Introducción

 

 

 

 

    Las montañas.

 

    Lo primero que recuerdo son las montañas. Su aroma, su color, el verde del valle y el rugir del agua; la calidez del sol al entrar por mi ventana cada mañana y el sonido del relinchar de los caballos, de mi yegua Caramelo esperando que la lleve a pasear. Mi casa, mi valle, mis montañas, mi vida y mi hogar en aquel pequeño valle natural.

 

    Mi nombre es Chantal Silver. Chantal viene del occitano cantal y significa “piedra”, y silver es “plata” en inglés, así que podría decirse que me llamo Piedra de Plata.

 

    Pero para hablar de mí primero tengo que hablar de mi familia.

 

    Mi madre, Carmen, desde pequeña me contaba la historia de uno de mis antepasados, un brujo de una tribu india araucana. Su nombre era Nahuel Chrerri, cuyo significado es Tigre Anciano, porque se decía que tenía el alma de ese animal en su interior y que por eso conocía los secretos de la tierra. Nahuel tenía el poder de leer los sueños, don que se ha traspasado de generación en generación, hasta llegar a mí.

 

    Carmen siempre hizo hincapié en que esa era la herencia que su familia me dejaba, su legado. Pero yo nunca creí que fuera verdad. Simplemente me gustaba verlo como parte de un juego en aquel lugar mágico que era mi hogar. Aunque dentro de mí sabía que, probablemente, se tratara de una leyenda.

 

    Desde que tengo uso de razón aprendí algunas palabras del idioma araucano, el idioma de mis antepasados. Por un lado lo hice para que no se perdiera la tradición, y por otro porque mi bisabuelo no hablaba otro idioma, y no porque no supiera español, sino porque pensaba que era un insulto a los suyos.

           

    Siguiendo con la historia de Nahuel, él vivió en estas tierras en épocas remotas, antes de que vinieran los colonos a civilizar e impusieran sus costumbres y evangelizaran extendiendo la palabra de Dios. En la tribu él era el hombre más importante y muchos hombres cultos que lo conocieron, escribieron después en sus libros, admitiendo que tenía un don incomparable.

 

    Cuando Nahuel hablaba todos se quedaban en silencio y escuchaban sus palabras con gran respeto, porque él siempre hablaba con la verdad. No en vano vio en sus sueños la venida de hombres del otro lado del mar y predijo tormentas que arruinaron las cosechas y guerras que duraron años.

 

    Desde muy joven se vislumbró en él aquella capacidad especial. El sabio de la tribu se dio cuenta inmediatamente que aquel muchacho sería muy importante para los suyos. Lo adoptó como a un hijo y le enseñó todo lo que sabía, para que cuando él muriera Nahuel ocupara su lugar.

           

    Hubo algo que siempre me impresionó de la historia de Nahuel, y eso fue el gran amor. Se dice que una tarde en que acaba de tener el sueño de una blanca paloma volando en un cielo limpio y azul, salió a caminar por los alrededores. Fue allí donde la vio por primera vez;  parada al costado del río, con una luz blanca que la envolvía, la mujer más hermosa que había visto en su vida. Entonces supo que ella era la conulaf, la paloma que había visto en su sueño, y también supo que no se iría de aquel río sin llevársela con él. Se acercó lentamente a aquella mujer blanca y de largo cabello negro que se volteó y lo miró dulcemente. Llevaba un largo manto de seda blanca que Nahuel observó largamente porque no había visto una tela tan hermosa en su vida, ni mujer más perfecta.

           

    ―¿Vienes a buscarme? ―preguntó ella con una voz que era como el canto de los pájaros.

           

    ―Sí ―respondió Nahuel sabiendo que podía leer lo que él estaba pensando.

           

    ―Pues entonces qué esperas. Llévame con los tuyos.

           

    Él la tomó de la mano y juntos caminaron por entre los árboles hasta llegar a la tribu. La llegada de aquella mujer con la piel blanca como la cera y el cabello negro como el azabache conmocionó a todos, porque nadie sabía ni supo nunca de donde vino. Sin embargo Nahuel habló largamente a todos y les dijo que la tomaría por esposa entre sus hermanos o sin ellos. La tribu entera enmudeció ante sus palabras, los ancianos lo miraron sin saber qué decir, hasta que por fin aceptaron a la extraña sólo por respeto al hombre más sabio de todos. Si Nahuel decía que aquella mujer no era peligrosa, todos lo creían.

 

    Así la ceremonia de boda se llevó a cabo y Nahuel le dijo que, sin importar de dónde venía y quién era, ahora su nombre era Paloma Blanca y pertenecía a la tribu como las demás mujeres.

           

    Paloma Blanca pronto fue aceptada sin recelos porque trabajó y aprendió todos los quehaceres sin quejarse nunca, hasta convertirse en la mujer más importante junto a su marido. Y también porque, al poco tiempo, todos vislumbraron que ella también tenía un poder especial, con el cual podía saber lo que uno iba a decir antes de hablar. Nunca existió una pareja más rara ni más especial, ambos eran seres que parecían estar en una dimensión espiritual desconocida para todos los demás.

           

    Cuando los hombres del otro lado del mar llegaron y pisaron por primera vez esta tierra, había una delegación esperándoles para darles la bienvenida, delegación enviada por Nahuel. Ninguno de aquellos hombres cultos se reveló contra él y su hermosa esposa que parecía una aparición celestial, porque se dieron cuenta de lo inteligente y especial que era aquel hombre, y si ellos querían enseñar a los demás lo que traían, necesitaban del apoyo del brujo.

 

    Sin embargo, al poco tiempo, Nahuel vio en sus sueños un nido de víboras que se infiltraba en cada familia de la tribu mientras dormían y les comía las tripas. Entonces se dio cuenta de lo que aquello significaba y mandó a todos a esconderse en lugares lejanos, y no dejarse ver por los hombres extranjeros. Él había visto que llegarían nuevos hombres, tan ambiciosos que se comerían todo a su paso, sin importarle los esfuerzos de otros que habían entablado amistad con las tribus y las habían ayudado enseñándoles su cultura.

           

    Pronto se extendió la avaricia y ambición de muchos que destruyeron las pequeñas capillas y enseñanzas de los misioneros, buscando tesoros a su paso, y la desolación cayó sobre estas tierras.

 

    Paloma Blanca pereció en una tarde primaveral cuando un grupo de hombres la encontró al costado del río donde por primera vez la vio su amado. Allí la encontró él horas más tardes, con una hermosura sobrenatural y con un exquisito aroma a rosas que emanó de su cuerpo hasta que la enterraron. Su funeral fue digno de una reina y todos lloraron su pérdida. Sin embargo quien más la lloró fue Nahuel que no entendió por qué sus sueños, que habían servido para predecir tantas otras cosas, no le habían avisado de la muerte de su amada para poder salvarla.

 

    Después de eso Nahuel dejó de leer los sueños, descuidó a su hijo, que tenía diez años, y al poco tiempo murió consumido por la tristeza. La tarde anterior a su muerte, dijo a sus más allegados, que aquella mañana había visto una paloma blanca volar sobre él y que era su amada que venía a buscarlo.

           

    ―Ahora me convertiré en águila y volaré a su lado ―fueron sus últimas palabras.

           

    Su funeral duró más de una semana y varios hombres del otro lado del mar que lo habían conocido, fueron a darle el último de los saludos. Lo enterraron con grandes honores junto a su esposa y su tumba duró varios años hasta que llegaron mercenarios y la invadieron destruyendo el cementerio. Se dice que cuando abrieron las dos tumbas de los amantes no encontraron ningún cadáver, ni huesos, ni cenizas, sino una gran pluma de águila y otra blanca de paloma.

           

    Después de eso la historia de mis antepasados se vuelve un poco confusa, hasta mis bisabuelos.

 

    Desde toda la vida Lautaro, mi bisabuelo, fue fiel a su tradición indígena. Nunca habló otro idioma y siempre siguió con la creencia de los suyos.

 

    Pero la vida da muchas vueltas y cuando era un joven muchacho, trabajador y honrado, convencido que nunca se fijaría en una mujer que no tuviera descendencia araucana porque no traicionaría a los suyos, se enamoró de la hija del dueño de la hacienda en la que trabajaba. Liliana que venía de España y era hermosa como la flor que le da su nombre, el lirio, al verlo supo que ya nunca podría dejar esa tierra ni alejarse de ese hombre.

 

    El padre de ella, rudo y estricto, no permitió que su hija se volviera a ver con aquel hombre que tenía sangre india en sus venas, y lo echó a escopetazos de sus tierras. Sin embargo ellos se volvieron a encontrar porque, como el significado de su nombre lo dice, Lautaro siempre fue un hombre osado y emprendedor. No pudiendo resistir vivir sin su enamorada, fue a buscar a Liliana, que decidió escaparse con él sin importarle perderlo todo.

 

    Se casaron en una pequeña iglesia y construyeron una casita con una huerta en la que cosechaban lo que comían. Eran felices y no necesitaban nada más, pero al poco tiempo la vida dio otra vuelta llevándoles una sorpresa.

 

    Una tarde de otoño un hombre los fue a ver diciéndoles que el padre de Liliana había muerto y que ella era la única heredera de su fortuna. Después de varias discusiones, decidieron tomar posesión de lo que les pertenecía, no porque lo necesitaran, sino porque querían que sus hijos tuvieran lo mejor. Lautaro ya había visto en sueños que sus hijos nacerían y se criarían en aquella inmensa hacienda, en la que una vez él había sido sólo un trabajador.

 

    Así llegaron mi abuelo y sus hermanos. Nacieron en la hacienda y tuvieron la mejor educación, sin perder las tradiciones que mi bisabuelo les enseñó desde pequeños. El hijo mayor se llamó Lautaro, igual que su padre, y fue el que heredó el don de Nahuel. Cuando cumplió los dieciocho años se fue a Europa. Viajó por varias ciudades estudiando literatura, y se convirtió en un hombre con mucha cultura tanto europea como latinoamericana. Así fue como, cuando volvió, estaba casado con una mujer francesa llamada Ninette. Se ocupó de la hacienda, que había sido destruida por un terremoto, y volvió a levantarla próspera y productiva.

 

    Al igual que Lautaro, mi madre y sus hermanos nacieron bajo estas paredes. Desde los primeros años de la infancia se vislumbró que era ella la que había heredado el don de Nahuel, y que era la única que se interesaba por las tradiciones y leyendas. Cuando era joven viajó a Loire, la ciudad de Francia donde Lautaro había conocido a Ninette, y allí conoció a mi padre, que era de Inglaterra y estaba estudiando allí. Se casaron al año y al poco tiempo llegué al mundo (de allí mi nombre que tiene origen francés). A los ocho meses viajaron de mi nacimiento viajaron hacia Argentina para hacerse cargo de la estancia de mis abuelos. Así que puede decirse que soy francesa, pero por mis venas corre sangre araucana (o mapuche), española, e inglesa.

           

    Volviendo al don que heredé de Nahuel, no estoy segura de si realmente creía en su veracidad, pero sí sé que toda mi vida soñé. Sueños tan reales que podía sentir la tristeza, la alegría, el dolor y la ansiedad; cada uno de los sentimientos se traspasaban a mi cuerpo como si todo estuviera realmente pasando, y al despertar no supiera distinguir entre el sueño y lo real.

 

    Cuando contaba con la edad de doce años tuve un sueño que me marcó y significó mucho para a mí, a pesar de que pasarían muchos años para que descubriera su verdadero significado.

 

    Soñé que me encontraba parada en un enorme escenario ante miles de personas, podía sentir el calor de las luces en mi rostro, el miedo y la ansiedad al actuar ante tanta gente. De pronto una enorme sombra comenzaba a cubrir los rostros y las luces, una sombra que me infundía un terror tan grande que casi me dejaba sin respiración. Era la sombra de un enorme lobo hambriento que abría sus fauces y con estridente voz decía: cushe, que significa víbora en araucano. El miedo se extendía por cada fibra de mi ser y me paralizaba por completo, hasta que una enorme figura luminosa se interponía entre la sombra y todo lo oscuro se desvanecía. Entonces la gente aplaudía y yo actuaba con grandeza, y era ovacionada.

 

    Cuando desperté a la mañana corrí emocionada hacia mi madre y le dije –¡Mamá! Ya sé lo que voy a ser cuando sea grande, voy a ser actriz y voy a tener mucho éxito. ¡Lo vi en mi sueño!

 

    Claro que en ese momento vi lo que quería ver, pero supe desde entonces que la actuación sería mi vida.

           

    Mi felicidad era completa en mi valle, rodeada de montañas, pastos verdes y pequeños ríos. Montado a caballo a la luz del sol y sintiendo cantar a los pájaros cada mañana. Sin embargo hubo un suceso que opacó toda aquella felicidad, y que cambió nuestras vidas por completo.

 

    Una noche de tormenta hubo un problema en los establos y tres de nuestros caballos escaparon con un potrillo. Yo lloraba desconsolada porque uno de los caballos era mi yegua Caramelo, así que mi padre salió a buscarlos. Carmen se quedó conmigo y mi hermana, mientras Jorge, mi hermano, acompañaba a mi padre en la búsqueda.

 

    Para tranquilizarnos un poco mi madre nos contó un cuento, y al poco rato nos habíamos quedado las tres dormidas. Un grito me despertó sobresaltada, miré hacia todos lados asustada, hasta percatarme de que mi madre miraba aterrorizada por la ventana. Sus manos envolvían su garganta, casi estrangulándola; su lengua hacia afuera, sus ojos desorbitados. Me levanté de la cama y me acerqué hacia ella que me miró con horror en los ojos, entonces antes de que pudiera hablar, lo supe. No sé cómo, pero lo supe.

           

    ―Está muerto ―dijo ella casi sin aliento―. Está muerto y yo lo vi. ―Y esas fueron las últimas palabras que dijo, porque nunca más volvió a hablar.

           

    Horas después llegó la policía para darnos la noticia de que mi padre había muerto. Unos ladrones que rondaban la zona lo habían matado para robarle. Mi hermano Jorge se había ido en otra dirección, así que se había salvado por un milagro; aunque nunca se perdonó el no haber estado con él para defenderlo en sus últimos minutos.

           

    Después de esa trágica noche todo cambió. Mi madre no volvió a hablar y yo nunca más creí en los sueños, en aquellos sueños que me habían arrebatado a mi padre y me habían robado la alegría.

 

    Pero ¿puede el ser humano vivir sin sueños?

 

 

© 2012 – Julieta P. Carrizo – Todos los derechos reservados.