Capítulo Uno. Primera Parte.

 

 

 

PRIMERA PARTE

Es verdad, pues: reprimamos 
esta fiera condición, 
esta furia, esta ambición, 
por si alguna vez soñamos. 
Y sí haremos, pues estamos 
en mundo tan singular, 
que el vivir sólo es soñar; 
y la experiencia me enseña, 
que el hombre que vive, sueña 
lo que es, hasta despertar.

Sueña el rey que es rey, y vive 
con este engaño mandando, 
disponiendo y gobernando; 
y este aplauso, que recibe 
prestado, en el viento escribe 
y en cenizas le convierte 
la muerte (¡desdicha fuerte!): 
¡que hay quien intente reinar 
viendo que ha de despertar 
en el sueño de la muerte!

 

Sueña el rico en su riqueza, 
que más cuidados le ofrece; 
sueña el pobre que padece 
su miseria y su pobreza; 
sueña el que a medrar empieza, 
sueña el que afana y pretende, 
sueña el que agravia y ofende, 
y en el mundo, en conclusión, 
todos sueñan lo que son, 
aunque ninguno lo entiende.

 

Yo sueño que estoy aquí, 
destas prisiones cargado; 
y soñé que en otro estado 
más lisonjero me vi. 
¿Qué es la vida? Un frenesí. 
¿Qué es la vida? Una ilusión, 
una sombra, una ficción, 
y el mayor bien es pequeño; 
que toda la vida es sueño, 
y los sueños, sueños son.

 

Pedro Calderón de la Barca, 1636-1673

 

 

CAPÍTULO 1

(Primera Parte)

 

Una oportunidad imperdible

           

    Saltó la cerca con sorprendente agilidad. Las amarillentas hojas secas crujieron bajo sus pies, como quejándose de que alguien se atreviera a romper el silencio que flotaba en el aire. Sin prestar atención al colchón que se hundía bajo su peso, comenzó a correr por el camino. A su costado los árboles, a pesar de haber perdido gran cantidad de hojas, aún tenían color en sus copas y algo decía que aquel otoño llegaría un poco atrasado.

    

    Ella ni se fijó en el deslumbrante paisaje que se extendía por todos lados, ya lo conocía de memoria y podía nombrar cada roca y cada camino que allí había.

    

    Las copas de los árboles comenzaron a hacerse cada vez más grandes, hasta llegar al punto en que las ramas de unos y otros se entrecruzaban formando un techo amarillo- rojizo sobre el camino.

 

    Siguió corriendo hasta que logró vislumbrar, al final, una deforme figura de troncos que revelaba el establo. Cuando llegó a la puerta la abrió lentamente y con cuidado, sin lograr por ello que la madera dejara de crujir fuertemente ante el hecho de que, después de tantos años, alguien la moviera. Un haz de luz entró rompiendo la oscuridad que segundos antes reinaba dentro, dejando al descubierto montones de maderas colgando y una gran cantidad de motas de polvo que se suspendían en el aire.

 

    Entró cuidando no tropezarse con las cajas que habían desparramadas por el suelo, y casi inmediatamente un exceso de tos la sacudió durante varios segundos. Se tapó la boca con las manos para no volver a ahogarse con la cantidad de polvo que había por todas partes.

 

    Caminó despacio, mirando todo a su alrededor, cada caja, cada madeja de heno destrozada, cada madera salida, cada abertura tapiada, y casi sin notarlo, tropezó con una cincha que descansaba en el piso, tapada por un montón de heno ennegrecido por el tiempo. Con una mano evitó la caída y se incorporó ágilmente, llegando así a unas destartaladas escaleras de madera que se mantenían alzadas como por arte de magia.

 

    Colocó un pie sobre el primer escalón que crujió más fuerte aún que la puerta. Un estremecimiento le recorrió el cuerpo, pero decidida colocó el otro pie y comenzó a subir cuidadosamente, sabiendo que ante el primer movimiento en falso la débil escalera se desmoronaría. Cuando por fin llegó arriba respiró aliviada, y se volteó a observar el cementerio de recuerdos que había dejado atrás. Tantas historias, tantas imágenes que pronto cobraron vida en su cabeza para traerle el pasado. Con un brusco movimiento alejó los fantasmas que se empecinaban por volver.

 

    No quería recordar.

 

    Se volvió y comenzó a caminar por el piso que chillaba a sus pies, dirigiéndose hacia un rincón que años atrás había servido para almacenar el heno para los caballos. Su mente viajó unos segundos al pasado, haciéndola oír el relinchar de los caballos que alguna vez habían habitado aquel lugar, la risa de los peones, las pisadas de ella y su hermana escondiéndose entre los recovecos de madera.

 

    Llegó al final y tanteó con una mano la pared cubierta de polvo y ennegrecida por el fuego, hasta encontrar un pequeño relieve. Lentamente empujó y el relieve se convirtió entonces en una puerta que se abrió casi sin poner resistencia.

 

    Entró en la pequeña habitación, y entonces lo vio parado frente a ella. Una figura que se erguía con seguridad, alta, esbelta e imponente. Caminó hacia él casi con temor y, cuando lo tuvo enfrente, pudo ver asombrada lo joven que se veía.

 

    ―¿Abuelo? ―preguntó casi en un susurro. La sombra que se desplegaba frente a ella asintió sin levantar la vista del suelo. Emocionada hizo ademán de lanzarse a sus brazos, sin embargo antes de que pudiera moverse, él levantó una mano y señaló hacia la otra esquina. Ella se volteó confundida y una fuerte luz la cegó.

 

    De pronto se encontró en un gran escenario. La gente sentada en las butacas, esperando impacientemente que ella comenzara actuar y sintiendo que la inseguridad y el miedo comenzaban a invadirla. Una sombra empezó a extenderse desde el fondo hacia ella, tapando los rostros de los presentes y haciéndola temblar de frío. La voz sonó gélida, metálica, ronca, como si proviniera desde el fondo de una cueva y fuera dicha por algún tipo de animal: “cushe”.

 

    Nuevamente una luz blanca apareció desde algún lugar y volvió a encontrarse en el establo, tirada boca arriba.

 

    Se levantó con esfuerzo. Todo le daba vueltas y el polvo del lugar comenzaba a asfixiarla. Unos pasos detrás de ella la hicieron voltearse bruscamente. Esta vez se trataba de la figura de una mujer, vestida completamente de blanco, con la piel como la cera y el contrastante negro de la larga cabellera cubriéndole la espalda como una capa. Sonrió dulcemente estirando un brazo y una enorme águila entró volando por algún lugar hasta posarse en él. Entonces la miró y una voz suave, como la de un ángel, salió de sus labios:

 

    Siempre estaremos aquí. Búscanos ―dijo en una lengua desconocida para muchos pero muy conocida para ella.

 

    La luz volvió a brillar fuertemente y en lugar de la mujer apareció una paloma blanca que salió volando, junto con el águila, por una abertura del techo que antes no estaba. Un rayo de sol la encandiló cuando miró hacia arriba y entonces sintió otra voz que provenía de muy lejos y la llamaba insistentemente. De pronto la abertura del techo se convirtió lentamente en una abertura redonda, con una pequeña ventana. El ruido de un motor llegó a sus oídos, la voz cada vez más fuerte, más insistente.

 

    Cerró los ojos confundida y al volver a abrirlos vio la hilera de asientos que se extendían frente a ella. Miró a su alrededor, y se encontró con una mujer vestida de azafata que le hablaba.

 

    ―¿Se encuentra bien? ―decía la mujer con una mirada de desesperación.- Comenzó a hablar dormida y  no podíamos despertarla. Estaba a punto de preguntar si había algún médico.

 

    ―Estoy bien, gracias ―respondió Chantal intentando sonreír. Fracasó estrepitosamente. Su rostro estaba bañado en sudor, y sabía que debía de tener un aspecto deplorable.

 

    La azafata la miró unos segundos intentando dilucidar si debía pedir ayuda. Chantal volvió a forzar una sonrisa y ésta vez lo logró.

 

    ―Acá está su almuerzo ―dijo entonces la azafata extendiéndole una bandeja. Ella la tomó con brazos temblorosos y la apoyó sobre su regazo―. Aterrizaremos en una hora, pero si necesita algo, llámeme.

 

    ―Gra... gracias ―masculló en un susurro cuando la mujer ya se alejaba moviendo la cabeza impacientemente.

 

    Cuando bajó del avión todavía continuaba aturdida por el sueño. Su mente quería buscar explicaciones a las imágenes, pero ella no tenía tiempo para eso. Se encontraba en un país extraño, y debía concentrarse en lo importante, su trabajo. Afortunadamente le habían dicho que alguien iría a recogerla al aeropuerto, así que decidió que debía encontrar rápidamente a la dichosa persona.

 

    Los minutos comenzaron a transcurrir, y Chantal empezó a desesperarse. ¿Y si no habían ido a recogerla? ¿Y si Peter se había arrepentido? Respiró hondo, cerró los ojos y trató de tranquilizarse. No podía sucumbir a sus inseguridades. Abrió los ojos más relajada y de pronto lo vio, un hombre alto y moreno sostenía un cartel con su nombre.

 

    ―¡Gracias a Dios! ―pensó mientras le hacía señas al hombre y se dirigía hacia él abriéndose paso entre la multitud.

 

    ―¿Es usted la señorita Chantal Silver? ―. Ella asintió y se pusieron en camino hacia afuera, donde un taxi alquilado ya los esperaba para llevarlos a través de las calles de Dublín.

 

    Chantal miraba fascinada a través de la ventanilla todos los lugares por dónde iban pasando. Aquella ciudad era hermosa, perfecta, como un cuadro esperando a ser pintado o una poesía esperando a ser recitada. Todo desfilaba ante sus ojos como una película. Una película que se había hecho realidad en menos tiempo del esperado. 

           

    Anduvieron por las calles hasta llegar a un enorme hotel en el centro de la ciudad. En la recepción le dieron las llaves de su habitación y le dijeron que Peter la esperaba en la cafetería, así que dejó que un botones subiera sus cosas mientras ella se dirigía hacia el salón de al lado.

 

    ―¡Hola! ―un hombre regordete con cara bondadosa y cabello negro mal cortado la saludó con efusividad―. Me estaba asustando, pensé que te habías arrepentido. Ya me veía buscando con desesperación a otra para el papel.

 

    ―Lo siento Peter, se atrasó el vuelo ―Chantal se sentó en la mesa y suspiró aliviada ―. Pero aquí estoy.

 

    ―¿Así es que estás interesada? ―preguntó Peter. Él tenía esa cualidad, siempre iba directo a lo que tenía que decir, nada de vueltas ni pérdidas de tiempo- Me lo imaginé, apenas tuve el guión entre mis manos pensé en ti. El papel que hiciste en esa película fue excelente, todos están hablando de la “nueva estrella”.

 

    ―No es para tanto. Fue mi primer papel importante, y si no hubiera sido por ti, no hubiera llegado a ningún lado ―respondió Chantal relajándose un poco. Estar frente a aquel hombre que le había abierto las puertas al mundo de la actuación, la tranquilizaba.

 

    Peter Wolhm era considerado como uno de los mejores directores del momento.

 

    Había comenzado como director independiente haciendo algunos cortometrajes, cuando se le presentó la oportunidad de mostrar su talento dirigiendo una película escrita por él mismo llamada “En el ocaso”. La sorpresa fue enorme cuando la película llenó las salas de los cines y se mantuvo en cartelera como número uno durante varias semanas. Después de eso no podía negarse que obtendría alguna nominación al Oscar, y así fue: cinco nominaciones y tres estatuillas ganadas hicieron ascender la fama del director, que de pronto, tenía abiertas las puertas de Hollywood.

           

    Hacía unos años, Peter había filmado una película en las montañas de Mendoza, y Chantal, que conocía su trabajo, se había presentado como extra.

 

    Para aquel entonces Chantal contaba con veinte años, y estudiaba teatro en la universidad y en una de las academias más importantes de Buenos Aires. Al terminar sus estudios secundarios, había viajado para tratar de abrirse paso en el mundo de la actuación. En aquel casting tan importante, la suerte jugó a su favor al quedar elegida para un papel menor en un baile. Pero el destino quería más para ella, y la actriz que bailaba el papel principal se lesionó en una escena, así que, antes de que pudiera darse cuenta, Chantal estaba ocupando su lugar. Por supuesto era sólo un “extra”, pero Peter había notado inmediatamente su talento. Más tarde la llamó para otro papel más importante.

 

    Que el gran director Peter Wolhm la hubiera elegido para actuar en una de sus películas, sirvió para que otros empezaran a notar a aquella chica de cabello castaño claro y enormes ojos azules, y para cuando había pasado un año de su primer casting, tenía el papel principal en una película independiente de un director no conocido, que para sorpresa de todos tuvo un enorme éxito. Chantal en su papel de “trastornada mentalmente” tuvo críticas excelentes que hicieron que su nombre apareciera en varias revistas importantes.

 

    Ahora Peter la había elegido para el papel principal de una película ambientada en el Medioevo, y era un honor para ella haber sido elegida. Todo lo que deseaba desde chica se habían cumplido en un plazo muy corto, casi como por arte de magia.

 

    ―Eres perfecta para el papel de María ―continuó Peter.

 

    ―¿Quiénes son los otros actores? ―preguntó ella intrigada.

 

    ―Aquí tienes la lista ―el director le pasó un papel.

           

    Chantal empezó a leer y sus ojos se agrandaron, sin poder creer lo que veía. Actores como Jack Hansen, Will Fovarch, Bill Whof, Sean Martin, James Reford y Gilbert Simos iban a ser sus compañeros de filmación.

 

    ―¡No lo puedo creer! ¡Éste es casi todo el reparto de “En el ocaso”!

 

    ―Así es, trabajar con ellos fue una gran experiencia. Juntos en la pantalla hacen magia. Agregué a Jack Hansen al grupo, él trabajó para mí en “Viendo el amanecer”, tiene gran talento. Como tú.

 

    ―¡Es fantástico Peter! ―dijo Chantal emocionada―. Va a ser un honor trabajar con ustedes.

           

    ―Ahora ve a descansar querida. Mañana tenemos que viajar a la locación y está bastante alejada.

           

    Chantal se retiró con una sonrisa estampada en su rostro. La dicha la embargaba al encontrarse en aquel lugar, a punto de comenzar a filmar una superproducción con un elenco tan fantástico.

           

    Entró a la habitación tarareando una canción, e inmediatamente enmudeció. Un aire gélido le golpeó el rostro y una visión blanca le dio la bienvenida. Todo se encontraba cubierto de nieve: la cama, la mesita, el televisor, sus maletas. Las paredes estaban escarchadas, y del techo colgaban grandes estalactitas que casi tocaban el piso. Una luz  titiló al fondo de la habitación, atrapando sus ojos y atrayéndola hacia ella.

           

    Caminó en zigzag, sorteando los obstáculos que producían las estalactitas del techo y las estalagmitas que se elevaban del suelo. La luz la condujo hacia el espejo del tocador. Era grande, ovalado y se encontraba congelado, cubierto por una fina película de hielo que comenzó lentamente a resquebrajarse.

           

    Chantal estiró la mano hacia el espejo y tocó el vidrio con un dedo. Inmediatamente se arrepintió de haberlo hecho. El frío comenzó a extenderse desde su dedo hacia el brazo, trepando como garras afiladas por su piel, rasguñando y clavándose con fuerza. Subió por su pecho, bajó por el estómago hasta las piernas, llegó a su garganta y endureció su rostro. Quedó allí, inmovilizada, cubierta por el hielo, con el frío quemándole la carne.

           

    Del espejo salió una voz suave y aguda que comenzó a cantar. Primero en tono bajo, luego se fue elevando hasta llegar a notas tan agudas que el hielo comenzó a temblar. De pronto la película que cubría la superficie del espejo y se había extendido hacia ella, explotó en millones de pedazos.

             

    Chantal se restregó los brazos con fuerza para hacer circular la sangre por sus venas, cuando vio la figura de la mujer que le devolvía la mirada desde el otro lado del espejo. Se trataba de una mujer joven de largos cabellos rubios, tez pálida azulada, ojos gélidos, sus labios curvados en un rictus.

           

    La aparición estiró un brazo hacia ella y la señaló con un dedo delgado y largo.

           

    Pirepillán ―susurró―. ¡Pirepillán!. Desencajó la mandíbula y un grito agudo salió de lo profundo de su garganta.

Chantal se cubrió los oídos con fuerza. Todo a su alrededor comenzó a temblar como si el piso fuera a derrumbarse. Las estalactitas se desprendieron del techo y se estrellaron a su alrededor con un fuerte estruendo.

           

    ―No olvides que el hualichu habita entre nosotros, y camina con los vivos. ¡Tú más que nadie debería saberlo!- la mujer se agazapó y luego saltó hacia ella con las manos extendidas hacia adelante.

           

    Chantal cerró los ojos esperando el impacto, que nunca llegó. Cuando abrió los ojos se encontraba acostada boca arriba sobre la alfombra de la habitación. Se incorporó asustada, aún jadeando por el frío que se extendía por su cuerpo. La habitación se encontraba cálida y sin rastro alguno de nieve ni hielo.

           

    ―No voy a permitir que me arruines el mejor momento de mi vida ―susurró mientras se desvestía. Se acostó en la cama y dejó que su mente viajara hacia su adorado valle.

           

    Estaba en Irlanda, a punto de conocer a renombrados actores, con los que además, iba a compartir pantalla en una película dirigida por su director preferido. Nada ni nadie iba a arruinar su carrera.

 

    Ni siquiera sus sueños.

           

    Sin embargo, en el momento en que su mente caía lentamente en la inconsciencia, las palabras que había escuchado de aquella mujer volvieron a su mente, y un escalofrío le recorrió la espalda.

           

    Ella sabía el significado de aquellas palabras, pero no quería recordar.

 

    No podía recordar.

 

 

© 2012- Julieta P. Carrizo- Todos los derechos reservados.