Capítulo Uno. Segunda Parte.

 

 

 

CAPÍTULO 1

(Segunda Parte)

 

    Jack estaba sentado a la orilla de la enorme cama. Abstraído, con el ceño fruncido, leyendo el libreto y escribiendo en un papel detalles que se le iban ocurriendo para su personaje. Siempre hacía eso para armar un personaje “tangible” y real con el cual poder actuar. Un personaje con sus propias ideas y emociones.

 

    Jack Hansen era considerado uno de los sex-symbols del momento. Cabello rubio, ojos azul oscuros, alto y robusto. A los veintiocho años había tenido la suerte de que Peter se fijara en él y lo eligiera para actuar en la película “Viendo el amanecer”; lo cual había sido suficiente para que su nombre comenzara a resonar en todos lados. Después del éxito de aquella película, no era de extrañar que le llovieran propuestas, sin contar la gran cantidad de admiradoras que llenaban las salas de los cines sólo para verlo a él.

 

    Ahora con treinta años, tenía una renombrada fama y adoraba la actuación y todo lo que iba más allá, como entrevistas, fotografías, reportajes y tantas otras cosas que van unidas al hecho de ser famoso. Era como si hubiera nacido para ese ambiente, y él lo sabía.

 

    Alguien llamó a la puerta y Will entró en la habitación vestido con una armadura y con la espada al cinto.

 

    ―Has empezado a dejar de ser Will para convertirte en Sir Arthur ―dijo Jack con una sonrisa.

 

    ―No me desafiéis caballero ―respondió Will riendo, luego se sentó entre tintineos metálicos en una butaca que había frente a la chimenea―. Debo acostumbrarme a usar esto, tengo que sentir como sentían los caballeros de antes.

 

    Will Fovarch era veterano en la actuación. Con cuarenta y cinco años había filmado más de veinte películas y se caracterizaba por su realismo en los personajes. Durante la filmación de “En el ocaso” su papel era el de un vagabundo, y Will, para acostumbrarse, había pasado los meses del rodaje vestido con la misma ropa y casi viviendo como uno. Por supuesto eso lo había llevado a una nominación al Oscar, por lo que el apuesto actor de cabellos oscuros y ojos color miel se encontraba en la cima de su carrera.

 

    ―Me imagino que no vas a querer dormir con la armadura ―replicó Jack torciendo la boca en una sonrisa. Esa que volvía loca a sus admiradoras.

 

    ―Sería un poco difícil con esto ―Will señaló la espada―. ¿Y qué me dices de ti?

 

    ―Es un personaje de lo más interesante ―Jack dejó el libreto a un costado y se cruzó de piernas―. Las cruzadas fueron una época de la historia muy interesante. Realmente creo que va a ser una gran película.

 

    ―Bueno, ya sabes, con Peter puede esperarse muchas sorpresas, eso seguro. Y hablando de sorpresas, está por llegar la actriz que va a hacer el papel de María. Tu doncella.

 

    ―¿Quién es ella? ¿La conoces?

 

    ―Es nueva en esto de la actuación. Por lo que tengo entendido, Peter le dio un papel secundario en una película y después la llamó para otros papeles más. Es argentina. Pero tú sabes que él es especial para encontrar nuevos talentos.

 

    ―Dímelo a mí ―Jack sonrió y se puso de pie―. Creo que deberíamos ir a darle la bienvenida ¿no?

 

    En ese momento Chantal bajaba del auto sin poder creer lo que sus ojos veían.

 

    Se hallaba frente a un enorme castillo del siglo XIII. La monumental construcción se erigía ante ella con todo su esplendor, mostrándole en cada roca el paso de los siglos vividos. No pudo dejar de pensar en todos los años y en las personas que habían  pasado por aquel enorme edificio. Cada pedazo de roca, trozo de pasto y ráfaga de aire; cada recoveco y escondrijo, tenía esa magia que envuelve a las cosas que han vivido siglos viendo la evolución del hombre. La invadió una mezcla de sentimientos de nostalgia, tristeza y alegría que no pudo comprender, pero que atribuyó a los miles de espíritus que rodeaban la historia de aquel castillo.

 

    ―¡Por Dios, esto es hermoso! ―exclamó asombrada.

 

    ―¿Verdad que lo es? Es perfecto para rodar la película y lo mejor es que la señora Willis, la actual dueña, nos ha permitido hospedarnos en él mientras rodamos, así podemos trabajar tranquilamente sin tener que trasladarnos. El castillo queda bastante lejos del pueblo más cercano. 

 

    Entraron al inmenso lobby en el instante en que por las enormes escaleras bajaba Jack con Will. Chantal estaba absorta observando el interior del castillo y no les prestó atención.

 

    Jack la miró detenidamente mientras ella iba de un lado a otro como una niña a la que han llevado a un parque de diversiones. Su larga cabellera castaña, sus hermosos ojos azules, su pequeña nariz respingada y aquellos carnosos labios. Sintió que un escalofrío le recorría el cuerpo y le erizaba el bello de la nuca. 

 

    El primero en acercarse a ella fue Will, que la saludó con efusividad dándole la bienvenida al grupo. Chantal, aún emocionada por el lugar, le dijo lo mucho que lo admiraba y que estaba agradecida por tener la oportunidad de trabajar con él. Una oportunidad única de la que seguro aprendería muchas cosas nuevas.

           

    Con una sonrisa dibujada en su rostro, la chica se volvió hacia Jack y sintió que su corazón daba un vuelco. Aquel hombre tan apuesto que la miraba intrigado, le había provocado una extraña sensación que no podía explicar, algo que, a decir verdad, la asustaba un poco.  Lo saludó tímidamente mientras él le devolvía el saludo con esos penetrantes ojos azules.

 

    ―Bueno ―dijo Peter ―.Ya que ustedes serán Piers y María; Jack, ¿por qué no le muestras el castillo y le cuentas la escena con la que comenzaremos mañana?

 

    Él asintió y estirando la mano le señaló el camino.

 

    ―Sígueme, es por aquí.

 

    Empezaron a caminar hasta llegar a un pasillo que se adentraba en las entrañas de aquella magnífica estructura.

 

    ―Chantal ¿verdad? ―dijo Jack intentando entablar conversación.

 

    ―Así es. Esa soy yo, la chica venida de Argentina ―calló por unos instantes, en un intento por apartar el sentimiento que se había apoderado de ella desde que viera a Jack―. La verdad es que estoy un poco nerviosa ―hizo una mueca con la comisura de los labios―. Es la primera vez que trabajo en una película de estas dimensiones y con… ya sabes, actores tan… ―intentó buscar la palabra adecuada―. Tan condenadamente buenos ―suspiró―. No estoy acostumbrada a esto.

 

    ―Tranquilízate, todo va a salir bien. Además si Peter te ha elegido es porque eres tan… condenadamente buena como el resto.

Chantal rió ante aquellas palabras y él aprovechó para estirar una mano hacia ella y tocar la suya.

 

    ―Sé lo que se siente al principio, cuando no conoces a nadie.

 

    Esta vez ella esbozó una débil sonrisa, en un intento por devolverle el gesto. Sin embargo no estaba tranquila. Con sutileza apartó la mano de la de él. 

 

    «No sé que me sucede, no sé lo que significa esta sensación» ―pensó mientras salían a un enorme espacio verde rodeado de arbustos perfectamente recortados.

 

    ―Mañana comenzaremos con la escena de la cascada ―dijo Jack.

 

    Llegaron a un claro de grandes proporciones que se extendía hasta acabar abruptamente en un precipicio. Allí, frente a ellos, el paisaje alcanzaba su máximo esplendor. Montañas, rocas, árboles, verde, flores.

 

    Chantal se acercó a la orilla y cerró los ojos. Por unos segundos se extasió con el perfume que sólo proviene de la naturaleza en su estado más puro. El viento le rozó el rostro y eso la relajó. Dejó que aquellos sentimientos que le atenazaban el pecho desaparecieran.

 

    Cuando volvió a abrir los ojos se encontró con Jack a su lado que observaba el paisaje con satisfacción.

 

    ―Hermoso ¿verdad? ―dijo él. 

 

    ―Es fantástico ―respondió ella envuelta de paz. 

 

    Jack estiró el brazo y señaló un punto lejano con el dedo.

 

    ―La cascada se encuentra entre aquellas dos montañas. Es un lugar realmente mágico.

 

    Chantal no dudó que así fuera.

 

    Siguieron caminando entre los árboles mientras hablaban de los personajes. Poco a poco el hielo se fue rompiendo y ella comenzó a sentirse cómoda a su lado. Estaba segura de que aquellos sentimientos que la habían abordado se debían a los sueños inquietantes que estaba teniendo.

 

    El paseo los llevó por diversos caminos, y al cabo de media hora, estaban riendo como viejos amigos.

 

    Se detuvieron debajo de un gran árbol y ensayaron varias veces la escena que comenzarían a filmar al día siguiente. Todo salió a la perfección y Chantal se abstrajo al observar la belleza de lo que la rodeaba. 

 

    Fue entonces cuando ocurrió, sólo un momento fugaz que ella no supo si atribuir a la oscuridad que comenzaba a caer o al cansancio del viaje. Todo pareció borrarse durante unos segundos y un frío glacial comenzó envolverla.

 

    Sintió la presencia de alguien que se acercaba lentamente por detrás de ella, con pequeños pasos, tanteando el terreno, respirando en su nuca.

 

    El rostro de Jack se distorsionó en una máscara deformada que la llenó de terror. Las flores se marchitaron, el resplandor del atardecer se desvaneció, el sonido de los pájaros se apagó, los árboles se volvieron negros y oscuros, cubiertos de una especie de resina negra que los hacía verse espeluznantes. 

 

    Una voz llegó a sus oídos, pronunciaba su nombre con insistencia.

 

    El sonido de los cascos de un caballo que pisoteaba la tierra la envolvió. Cada vez más cerca, los pasos comenzaron a tomar fuerza, y ella sintió que en cualquier momento sería aplastada por las patas del equino.

 

    Cerró los ojos y movió rápidamente la cabeza. La sensación de que alguien se estuviera acercando cesó de pronto y, cuando los volvió a abrir, se encontró nuevamente sentada debajo de aquel árbol.

 

    ―¿Te encuentras bien? ―preguntó Jack con la mirada fija en ella.

 

    ―Sí, estoy bien. Un poco cansada por el viaje ―esbozó su mejor sonrisa y se puso de pie -Será mejor que volvamos al castillo, ya está oscureciendo.

 

    Cuando llegaron se encontraron con una gran mesa preparada en un enorme salón. Allí comieron todos juntos y Chantal pudo conocer uno a uno a los miembros del reparto.

 

    Una vez en la habitación se tiró exhausta en la cama observando cada detalle de aquel lugar que, en otros tiempos, podría haber pertenecido a algún conde o príncipe.

 

    Sin embargo no pudo dormir de inmediato, todas las imágenes de ese día rondaban por su cabeza; el viaje, Irlanda, el castillo, Jack.

 

    Se detuvo un minuto a pensar en él y sintió que una sombra oscurecía su interior. Se había sentido cómoda a su lado, sin embargo había algo que aún la inquietaba.

           

    Apartó los pensamientos de Jack y su mente voló hacia su hogar rodeado de montañas; apareció su cama, su habitación, su madre sentada junto al fuego, el sonido de los pájaros y la brisa que golpeaba las ramas de los árboles.

 

    Se hallaba frente a un enorme espejo en una habitación oscura y solitaria, el frío le helaba los huesos y la oscuridad no le permitía ver más allá de medio metro. Lentamente se acercó al espejo hasta quedar tan cerca que casi lo tocaba con la nariz, pero su sorpresa fue enorme al ver que no era ella la que se reflejaba, ni tampoco la mujer rubia del hotel.

 

    Una figura alta, oscura, imponente, la miraba fijamente. Se encontraba vestido de negro, con un traje antiguo, envuelto por una capa y una capucha que le cubría el rostro. Dos luces amarillentas brillaban en las penumbras de aquella capucha, como dos luceros refulgentes que herían con solo verlos.

 

    De pronto el rostro de la figura fue visible. Se trataba de una calavera, cuyos ojos bailaban dentro de las cuencas, frenéticos de un lado hacia el otro.

 

    Chantal reprimió un grito, entonces el espejo desapareció y se encontró en medio de un claro. La figura ahora se había materializado frente a ella y se acercaba lentamente, montada en un caballo negro que parecía sacado de los mismísimos fuegos del infierno. Si el jinete era terrorífico, más lo era aquel animal de dimensiones imposiblemente grandes, pelaje negro como la brea y ojos rojos como la sangre.

 

    El caballo se detuvo apenas a unos centímetros de ella y lanzó un bufido que despidió un vaho fétido y putrefacto. El jinete alzó una mano huesuda y señaló hacia un costado. Allí vio una fosa cavada en la tierra, profunda, oscura, tétrica. De su interior se vislumbraba el resplandor rojizo de un fuego eterno, desprendiendo un intenso olor a azufre.

 

    La voz de aquel ser llegó a ella como proveniente de la ultratumba, dicha por alguien sin labios, sin garganta y sin cuerdas vocales. Gutural, deformada, como el chirrido de las uñas contra un pizarrón.

 

    Chenque.

 

    Despertó.

 

    La oscuridad estaba disminuida por el haz de luz de luna que ingresaba por la ventana.

 

    Se sentó en la cama y trató de recordar mejor el sueño, cada detalle, cada sentimiento; buscó en su mente el significado de aquella palabra, pero no lo encontró.

 

    Consciente de que nuevamente se estaba dejando embaucar por sus sueños, buscó una pequeña libreta que había en su mesita de noche y anotó las palabras que había escuchado los últimos días de boca de sus visitantes nocturnos. A su lado anotó el significado de las que recordaba:

 

·         Pirepillán: Nieve del diablo. Leyenda de Copahue. Leyenda del Cerro Domuyo.

·         Chenque: ¿?

·         Hualichu: Diablo

 

    La mano le tembló al escribir la última palabra.

 

    No podía permitir que un nuevo misterio se colara en su vida. Ya una vez había querido entender el mundo onírico del que su antepasado era dueño, pero no lo había conseguido. Además en aquél momento de su vida contaba con ayuda, y ahora estaba sola.

 

    Dejó la libreta en la mesita y la cerró con fuerza. Estaba enojada consigo misma por no poder vivir sus sueños como cualquier persona normal. Después de todo, ¿quién le hace caso a un sueño, por más horrible que sea?

 

    Volvió a acostarse e intentó poner su mente en blanco. Tenía que descansar porque al día siguiente le esperaba una larga jornada de trabajo. No podía aparecer con ojeras en la filmación.

 

    Sin embargo no pudo evitar pensar que sus sueños eran cada vez peores, más reales, más cercanos, más terroríficos.

 

    Y ella sabía que eso sólo podía significar una cosa: que la desgracia estaba cerca.

 

 

© 2012 – Julieta P. Carrizo – Todos los derechos reservados.