Capítulo Tres

 

 

 

CONFUSION

 

    Durante el siguiente mes Chantal se acostumbró al mundo fantástico en el que se encontraba. Todo a su alrededor la envolvía llevándola al pasado, a aquella época de caballeros y doncellas, luchas y batallas, amores y odios, traiciones y venganzas. Amaba estar allí haciendo aquella película y nada podía darle más satisfacción que actuar y recorrer cada locación. Sin embargo al llegar la noche todo cambiaba y el mismo sueños la invadía: aquel extraño hombre que le decía esa palabra cuyo significado no recordaba. Varias veces había estado tentada en llamar a su casa y preguntar cuál era el significado, pero después se percataba que su madre se preocuparía si le contaba sobre ese sueño, porque muy dentro suyo algo le decía que la palabra no significaba nada bueno.

   

    No volvió a soñar con el Asesino del Acido. Las primeras noches esperó con ansias ver algo más de aquel hombre que estaba en boca de todos los medios, pero eso no había sucedido.

 

    La revelación de Will respecto a lo sucedido con su prima había llegado a lo más profundo de su ser, y se sentía con la responsabilidad de hacer algo al respecto, aunque eso significara hurgar en sus sueños. Esperó volver a verlo en el mundo onírico en el que se sumergía cada noche, con la vaga esperanza de tener un primer plano del rostro que todavía era un misterio para las autoridades.

 

    Cuando los días comenzaron a pasar sin que el asesino se hiciera presente en sus sueños decidió investigar sobre él. La web estaba atestada de noticias sobre cada uno de los asesinatos, de la investigación y las mujeres desaparecidas cuyos cuerpos aún no se habían encontrado, pero se atribuían a la obra del Asesino del Acido. Entre varios rostros de mujeres jóvenes encontró el de Katherine Rawson, la prima de Will, una muchacha hermosa de cabello rubio y ojos color miel.

 

    En el sitio de internet www.asesinoseriales.com, descubrió que el nombre de el Asesino del Acido o Vampiro de Yorkshire venía de un asesino serial denominado el Vampiro de Londres, que había matado a hombres y mujeres en la década del cuarenta.

 

    Se los comparaba en varios sentidos, sobre todo en la forma de ejecutar a sus víctimas, e incluso se hacía alusión a que era posible que el nuevo asesino fuera un imitador.

 

    John George Haigh, conocido como el Vampiro de Londres, nació el 24 de julio de 1909 en Stamford. Desde muy pequeño había tenido sueños donde se veía bebiendo una copa de sangre. Aquellos sueños lo habían obsesionado de tal manera que al final había creído que la única forma de terminar con ellos era convirtiéndolos en realidad, saciando así su sed de sangre. Asesinaba a sus víctimas, les drenaba la sangre que luego bebía, y por último disolvía sus cuerpos en ácido. Fue arrestado en 1949, sometido a juicio y colgado el 6 de agosto de ese año.

 

    El hecho de que un sueño pudiera llevar a una persona a cometer actos tan atroces llenó a Chantal de temor. Ella, sobre todos, sabía lo que era tener sueños inquietantes y tan vívidos como la realidad misma. ¿Acaso era eso lo que la unía a este nuevo Asesino del Acido? ¿Sería que él también tenía los sueños de su antecesor, o simplemente era un maniático que estaba plagiando a un asesino antiguo?

 

    Medio obsesionada con el sueño de John Haigh buscó en internet más datos hasta que lo encontró. Contado por el mismo John en sus “Confesiones antes de ser ahorcado”:

 

    (...)Veía un bosque de crucifijos que gradualmente se transformaba en árboles. Me pareció ver primero un rocío o lluvia que chorreaba de las ramas, pero cuando me acerque comprendí que era sangre. De repente, el bosque entero comenzó a inclinarse y los árboles goteaban sangre. Por los troncos se filtraba sangre. Las ramas destilaban sangre, roja y brillante. Me sentía débil, me parecía desfallecer. Vi un hombre que iba recogiendo la sangre de árbol en árbol. Cuando la copa que tenía en la mano estaba llena, se me acercó. 
 

    "Bebe", me dijo. Pero yo estaba como paralizado. El sueño se desvaneció. Pero yo continuaba sintiéndome débil y tendía con todo mi ser hacia la copa. 
 

    Me desperté en estado semicomatoso. Veía siempre aquella mano ofrecerme la copa que yo no podía alcanzar, y esa terrible sed, ignorada de todo otro hombre moderno, se posesionó de mí para siempre (...)

 

    Sin embargo la historia de John Haigh y su comparación con el actual Asesino del Acido, en realidad, no le habían aportado nada. Al final, con el paso de los días, Chantal decidió dejar el tema de lado y olvidar aquel extraño sueño.

 

    El otro tema que se había instalado en su cabeza era Jack.

 

    Es sabido que los compañeros de filmación muchas veces terminan teniendo una relación amorosa en la vida real. No es difícil imaginar el porqué, sobre todo cuando el compañero en cuestión es alguien como Jack Hansen, el sex symbol del momento. El problema con Jack iba más allá de su espectacular aspecto físico. No era sólo su rostro anguloso, de piel blanca e inmaculada, profundos ojos azules, y cabello rubio oro; ni siquiera su cuerpo escultural, su pose seductora, o sus movimientos suaves y desenfadados. Todo aquello hubiera bastado para que cualquier chica perdiera la cabeza por él. Pero a ello se le sumaba su particular forma de ser.

 

    Nacido en Bradford una ciudad de West Yorkshire, Inglaterra, Jack se había criado como todo un caballero inglés, y como tal, su trato hacia los demás lo destacaba del resto.  Su forma de hablar y de moverse rememoraban a los caballeros que Chantal imaginaba de la época de antes. Tal vez por eso el papel de Piers le sentaba tan bien.

 

    Cuando trabajaba era serio y profesional, e incluso a veces podía ser demasiado silencioso en un set donde la mayoría de los actores tenían un sentido del humor bastante variado. Sin embargo, en los momentos en que ambos se encontraban solos, Jack se convertía en una persona agradable, extrovertida y muy divertida. Las charlas con él al terminar el día se habían convertido en algo cotidiano y ambos disfrutaban de la compañía del otro.

 

    Al ser la primera película en la que Chantal tenía escenas románticas con su compañero, le había costado diferenciar la fantasía de aquellos besos y caricias en la pantalla con la vida real. Pero había algo que la devolvía a la realidad de un golpe, y era cuando Jack hablaba de su actual pareja, Kate, una actriz australiana con la que mantenía una relación desde hacía casi un año.

 

    Chantal se ponía en esos momentos su traje de consejera e intentaba ayudar a su amigo en la difícil relación que éste mantenía con su novia. La chica al parecer era bastante absorbente, altanera y muy celosa. No había día en que él no mantuviera una pelea con ella por teléfono.

 

    Al despertar cada mañana los pensamientos invadían su mente y Jack estaba en cada uno de ellos: actuando, aconsejándola, mirándola con esos profundos ojos azules. Era increíble que la presencia de él se hubiera vuelto tan fuerte para ella, hacía apenas un mes que lo conocía, y se habían vuelto inseparables

 

    ―Grandes amigos ― solía decir ella.

 

    ―Los mejores ―respondía él.

 

    Pero ahora no estaba tan segura de lo que sentía. Si bien era muy poco el tiempo que llevaban juntos había algo que le atraía inevitablemente, pero a la vez algo que los distanciaba, como si entre ellos hubiera un cristal invisible que no los dejara pasar. Cada vez que estaba a su lado una extraña sensación de inseguridad la envolvía y a veces hasta se estremecía de miedo; pero otras veces se sentía tan segura y atraída hacia él, que no podía evitar preguntarse a qué se debía aquellos sentimientos tan diferentes.

           

    La verdad era que Chantal desde pequeña había soñado con vivir un gran amor como el de sus antepasados. Su historia familiar estaba plagada de esos romances que uno piensa que sólo se ven en las películas. Pero después había aprendido que amar con tanta fuerza tenía sus consecuencias, y estas podían ser terribles. Ella había sido testigo del deterioro de su madre cuando José había muerto, del sufrimiento y el dolor que se habían instaurado en su alma, a tal punto, de robarle la voz para siempre.

           

    Cuando fue mayor y consiente de los que sucedía a su alrededor, comprendió que ella no quería enamorarse, no quería morir de amor como le había sucedido a Nahuel y a su abuelo, o quedar muerta en vida como le había pasado a su madre.

           

    Había mantenido aquella decisión teniendo relaciones casuales o noviazgos libres, donde poco le importaba lo que su compañero hiciera o dejara de hacer. Había escapado del amor, lo había dejado atrás, se había apartado de él, aunque al recordarlo le doliera.

           

    Pero lo que le sucedía ahora era diferente. Jack se había instaurado en su interior de una forma profunda, permanente. Era como si lo conociera de toda la vida, y eso la asustaba de sobremanera.

 

    Ese día en particular despertó cuando aún no había amanecido. Esta vez el sueño del hombre con capucha había llegado más lejos, pero ella no lograba recordarlo. Bajó las escaleras y se dirigió a la cocina, sumida en sus pensamientos, que se materializaron al ver que Jack estaba sentado a la mesa tomando el desayuno.      

 

    ―¿Ya levantada? ―preguntó él al verla entrar. La observó durante un momento y notó que era uno de esos días en que se encontraba más pálida de lo normal.

           

    ―Desperté hace un tiempo y no pude dormir otra vez ―respondió ella sentándose a su lado―. ¿Y qué me dices de ti?

           

    ―Olvidé cerrar las cortinas ―dijo Jack haciendo una mueca. Se levantó y sirvió una taza de café humeante que entregó a la muchacha.

           

    Ese detalle era uno de tantos que ella adoraba de él.

           

    ―Ah, ya me ha pasado ―dijo Chantal riendo.

           

    ―Creo que después de hoy he aprendido la lección ―Jack se encontraba ahora haciendo unas tostadas. Con rapidez colocó manteca y dulces sobre la mesa y, cuando las tostadas se encontraron a punto, las dejo en un plato frente a Chantal.

           

    ―Buen desayuno ―dijo él. Ella se limitó a sonreír, sintiéndose estúpida al pensar que él no podía ser más perfecto.

           

    En un intento por romper la magia del momento se decidió por poner ella misma el dedo en la llaga.

           

    ―¿Has hablado con Kate? ―preguntó. La noche anterior habían peleado muy fuerte por teléfono y Jack le había dicho que iba a terminar con la relación.

           

    ―Sí. Me llamó llorando, me pidió disculpas, y yo, como siempre, la perdoné ―dijo él serio―. Pero de verdad que ya estoy cansado de esto. He decidido que voy a terminar con ella cuando la vea el dentro de dos semanas. No me pareció correcto hacerlo por teléfono, pero esto no puede seguir así.

           

    Chantal asintió en silencio y se enfrascó en la tarea de comer las tostadas. Un nudo se había formado en el centro de su estómago. Si Jack terminaba su relación con Kate entonces el obstáculo que los separaba por fin desaparecería, pero ella tendría que lidiar con sus sentimientos.

           

    ―¡En fin! Imagino que tendré que armarme de valor y vestirme para la batalla. Estoy seguro que Kate me clavará un puñal cuando se lo diga ―esbozó una débil sonrisa―. Pero ahora quiero que hablemos de otro tema. Durante este mes hemos hablado de todos mis problemas, de mis noviazgos, de mi vida, pero no hemos hablado de ti. ―Se arriesgó a decirlo, sabía que siempre que él trataba de saber algo del pasado de Chantal ella desviaba la conversación.

           

    ―No tengo mucho para contar ―irguió la espalda, tensa―. Relaciones esporádicas, algún que otro noviazgo “poco serio”. Nada importante.        

 

    ―Me parece increíble que una chica como tú aún no haya encontrado alguien que quiera estar a su lado. Después de todo imagino que habrá muchos candidatos para ese puesto.

 

    Levantó una mano para acariciarle la mejilla pero ella instintivamente corrió el rostro.

           

    Jack, confundido, dejó caer la mano a un costado.

           

    ―Lo siento… ―dijo él―. Yo pensé… no quise…

           

    ―No, perdóname tú a mí ―se apresuró Chantal. La reacción la había asombrado hasta a ella. Deseaba con todo su ser el contacto con Jack, y a la vez lo rehusaba. Tenía que dejar de comportarse de esa forma―- Fue un reflejo ―se excusó. Bajó la mirada sin saber qué más decir, cualquier excusa sonaría totalmente estúpida. Esperó que Jack se fuera y ella pudiera hundirse en su miseria.

           

    Pero, asombrosamente, eso no sucedió.

           

    ―Está bien, no estoy enojado ni nada por el estilo ―dijo Jack mirándola seriamente. El silencio se extendió sobre ellos durante unos segundos―. Aunque me sentiría mejor si aceptaras mi invitación a festejar esta noche.

           

    ―¿Festejar? ―Chantal levantó la mirada hacia él.

           

    ―Claro ―respondió Jack con naturalidad―. Hoy hace exactamente un mes que nos conocemos. Creo que eso amerita un festejo.

           

    Ahí estaba Jack, haciendo de cuenta que nada había sucedido, portándose nuevamente como todo un caballero.

           

    ―Ok, me gusta la idea ―respondió ella aliviando la tensión―. Pero con una condición.

           

    ―Si es una propuesta indecente la que va a hacerme señorita, paso, yo soy un hombre serio.

           

    ―Ya desearía usted señor que fuera eso ―dijo Chantal esbozando una sonrisa―. Yo cocinaré para ti esta noche ―agregó poniéndose seria.

           

    ―Será un placer que cocines para mí ―dijo Jack estirando el brazo nuevamente y posando la mano en su mejilla. Esta vez ella no corrió el rostro, cerró los ojos y se regodeó con su toque.

           

    La noche los sorprendió casi solos. El resto del elenco se había ido al pueblo a divertirse un poco.

 

    Cuando Jack llegó al comedor, se encontró con una mesa decorada y con Chantal que colocaba una bandeja en el centro.

           

    ―¡Vaya! ―dijo él esbozando una sonrisa. Llevaba unos jeans gastados y un sweter azul que hacía resaltar aún más sus ojos―. ¿Qué has preparado de rico?- preguntó ansioso mirando la bandeja.

           

    ―No sé por qué, pero pensé que te gustaría ―respondió ella destapando la bandeja. Una voluta de humo se arremolinó al salir y un delicioso aroma los envolvió.

           

    ―¡No lo puedo creer, macarrones con queso! ―dijo Jack emocionado―. Es mi comida preferida, ¿cómo lo sabías?

           

    ―¡No lo sabía! ¿Estás hablando en serio?, ¿es ésta tu comida preferida?

           

    ―¡Sí que lo es!, podría comer macarrones con queso todos los días de mi vida y no me cansaría ―respondió él sonriendo.

           

    ―Esto es de lo más raro ―dijo Chantal mientras servía.

           

    ―Es el destino ―Jack guiñó un ojo―. Somos el uno para el otro.

           

    Chantal sintió un escalofrío al oír eso y, mientras se sentaba, trató de disimular una sonrisa que le salió más como una extraña mueca. Él se dio cuenta que su comentario la había hecho sentir incómoda.

           

    ―Tal vez nos conocimos en otra vida y tú recuerdas cuál es mi plato preferido ―bromeó.

           

    ―¡Claro!, tal vez yo era tu madre y te cocinaba esto todos los días.

           

    Aquello fue suficiente para que pasaran el resto de la comida bromeando y divirtiéndose. Cuando terminaron Jack se levantó y puso la radio donde empezaron a pasar lentos de todos los tiempos. “Para los enamorados...” decía el locutor de la radio, dejando que melodías románticas se esparcieran por el ambiente.

 

    El joven hizo una graciosa reverencia y tomó a Chantal de la mano, atrayéndola hacia sí. Rodeó su cintura con sus manos y lentamente comenzaron a moverse al ritmo de “Only you”.

 

    Por un momento fueron ellos dos, solos en el mundo, sin pasado, sin futuro, sin dolores ni penas; sólo el presente y ellos, bailando, sobre las nubes y entre las estrellas, dos almas haciéndose compañía.

           

    De pronto la magia se esfumó cuando la campana de la puerta de entrada comenzó a sonar. Chantal se sintió aturdida por unos segundos. El acercamiento que acababa de tener con Jack era más de lo que había imaginado, y se encontraba envuelta por una sensación de plena satisfacción.

           

    ―Voy a buscar el postre ―dijo de pronto apartándose de él.

           

    La campana volvió a sonar y Jack se dirigió hacia la puerta para abrir.

           

    Grande fue su sorpresa al encontrar a una mujer rubia que clavó sus ojos en él y sonrió con satisfacción.

           

    ―¡Sorpresa! ―dijo ella pasando junto a él y dejando la maleta en el vestíbulo―. ¡Vaya! Que apuesto estás, como si me hubieras estado esperando ―añadió dándole un beso.

           

    ―¿Qué haces aquí? ―preguntó Jack con el rostro desencajado.

           

    ―¿Qué hago aquí?, pues vine a visitarte. No pareces muy feliz de verme.

           

    ―Te llamé a tu casa ayer. Tenemos que hablar.

           

    ―Claro que tenemos que hablar, pero mañana. Ahora estoy cansada y con frío, necesito calentarme ―tomó el rostro de Jack entre sus manos y lo besó con pasión.

 

    Chantal, que regresaba con el postre decorado en una bandeja, se quedó petrificada al ver la escena. Por supuesto que sintió malestar y una punzada en el estómago al ver a Jack con aquella chica, pero lo que realmente la sorprendió, fue que reconoció a la muchacha rubia que se encontraba en sus brazos. Era la mujer rubia que había visto en el espejo del hotel al llegar a Dublín.

           

    Jack se separó de Kate y vio a  Chantal de piedra detrás de ella.

           

    ―Kate ―dijo por fin―. Te presento a Chantal, ella hace el papel de María.

           

    La rubia se volvió hacia ella con una sonrisa de satisfacción y le extendió la mano a modo de saludo. Aquellos ojos gélidos se posaron en ella y Chantal sintió un escalofrío, como si de pronto todo a su alrededor volviera a convertirse en hielo.

           

    ―Kate, su actual pareja ―dijo la mujer para dejar bien en claro quién estaba de más allí.

           

    Chantal la saludó lo más amablemente que pudo y luego se escabulló hacia su habitación, aturdida por la presencia de aquella mujer que ya había conocido en sueños.

           

    ―Simpática la chica, ¿no? ―dijo Kate cuando se encontraron solos―. Aunque no tiene una belleza fuera de lo normal ―rió―. No como yo ¿verdad amor? ―lo rodeó con sus brazos y comenzó a besarle el cuello―. Pero ¿qué te sucede ―preguntó al ver que Jack no respondía sus caricias―. ¿Acaso no extrañas mis besos? ¿No extrañas mi cuerpo?

           

    ―Kate, basta ―dijo él―. Tenemos que hablar.

           

    ―¿Sobre qué?

 

    ―Ya lo sabes. Esto no da para más, tenemos que terminarlo.

 

    ―¿Es por otra, verdad?, por esa chica ―Kate señaló con un dedo el lugar por donde había desaparecido Chantal―. Por una puta que conoces en una filmación ya quieres dejarme ―sus ojos refulgieron con intensidad.

 

    ―¡Sabes que no es por eso! Me asfixias, eres posesiva, mandona, extremadamente celosa. Contigo a mi lado nunca podré crecer.

 

    ―Eso tiene solución. Te prometo que te dejaré tu espacio, no te atosigaré más. Por favor Jack ―suplicó la chica.

 

    ―Lo siento Kate. En el último año cada vez que peleamos dices lo mismo, ya me cansé. Tú no cambiarás.

 

    ―¡Claro que si!, yo lo haré, cambiaré por ti ―dijo la mujer aferrándose a Jack con desesperación.

 

    ―¡Suéltame! ―rugió de pronto él tomándola de los brazos y apartándola bruscamente, su mirada era tan intensa que lastimaba. Ella lo miró asustada y trató de tomarlo del brazo pero él la golpeó y la tiró a un costado―. Ahora por favor déjame pasar ―añadió acomodándose la chaqueta y pasando por su lado―. Puedes quedarte aquí esta noche si quieres, pero mañana te marcharás ―y diciendo esto salió por la puerta dejando a Kate aturdida en el piso.

 

    Salió a los jardines para despejarse, para dejar que la rabia que fluía por sus venas se diluyera. Sentía que sus pensamientos se arremolinaban en el interior de su cabeza, mostrándole con toda claridad el momento en que Kate había llegado para arruinarle su velada con Chantal.

 

    ―¡Maldita mujer! ―refunfuñó enojado. Encendió un cigarrillo y se sentó en un banco a observar las nubes que comenzaban a cubrir el cielo nocturno.

 

    Por su parte Chantal se había metido en la cama. No quería pensar en nada, ni en el acercamiento con Jack, ni en el momento en que lo había visto en los brazos de su novia, pero menos aún, en la mujer rubia de mirada de hielo.

 

    Acalló los chillidos de su corazón, puso su mente en blanco y se quedó dormida.

 

    Y entonces volvió a soñar con el Asesino del Acido.

 

 

 ©2012- Julieta P. Carrizo- Todos los derechos reservados.