te agradezco muchísimo todo lo que has hecho por mí y lo que me has dado estos días, pero debo pedirte por favor que novengas conmigo.

           

    Él se volvió y la miró extrañado

           

    ―¿Por qué? ―preguntó con cautela.

           

    ―Creo que es mejor así. No me malinterpretes, de verdad te quiero a mi lado, pero ya vienen las fiestas, tú tienes que ir a tu casa y además no sé como están las cosas en la mía. No creo que sea un buen momento para presentarte a mi familia, ni para que tú los conozcas.

           

    Jack se quedó pensativo unos segundos, titubeando y Chantal rogó para que no se enojara.

           

    ―Está bien ―dijo por fin esbozando una débil sonrisa― Entiendo, tienes razón, no es un buen momento para que vaya atu casa. Pero quiero que me prometas que me llamarás si necesitas algo, cualquier cosa, yo estaré a tu disposición.

           

    ―Gracias ―Chantal suspiró y echó los brazos alrededor de su cuello. Lo miró a los ojos y constató que él no se había enojado―. Prometo que te llamaré ante cualquier problema.

Él sonrió y la besó, la estrechó entre sus brazos y luego la acompañó a abordar el avión.

           

    ―Cuídate y sé fuerte ―dijo antes de que ella desapareciera entre la gente que entraba por la puerta.

           

    En el viaje Chantal casi no cruzó palabra con la anciana que se sentaba a su lado y se empeñaba en entablar algún tipo de conversación. En cambio se limitó a mirar vagamente por la ventana prestando atención al paisaje, aunque en realidad en lo único que pensaba era en su sueño. A pesar de que había tratado de olvidarlo, no lo lograba, y dentro suyo sabía cuál era el significado.

           

    Disipó sus miedos con un leve movimiento de cabeza y pidió algo para beber a la azafata. Primero que todo debía encontrar el significado de la palabra “ñuque”, y de aquellas otras que sus sueños le habían dicho.

           

    El trasbordo en Ezeiza fue bastante tranquilo, y cuando se encontró camino a Mendoza, trató de dormir un rato. Al bajar finalmente del avión y tomar un taxi para dirigirse a su casa, sintió que el corazón le latía fuertemente en el pecho.

 

    Miró por la ventana y vio aquel paisaje que durante muchos años había recorrido todos los días: enormes cerros se extendían a su alrededor con manchas de vegetación verde oscuro que se dispersaban por toda la tierra; algunos grupos de árboles aparecían de vez en cuando dándole un aspecto desolado al resto despejado. El auto recorrió la ruta rápidamente y luego, siguiendo las indicaciones de Chantal, se adentró entre unos árboles que escoltaban un camino de tierra. Anduvieron aproximadamente diez minutos hasta llegar a una amplia extensión de verde en cuyo centro se hallaba una enorme estancia estilo español. Al fondo se podía ver como las montañas recortaban el cielo y los árboles rodeaban el paisaje, dispersos por toda la zona.

 

    Sintió una oleada de alegría al ver aquel lugar y no pudo reprimir que una lágrima se escapara de sus ojos. Una joven alta y delgada salió corriendo de la casa y se dirigió hacia ella, el largo cabello rubio ondulado voló al viento y sus ojos color miel centellearon de alegría al acercarse.

 

    ―¡Isabel! ―gritó emocionada abrazando a la joven con una calidez que invadió el lugar.

 

    ―¡Hermana! Por fin estás aquí ―respondió Isabel devolviéndole el abrazo y dándole un beso en la mejilla―. ¡Oh como te he extrañado! No sabes la falta que haces aquí.

 

    Chantal sintió una punzada de culpa por no vivir allí con su hermana y su madre y se apartó de ella lentamente.

 

    ―¡Estás teniendo tanto éxito! He visto tus películas miles de veces. ¿Recuerdas cómo adorábamosel cine de pequeñas? Por poco y nos escapábamos para ir. ¿Te acuerdas esa vez en que saltamos por la ventana con ...? ―titubeó dejando la frase inconclusa―. Pero ven, pasa, ya te estoy aburriendo con tanta charla.

 

    ―¿Aburrirme tú? ―preguntó Chantal sonriendo mientras emprendían el camino hacia la casa―. Eso nunca, hablando contigo una persona nunca se puede aburrir.

 

    ―Ya, búrlate de mí.

 

    ―¿Pero si es cierto! Si no tengo nada que hacer o estoy deprimida sólo tengo que ponerme a hablar contigo y se me olvida todo.

 

    ―¡Ja! ―dijo la muchacha en tono sarcástico pero cariñoso.

 

    ―Hablando en serio, extraño las charlas contigo, realmente me haces falta.

 

    ―Tú también me haces mucha falta ―respondió Isabel con el ceño un poco fruncido. Chantal bajó la cabeza culpable―. No lo digo para que te sientas mal. Estamos muy felices por ti, pero te extrañamos tanto.

 

    ―¿Cómo está mamá? ―se animó a preguntar por fin―. Apenas me lo dijiste tomé el primer avión de París.

 

    ―¿En París?, creí que estaban filmando en Irlanda.

 

    ―Así es, estaba en París por otro motivo ―añadió Chantal devolviendo la suspicaz mirada de su hermana―. Después te contaré bien, ahora quiero saber qué pasa con mamá.

 

    ―Está mucho mejor, mañana le darán el alta ―respondió Isabel cruzando la galería exterior y abriendo la puerta para hacer pasar a Chantal primero.

 

    Se encontraron con una amplia habitación con un gran sillón y dos más pequeños que se hallaban frente a una chimenea de leña. Hacia la derecha una puerta conducía a la cocina, y por un pasillo se pasaba a las habitaciones inferiores, mientras que una escalera comunicaba a las superiores, las cuales siempre habían sido ocupadas por la familia. Abajo estaban las habitaciones de servicio para Martha, la cocinera, su esposo Rodrigo, el jardinero; y Cynthia , una joven que había llegado de pequeña a la muerte de sus padres y ahora se ocupaba de la limpieza de la estancia. Su madre ya no ocupaba la habitación de arriba, porque tras la muerte de su esposo, no había podido resistir dormir en el mismo lugar que lo hacía con su amado, así que se había mudado a una de las de abajo.

 

    Chantal recordó todo eso en un segundo al ver la casa donde había vivido toda su vida y sintió una mezcla de sentimientos que pudo distinguir como tristeza, alegría y nostalgia.

 

    ―Siéntate ―dijo Isabel señalando los sillones―. Te traeré una taza de café, debes estar cansada del viaje ¿Quieres comer algo? Martha está preparando la cena pero puedo decirle que te prepare algo rápido para picar ahora.

 

    ―No te preocupes, por favor me haces sentir como invitada en mi propia casa, si quiero comer algo me levantaré a buscarlo. Sólo siéntate y dime qué sucede con mamá ―suplicó nerviosa al ver que su hermana no se animaba a hablar del tema.

 

    ―Disculpa si te hice sentir así, traigo el café y me siento contigo ―respondió la joven rubia saliendo apresurada de la habitación.

 

***

 

    Chantal miró por la ventana. El cielo que hasta hacía unas horas lucía límpido y de un extraordinario azul, ahora se veía manchado con nubes negras. Las primeras gotas golpearon la ventana acompañando las lágrimas que salían de sus ojos. El clima definitivamente acompañaba su estado de ánimo.

           

    Se volteó y caminó por la habitación, su habitación, la que en otros tiempos había compartido con su hermana que, ahora, dormía sola. Miró a su alrededor, su cama, su silla tapizada con antiguo terciopelo que aún tenía las marcas que ella había hecho, jugando con Isabel, a que era una nave espacial; la cómoda de cedro con el enorme espejo en el que mil veces había jugado a ser artista, la mesa donde pasó horas estudiando para las lecciones y esperando que en algún momento James fuera a rescatarla.

           

    James...

 

    Se sentó en la cama mirando la maleta que yacía cerrada sobre ella y se tapó la cara con las manos. De todas las enfermedades que había imaginado que su madre podía tener la que más temía era aquella.

 

    ―Van a hacerle quimioterapia ―había dicho Isabel―. Aseguran que hay posibilidades.

 

    Pero ella sabía lo que ocurriría porque lo había visto en su sueño. Si ellos habían podido predecir la muerte de su padre, ¿por qué no la de su madre?

           

    ―No ―dijo en voz alta levantándose bruscamente―. No tiene que ser así. Ese sueño puede significar cualquier cosa, estaba asustada, pensando en lo peor, por eso lo soñé-. Volvió a mirar hacia afuera y notó que las gotas de lluvia caían cada vez con más fuerza, los peones habían empezado a guardar a los caballos y cerrar las caballerizas ante la inminente tormenta que había comenzado.

           

    Salió de la habitación y caminó hacia el fondo del pasillo, levantó la vista hacia el techo y vio la pequeña puertecilla que cuando chica había usado tantas veces, jugando con James a las escondidas. Sin pensarlo dos veces estiró la mano y, tomando la cadena que colgaba, tiró de ella. La puerta cedió con un chirrido y aparecieron cuatro pequeños escalones. Chantal agarró el banquillo que descansaba contra la pared y lo colocó debajo de la abertura; luego se trepó a él y pasó a los escaloncitos que crujieron bajo su peso. Cuando entró en el ático una oleada de emoción la embargó, todo seguía tal como ella lo recordaba, como lo había dejado aquella última vez. Entonces se acercó a un baúl que descansaba en el fondo y, levantando la tapa que estaba cubierta con una capa de polvo, empezó a buscar.

           

    Había logrado encontrar, por fin, su cuaderno de notas sobre la cultura y el idioma de sus antepasados, cuando sintió que alguien entraba por la puertecilla.

           

    ―Wow, hace tanto que no entro aquí ―replicó Isabel rodeando el lugar y sentándose junto a su hermana―. La última vez fue contigo.

           

    ―Lo he notado ―dijo Chantal haciendo un mohín mientras pasaba un dedo sobre un estante―. El polvo te ha delatado.

           

    ―Es que cuando te fuiste ya no le vi el sentido a entrar aquí. Después de todo la que buscaba significados de nuestros antepasados eras tú.

           

    Chantal asintió y el silencio se extendió sobre ellas durante unos minutos.

           

    ―Hay algo que debo decirte ―susurró Isabel bajando la mirada―. Llamé a alguien además de ti. Ya sabes, José insistió en que debíamos decirle, y aunque al principio me negué, al final cedí. Tú sabes cuánto lo quiere mamá, y que para él ella fue casi una madre. Sus padres viajaban tanto…

           

    ―Dilo de una vez Isabel… ―dijo Chantal dejando el libro a un lado.

           

    ―Lo que no pensé es que él querría… ya sabes…., hace mucho que no viene… la última vez…

           

    ―¡Dilo de una maldita vez! ―replicó Chantal mirando con intensidad a su hermana.

           

    ―James viene hacia aquí.

           

    James…

           

    Chantal sintió que la cabeza comenzaba a darle vueltas y su corazón pegó un salto en su pecho. No sabía qué le extrañaba, después de todo, James siempre había sido parte de la escenografía de ese lugar. Lentamente sus pensamientos viajaron hacia el pasado, hacia su infancia y, por supuesto, hacia James…

 

 

© 2012 – Julieta P. Carrizo – Todos los derechos reservados